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El nuevo orden

El mercado de lágrimas de Morrissey

Wenceslao Bruciaga

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Al principio, el lógico desencuentro entre homosexuales y las posturas ideológicas del Partido Encuentro Social ardía sobre altercados que de algún modo se proponían rastrear pistas: ¿dónde diablos estamos parados los homosexuales cuando la libertad de la creencia religiosa y la integridad del Estado laico esbozan sus límites?

Las respuestas parecían necesarias, como una brújula para los derechos LGBTTTI, propensos a nortearse en tiempos electorales. Entonces, el ex pastor evangélico y actual presidente del PES, Hugo Éric Flores, concedió aquella entrevista para El País en la que lanzaba provocaciones de derecha trasnochada, asegurando cosas como que “… tres años después de la legalización del matrimonio homosexual en Ciudad de México hubo tres mil 200 matrimonios, y de ellos dos mil no eran entre personas de esta ciudad. De los mil 200 restantes, tres años después ya se han divorciado 800. El matrimonio igualitario se ha convertido en una moda”. Agraviados, muchos gays refutaron la sentencia montados en un caballo no menos conservador. Los más ofendidos corrieron a rectificar cifras. El ex pastor, ahora aliado con Andrés Manuel López Obrador para la fórmula presidencial de las elecciones del 2018, tergiversaba los números, pues en esos mismos tres años la cifra de matrimonios igualitarios era de dos mil 442 y los divorcios de 557, según datos de la Consejería Jurídica y Servicios Legales de la Ciudad de México.

La verificación de datos resultó oportuna pero igual de mocha, pues con las cifras también verificaban sus ganas de alienarse a las ventajas legales que obtienes cuando eres cónyuge de alguien y que mi madre, feminista de pantalones acampanados, siempre advirtió de opresivas. Inconscientemente le daban la razón a Hugo: “¡Hey, Éric!, los gays podemos ser tan convencionales y monótonos como Lorenzo y Pepita o Vicente Fernández y doña Cuquita, suficientemente responsables como para atrancar los grilletes de la estabilidad y la monogamia con nuestras propias manos”.

Cuando una fracción del activismo gay escogió el sistema de valores y responsabilidades que soporta el matrimonio como parámetro de igualdad ante la ley y rasero de bienestar, también aceptó su cadena de compromisos y apariencias.

También creo que el presidente del PES se equivoca: el matrimonio no es una moda, más bien está pasado de moda. A veces pienso que debería prohibirse en general, bugas incluidos. Tendríamos que acceder a un esquema de antibióticos gratuitos sin que se nos juzgue por nuestros libertinajes consensuados.

Fue ahí cuando el debate se redujo a un mercado de lágrimas y risas, igual de cómico, mágico y musical que el sketch de La carabina de Ambrosio. Aceptémoslo de una vez: los gays somos mercancía electoral para todos los partidos políticos, que solo nos abrazan cuando nuestros votos les significan algo, y luego nos desechan. ¿Recuerdan el oportunista y fallido experimento de Enrique Peña Nieto con los matrimonios igualitarios? Sé que AMLO tiene pedos muy cabrones con la diversidad sexual, pero su visión de Estado puede ayudar a millones de mexicanos desfavorecidos. Por suerte nunca he necesitado de los partidos para llevar mi putería hasta la autodestrucción. Prefiero ser un bruto, un neanderthal, que dejarme convencer a la primera con falsos arrumacos, como el de Ricardo Anaya agitando la bandera del arcoíris durante un encuentro con estudiantes de la Universidad Iberoamericana, performance que muchos gays aplaudieron, siempre atentos al reconocimiento y validación del buga más convencional, guiñándole al autodesprecio. Basta ver cómo barremos las perversiones hasta dejarlas muy bien ocultas bajo la alfombra.

Por eso es que las políticas que involucren sexualidad gay ni se mencionan, como si la adopción homoparental implicara asumir un voto asexuado o de plano convertirse al celibato. Dicen que Morrissey lo hizo y ahí tienen el resultado, cantando playback en revistas mañaneras que anuncian detergentes y licuadoras como si fueran antidepresivos, resucitando los discursos más derechosos y fascistas de Margaret Thatcher, aquéllos que combatió cuando estuvo al frente de los Smiths.

A eso me suenan las discusiones entre el PES y los gays supuestamente progresistas, a una de las últimas canciones de Moz: de vísceras derechosas, pero con apariencia liberal.

Twitter: @distorsiongay

stereowences@hotmail.com

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