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Lunes , 16.07.2018 / 01:36 Hoy

El nuevo orden

La secta del activismo

Wenceslao Bruciaga

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En el libro Gimme Something Better: The Profound, Progressive, and Occasionally Pointless History of Bay Area Punk from Dead Kennedys to Green Day de Jack Boulware, se cuenta una anécdota: cuando le preguntaron a Jello Biafra, revoltoso fundador de los Dead Kennedys, si se consideraba un activista, respondió, con su pose de sinvergüenza corrosivo, que lo suyo era desenmascarar las hipocresías y fanatismos de todo aquel mamón que pretendiera resolver los problemas mediante sermones sin importar que estuvieran adscritos al padrón republicano o demócrata: “Demostrarles que hay un montón de ciudadanos en su propio país que odian a sus putos dioses y quieren cambiar todo aquello que ellos representan…”, le diría después Biafra a la revista Ladinamo.

A menudo me acusan de pinche radical, hocicón y engreído, de hablar mucho y expectorar salivazos de inconformidad sin emprender un cambio. “Es muy fácil gritar sin acciones”, me reclamó un jotillo medio ardido porque le pedí dejara de involucrarme en los posts del Frente Orgullo Nacional, con aspiraciones a convertirse en el primer partido de gays de México. No estoy dispuesto a solventar un partido más que una vez ganado el registro; tienen acceso a privilegios como vales de gasolina.

Ximena Atristain y Rafael Mondragón me recomendaron el libro La educación como práctica de la libertad, del brasileño Paulo Freire, donde cuestiona la apariencia del activismo: “el sectarismo tiene una matriz preponderantemente emocional y acrítica, es arrogante, antidialogal y por eso anticomunicativa. Es reaccionaria, sea asumida por un derechista que para nosotros es un sectario de ‘nacimiento’, o un izquierdista. El sectario nada crea porque no ama. No respeta la opción de los otros. Pretende imponer la suya –que no es opción sino fanatismo– a todos. De ahí la inclinación del sectario al activismo, que es la acción sin control de la reflexión”.

Cierto, muchas veces impongo mis fetiches radicales, pero desde mi exilio en la república de mis sábanas en la que soy el único habitante. He defendido a gays y travestis de homofóbicos que pegan como cangrejos con diabetes y estoy convencido que la provocación es reflexión. Y no me considero activista. Mi pedantería no da para tanto. La verdad es que prefiero protagonizar el muégano de un cuarto oscuro que los debates oligofrénicos mientras se aprueba el Artículo 16 de la nueva Constitución de la Ciudad de México relacionada a los derechos LGBTTTI, como sucedió el martes 10 de enero de 2017.

Quizás por traumas familiares, pero encuentro algo de petulante en los que se ven, y se describen a sí mismos, como activistas gays. Al menos en una gran mayoría. Sienten que están haciendo algo más trascendental que los mortales, aunque ese algo esté maniatado por sus dogmas e intereses personales, como cuando la vicepresidenta de la Comisión de Diversidad de la Asamblea Legislativa de la Ciudad de México y su secretario, se acercaron al Cardenal Norberto Rivera pues creyeron que un diálogo con la homofóbica Iglesia católica era necesario para salvarnos. Sin respetar mi blasfemia ni generar una insurrección. Ante las críticas, el secretario se defendió con versículos bíblicos jugándole a una humildad insufrible. Por cierto, leo en redes sociales que ese mismo secretario convocó a manifestarse contra las reservas del PVEM que supuestamente derogarían el matrimonio igualitario. Busqué al secretario para preguntarle su opinión. No obtuve respuesta.

Gloria Davenport, feminista y activista trans (de las poquísimas que respeto por su negación a la rentabilidad de la víctima), publicó, en oposición a la manifestación convocada por el secretario: “La reserva necesitaría ser aprobada por ‘mayoría calificada’ que implica que dos terceras partes de la diputación votarán a favor, y luego se desecharía por inconstitucional”.

No quiero verme ingrato. Sin el activismo no disfrutaría de muchas libertades que hoy gozo pero, pero, ¿cómo conciliar egos, beneficios, derechos y diversidad en una comunidad cegada por la bipolaridad de la igualdad como la de hoy día?

Respeto a los activistas, pero al final y sin sentimentalismos, respeto más mi destierro, desde donde puedo cuestionar, desconfiado; soy un pinche altanero y muy vicioso además, simplemente no podría jugarle al desinteresado.

Twitter: @wencesbgay

stereowences@hotmail.com

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