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El nuevo orden

Hawking y yo

Wenceslao Bruciaga

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Ahora que el tema constantemente me obliga a la remembranza, me doy cuenta que cargo con mis propios y normalizados traumas, pero sin los cuales no tendría siquiera temperamento. Normalizados es poco. Lugarzazo común, mejor dicho. De hueva. El más rancio de los clichés. Quien me pervirtió fue el maestro de un bienintencionado, aunque provinciano, taller literario en aquella Casa Cultural de la UAdC, entre la Alameda y la Colón. O acosó. El putito de mí se dejó acosar y ahí empezó el desmadre. ¿Cómo diablos iba a descubrir mi orientación sin los empellones que significaron las acosadoras insinuaciones de aquel desabrido profe que me sermoneaba cuando en vez de cuentos, le llevaba reseñas de discos? Aunque bien montado en sus cuarentas, eso sí. Toda fijación debe tener un origen. Me daba mis encerrones, en una casa cerca del bosque Venustiano Carranza, a las mismas horas en que las señoras salían cronometradas a regar las plantas con mangueras y el agua tibia, sin el sol chamuscándoles los brazos. Desde entonces el olor a tierra mojada me sigue alborotando mariposas calenturientas. El triste profe corría las cortinas como cualquier casa en renta. A mí me daba igual siempre y cuando The Rollins Band y Stone Temple Pilots y Dinosaur Jr nunca dejaran de sonar. Pero entendía que estábamos expuestos al escarnio moral del rancho.

La deconstrucción es quizás el motor ideológico más aceitado de estos tiempos. La cruzada por erradicar lo hasta hoy normalizado, incita a decenas de personas a desatar un cambio para hacer de este un mundo mejor. O eso entiendo cada que me reprenden por contribuir a la normalización de mis prejuicios, que para mí son solo inofensivos e intransferibles fetiches que no hacen daño a nadie, pero no discutiré las buenas intenciones de todos aquellos guerrilleros que han declarado la guerra a la normalización de conductas perjudiciales, como la (mi) debilidad por las formas hipermasculinizadas, sin rastros afeminados o el acoso entre homosexuales, sobre todo cuando existen fuertes diferencias de edades.

Me llama la atención, no puedo negarlo, cómo pretenden combatir la normalización, normalizando culpas, empalmando la deconstrucción en una sola perspectiva verdadera, como cuando alguna secta asegura tener la verdad sobre el fin del mundo. Por ejemplo, hombres gays que pretenden dinamitar conductas homonormadas, normalizando el uso de tacones o tiñendo las barbas de colores diabéticos combinados con vestidos, dejando el discurso desnormalizador en simples accesorios.

La unificación me parece el método más absurdo para combatir monomanías normalizadas. Podrán parecer merengues de Sanborns con barbas y tacones hasta la madre de chispitas, pero siempre terminan con tortícolis por andar viendo a batos mamados y por lo que leí, tanto los batos nalgonamente homonormados, como las cenicientas barbudas, sintieron la muerte de Stephen Hawking como un evento aún más lejano que el universo paralelo de Stranger Things. No faltó el gay oportunista, que se entromete torpe y forzado a movimientos como el #MeToo, haciendo eco del maltrato de Hawking hacia sus esposas, pero, si denunciarlo ayuda a mejorar el mundo, pues que siga chingando hasta que otro macho muera.

Yo sí tuve que secarme las lágrimas. No soy un genio y no entiendo casi nada de sus teorías. Pero por las noches, mi padre solía contarme cuentos sobre la teoría del Big Bang de Stephen Hawking, era fascinante escuchar sobre aquellas explosiones en medio de un mar de oscuridad infinita, con el cielo lagunero salpicado de estrellas. Mi padre es ferviente seguidor de Hawking y pocas cosas nos pusieron de acuerdo como el gran científico. Stephen fue uno de los más entrañables réferis entre los pesados egos que nos cargamos mi jefe y yo.

Y viéndolo a la distancia, quizás Hawking fue una de las primeras influencias que propició la deconstrucción de mi jotería de la cual no tenía escapatoria, sin necesidad de tendencias condenadas a dejar de ser moda.

Twitter: @distorsiongay

stereowences@hotmail.com

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