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Martes , 18.09.2018 / 22:28 Hoy

El nuevo orden

Distopía: el estatus de la homofobia

Wenceslao Bruciaga

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Todo ataque de nostalgia incluye al menos un gramo de fracaso. No hay cobijo más inútil y patético que articular el cliché de "tiempos pasados fueron mejores", muy de abuelos rectos y sus esposas que nunca vieron a Marylin Chambers o Sylvia Kristel en acción, asociado a épocas en las que supuestamente el recato podía respirarse en su estado más puro, como el nitrógeno y oxígeno sin smog ni orines, cuando las represiones se barrían debajo de la alfombra, dejando la sala inmaculada, lista para deslumbrar a las visitas.

A raíz de la columna pasada, me objetaron, argumentando que violencia contra la homofobia resulta idiota en pleno siglo XXI. Pero una respuesta específica a mi sugerencia de apropiarnos de la frase de Gil Scott-Heron: "Estamos hartos de rezar, hacer marchas, pensar y aprender. Los negros queremos empezar a cortar, disparar, robar y quemar" llamó mi atención:

"Son cosas totalmente diferentes, los negros además de negros eran pobres, aquí los gays pertenecen a todas las clases sociales. Elemental... los homosexuales, ricos, cuidan su estatus", escribió alguien.

Elemental. ¿Cómo interpretar los tiempos pasados cuando la inmoralidad homosexual empieza a empolvarse y el presente consiste en tomar conciencia del coctel de derechos y estatus? Hoy vivimos en ese "suburbio inmaculado construido sobre un paraíso de consumo inmaculado, un enorme y resignado suburbio del alma", como vaticinó el futuro J. G. Ballard en 1982.

"Hay un cierto tipo de lógica que rige a esos suburbios inmaculados. Es una lógica terrible, que representa la muerte del alma. Y pienso con horror en esa prisión en la que el mundo se está transformando", decía Ballard. Y tenía razón. Los homosexuales morimos en una prisión a la que nos condenamos por voluntad propia, pues en algún momento a alguien se le ocurrió que la inclusión tenía que ser "ultramoderna e inmaculada" según Ballard. Basta verlos abrumados por hacerse de un espacio en los vecindarios más caros. Si no alcanza la quincena para una renta de 15 mil pesos, siempre queda el premio de consolación: emular el sueño frígido de cualquier tía de clase media en busca del buen partido. Hace poco descubrí el plan de unos gays sin posibilidad de huir a su condición millennial: abrir la app y Grinderear desde cafés de la Condesa en la Ciudad de México, pues ahí los guapos abundan y se encuentran a menos de 200 metros; la Roma es para contactar a extranjeros, si estás mamado puedes tener suerte en Polanco y en la Zona Rosa predominan "las rotas que vienen del oriente con mucho iPhone, pero 50 pesos de crédito" según me contaron.

Mientras tanto, los habitantes de estos barrios al parecer ya saben quienes no son de por ahí. Los identifican porque no son caras frecuentes en los gimnasios, en los cafés de moda con mesas comunitarias o no coinciden a la hora de pasear al perro. Ligarlos es casi una ocurrencia de etnicidad exótica.

La gentrificación del deseo.

Más bien hemos alcanzado la distopía rosa: los homosexuales ganamos derechos, pero nuestra percepción se vuelve estrecha, menguada por ese afán de vernos inmaculados, como si los derechos fueran herramientas de purificación socioeconómica.

Lo tragicómico es que salvo el poder adquisitivo, no son fracciones muy distintas: escuchan a Ariana Grande, asisten al reencuentro de Mercurio, ven la euforia circuit como sinónimo de éxito. Una vez asimilada la escala de clases sociales, coinciden contra lo que consideran homofobia y sus modos de combatirla. Boicoteando marcas por ejemplo. La estrategia de marketing de los derechos homosexuales.

El anacronismo de muchos gays es ingenuo: consideran que acabar con la homofobia a punta de chingadazos o plagiando el terrorismo del hip hop sería una actitud retrógrada, del siglo pasado, pero parecen muy cómodos, y hasta orgullosos, perpetuando la estratificación del sistema de castas colonial que generó una aborrecible disparidad que por lo visto, seguimos arrastrando.

¿Así imaginamos el futuro?

Elemental.


Twitter: @wencesbgay
stereowences@hotmail.com

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