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Miércoles , 17.10.2018 / 14:42 Hoy

El nuevo orden

"I will survive"

Wenceslao Bruciaga

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El autoengaño podrá funcionar con otras chaquetas, pero no en ésta. No aquí. Negar que los gays somos más dramáticos que la cursilería buga, es como decir que la tierra es plana o que las vacunas provocan autismo. He visto al homosexual más cuerdo y frío hacer uno que otro numerito. Lo cierto es que abrazamos la tragedia casi por instinto, así sea por unos cuantos minutos, o segundos, pero vemos oportunidad de catarsis hasta debajo de los portavasos y en cualquier telaraña. Ahí están los homosexuales en documentales serios y realitys de relleno y canales de Youtube inundando de lágrimas el close up, más los drags de RuPaul recordando traumas fuera de contexto cool (por eso soy fan de Bianca del Río, hace de la contención emocional y el sarcasmo intimidante una declaración de principios sin ser ojete) y yo mismo, que en las pedas y con Tom Petty siempre termino chillando frente a los compas sin más motivo que mis melancolías jotas, absolutamente fuera de contexto a no ser por Juan Gabriel.

A veces pienso que el drama gay es una suerte de salvavidas frente al inevitable destierro heterosexual, del que no hay retorno somático; que tal vez podremos evadir la diferencia (que a muchos atormenta) jugando a los convencionalismos hetero como el matrimonio y la adopción de niños para llenar huecos.

Y aunque cada vez menos, lo juro por Henry Rollins, el drama sigue haciéndome cosquillas. Hace mucho que no madreo ex novios y por si las dudas, dejo el celular en casa cuando me cargo un aliento que podría reventar el alcoholímetro por aquello de los mensajes imprudentes de los que luego me arrepiento.

Ahora leo sobre el chico de Jalisco que en un principio se creía secuestrado, parte de la horrorosa e imperdonable ola de violencia que desaparece jóvenes frente a las narices de las autoridades. Después, notas periodísticas apuntan a una carta de despedida y un password para quien quisiera entrar a su lap; 18 años, quienes lo conocían dicen que tenía poco de salir del clóset, que lo molestaban los compañeros de la facultad y la familia parecía rechazarlo y quizás por eso se ahorcó. Repaso la noticia y un hueco en el estómago se abre. Hace dos años también quise suprimirme, a base de pastillas y vino blanco espumoso. El motivo real debió ser una insignificancia, pero aumentada por la borrachera y ligada eso sí, a una molécula de pasión gay, con átomos de rechazo y desprecio y para qué negarlo, drama, contradiciéndolo todo. Con dos copas menos, no lo hubiera hecho. Pero vamos, pasó. El boxeo y la rebeldía hedonista para quienes decidimos apropiarnos de la diferencia antinatura y llevarla al límite y más allá me ha ayudado a ver con más claridad cuando siento que nadie me quiere. Después de eso, admito que la tuve fácil. Para empezar, los Bruciaga tendemos al hurañismo patológico y pertenecer nunca me quitó el sueño. Mientras haya buenos discos y pornografía y compas que no les ofenda que me escape a una orgía, el sentido de pertenencia me importa lo mismo que la carrera de Pablito Ruiz.

¿Habrá culpables? Por aquellos que aseguran que de no haber sufrido el rechazo y la homofobia de su familia y compañeros nada de esto habría sucedido. ¿El rechazo y solo el rechazo es lo que nos aniquila? Dice Carlos Velázquez en su chingonsísimo libro El pericazo sarniento que “la paleta Payaso y yo habíamos sufrido lo mismo: una infancia miserable, el menosprecio de nuestros padres y la carencia de afecto” no muy distinto al rechazo que sufren varios hombres cuando asumen su homosexualidad. Y aquí sigue, la marrana tecleando cada vez mejor el cabrón. ¿Qué tiene la marrana que nos falta a los jotos?

¿Cómo lidiar con ese gusano del drama, al parecer congénito en los gays? ¿Cómo sobrevivir en un mundo concebido heterosexualmente? No dejo de pensar que después de todo, el sentido de la pertenencia tiene raíces bugas y eso está jodido pues pareciera que hasta para sentirse alguien hay que rendir cuentas a la estandarización hetero, por medio de la justificación o la mentada tolerancia. Por más que la aceptación e integración se imponga como reglamento de convivencia cívica, algo nos recuerda que somos abismalmente distintos y entonces viene el drama, como válvula de escape en este océano de malentendidos llamado sociedad.

Twitter: @distorsiongay

stereowences@hotmail.com

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