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El nuevo orden

La terapia de la tentación

Wenceslao Bruciaga

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No soy quién para diagnosticar a Mauricio Clark.

Desde que lo topé dando chismes en el noticiario de Loret de Mola, me pareció un reportero de espectáculos mamón, con el ingenio menguado y la sangre pesada y ponzoñosa. Decidió que cierta mañana de la televisión abierta, justo antes de la revista matutina especializada en el resumen de la novela y la receta de algún caldo de pollo, era buen momento para salir del clóset y además confesar su lucha contra la cocaína con una seriedad caprichosa y megalómana, como si estuviera resolviendo el asesinato de Colosio.

Después se hundiría en una suerte de renegada indiferencia, aparecía de vez en cuando para contarnos de los kilos de coca que jalaba, de los planes de boda con el nuevo novio que terminaría cancelando por recomendación de sus terapeutas, o de su pírrico intento por resucitar como Youtuber, aunque esto último no se quedó en el intento fallido, en verdad resucitó, ahora reseteado como buga, gracias a las terapias de conversión regenteadas por un puñado de cristianos convencidos de que la homosexualidad es algo curable.

Recuerdo cuando Roberta Garza, mientras dirigía la revista semanal de Milenio, me propuso infiltrarme en algún grupo similar al que supuestamente curó a Clark. Así durante varias semanas estuve asistiendo a entrevistas personales y terapias de grupo organizados por Courage Latino, que en 2010 se anunciaba como organizadores de “retiros, talleres y conferencias en las que se orienta a las personas a tomar conciencia de que su condición (homosexual) es solo el resultado de diferentes factores que generan una perturbación en la sexualidad y género de las personas”, rodeado de hombres vestidos con pantalones de pinzas grises y camisas en colores que a nadie le importan, que se mordían los labios como para reprimir la descarga eléctrica que les producía saberse rodeados de otros hombres que padecían el mismo “riesgo” que ellos, sinónimo que utilizaba Saúl para la homosexualidad, nombre ficticio que inventé para mi mentor durante el proceso de sanación, ex gay ahora convertido en pastor de la causa Courage, hombre de escaso bigote, casado con una chica cristiana y maniático con modales educadamente afeminados.

-¿En qué consiste la terapia reparativa? Pregunté.

En reorientar tu sexualidad. Averiguamos todo tu pasado psicológico y mediante la oración y la castidad vamos ayudando a que dejes las tentaciones psicológicas, decía Saúl…

Saúl mencionaba que la masturbación era la muerte. Me sugería rezar cada que tuviera la tentación de masturbarme “porque la masturbación es como la cocaína”, sentenciaba. Y no pasaban ni tres minutos de su sermón sin mencionar las palabras vacío, tormento y herida en un sonsonete irritante y regañón. Quizás a eso se refiere la ONU cuando afirma que las terapias de conversión infieren prácticas de tortura. Era enfermizo ver a todos esos tipos luchando con sus inevitables contradicciones, rezando por su salvación al mismo tiempo que su mirada libidinosa los delataba como eternos exiliados de un cielo exclusivo para la heterosexualidad escueta y misionera.

Parecía broma del diablo que muchas de la sesiones se llevaran a cabo al interior de la Iglesia del Sagrado Corazón, en el corazón de la Zona Rosa. Curiosamente la forma de sentirme salvado después de esas asfixiantes reuniones era echándome unas cervezas en El Taller o quedarme jetón viendo pornografía gay de Treasure Island Media.

¿Cómo es que todos ellos terminaron en esa orgía de culpas y arrepentimientos y rezos, llorando, angustiados por el placer que les producía siquiera pensar en otro hombre? Decían haber llegado por su propio pie, sin presiones ni sugerencias, aunque en algún momento todos, sin excepción, confesaban que su homosexualidad decepcionaba a algún padre o madre o a los dos y para ellos, la familia lo era todo. Sin ella, preferían morirse. Carajo con esa maldita necesidad de sentirte aprobado por la neurosis de los papás y las mamás. Bendita la hora en que el Siamese dream, de los Smashing Pumpkins, inspiró cierta disfuncionalidad sana con mis padres: “La familia, la familia, qué estúpida institución se le ha impuesto al hombre para sobrevivir”, dice Guillermo Fadanelli en El hombre nacido en Danzig.

Sus razones tendrán. La libertad también consiste en escoger grilletes.

Dejé de ir a las reuniones de Courage cuando consideré que ya tenía material suficiente para redactar un reportaje extenso.

Y fue cuando me di cuenta de que era un caso perdido, que jamás podría deshacerme del infernal grillete que es el libertinaje.

Twitter: @distorsiongay

stereowences@hotmail.com




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