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Domingo , 21.10.2018 / 18:31 Hoy

El nuevo orden

Héctor, el de Mercurio, contra la dignidad

Wenceslao Bruciaga

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Un audio se filtró a las revistas de chismes baratos. El mensaje de voz de Héctor, el de Mercurio, la boy band maquilada en algún cubículo frente al despacho de Toño Berumen a mitad de los noventa, en la que le propone al Chaparro, un aparente ex novio, la posibilidad de retomar aquella relación colmada de románticos momentos en Disneylandia, frente a toalleros y detergentes quitagrasa que fueron testigos de su amor. Así es, el mozalbete que cultivó las fantasías sudaditas y descafeinadas en cientos de quinceañeras resultó ser de ambiente: se casó con todas las de la ley con una chica y el matrimonio duró nueve años, procreó dos hijos, salió del clóset, conoció a un piloto aviador, El Chaparro, anduvieron cinco años y luego El Chaparro soltó esa frase que apunta a las relaciones amorosas como una solitaria bala en el revólver: “Hay que darnos un tiempo”…

Sin reparar en el objetivo real de la filtración del audio, son ocho minutos que no tienen desperdicio; además del vouyerismo sonoro y morbo arrabalero, el monólogo de Héctor bufa una sensibilidad punzante y afectada que por alguna extraña razón, los gays destilamos a estímulos que pueden ser banales para los bugas. ¿Cuántas veces hemos ocupado la misma posición que el pobre Héctor de Mercurio? Me acaba de pasar, hace menos de 15 días. Mi problema es que soy tan pinche silvestre, que sustituyo la tentación de rogar por mis puños cerrados y cualquier canción de Black Flag o Sublime o Dinosaur Jr o el gran Alberto Aguilera que en paz descanse. Si algo nos ha enseñado Juan Gabriel es que ante todo está el latigazo de la dignidad. Si estuviera en un grupo de ayuda como los que narra Chuck Palahniuk en el Club de la pelea, diría que hace ya poco más de ocho años que ya no suelto jabs cuando me batean como al de Mercurio. Creo.

Justo en estos días, en los que un nutrido grupo de gays pretende echar abajo las obcecaciones religiosas despotricadas para defender el matrimonio “natural”, es decir, aquel compuesto sólo y sólo por hombre y mujer según la perspectiva católica, negando cualquier acusación que nos tache de hipersensibles, inestables, fiesteros, promiscuos, rogones; el audio del Mercurio nos delató. “Tan rogones los gays como los hetero. Pero tú insistes en seguir alimentando los clichés, Wences”, me dijeron por ahí.

El rechazo al cliché como mecanismo para deglutir la vergüenza que nos provoca sentirnos diferentes.

El nuevo libro del filósofo mexicano Luis Muñoz Oliveira, Árboles de largo invierno: un ensayo sobre la humillación, editado por Almadía e indispensable leerlo para repensar la discriminación sin arrebatos, y del que me reservo por el momento una observación más extensa, pues merece mucho más que una mención, me condujo a la obra del filósofo del derecho Ronald Dworkin, en especial a su libro del 2011, Justice for Hedgehogs, en el que Dworkin plantea dos condiciones básicas para que la dignidad humana (cualidad que los activistas gays traen a cuento cada que la Arquidiócesis ningunea el matrimonio entre personas del mismo sexo) tenga sentido en la sociedad: el autorrespeto y la autenticidad, siendo lo auténtico el compromiso individual de forjarse un pensamiento propio: “Autenticidad en la que cada persona tiene una responsabilidad especial y personal de identificar que cuenta como exitoso en su propia vida. Y luego tiene la responsabilidad de llevar a cabo esa vida exitosa”, explica Muñoz Oliveira.

¿Será que los clichés de los que tanto parece renegar el activismo gay pudieran ser parte de nuestra dignidad según el postulado de Dworkin?

En estos tiempos donde escrutar nuestras singularidades, por muy virtuosas o paradójicas que sean éstas, nos conflictúa tanto como para correr desesperados a diluirnos en los reflejos de cualquier hetero, ¿cuál es el significado del éxito, del orgullo gay? ¿Por qué nos tranquiliza la idea del común denominador?

Admito que he sido y soy un odioso pandillero que aporrea los clichés gays cada que puedo, pero también reconozco que eso me ha permitido ubicar mis deseos y defectos personales retacados de clichés, dinamitarlos, cuestionarlos y hacer del destierro una viña de berrinches, gozo y expectación. Ser más auténtico. Quizás.

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