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Domingo , 23.09.2018 / 23:06 Hoy

El nuevo orden

Día del amor, la amistad y los clubes de sexo

Wenceslao Bruciaga

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Las cosas como son: a pesar de mi homosexualidad más bien huraña, respeto mucho a esos gays que se rodean mayoritariamente de gays o que sólo tienen amigos gays: ¿Cómo chingados le hacen para reprimir el impulso sexual de enredarse con su cuate? ¿Con la comadre?

En Las vírgenes suicidas, Jeffrey Eugenides describe la complicidad femenina entre caricias de las hermanas Lisbon, desenredándose el cabello unas a otras y esa imagen me reveló una prístina virtud que entre hombres homosexuales puede ser funesta, por mucho que me expliquen la deconstrucción de los géneros y los queers se me vengan encima.

Le he dado vueltas a este asunto desde que recibí una llamada el fin de semana: un colega, gay, tenía la voz desencajada. De todas sus comadres, decidió llamarme a mí, que, si lo he visto tres veces, es mucho. Estaba en un lío: él y una suerte de mejor amigo fueron a un club de sexo y entre cervezas, pasó. Después, mi colega quiso repetir, su mejor amigo lo rechazó y empezó la debacle emocional. Yo he estado ahí y es horrible. Con el tiempo he aprendido a superarlo, por ejemplo, viendo un partido de beisbol con los Drive-By Truckers sonando de fondo (su melancolía sureña es un buen aliciente para el azote) o esa canción de Pulp en la que Jarvis Cocker le confiesa a una morra todos sus deseos por ella, y todos reprimidos: "Like a friend". Los jonrones me sosiegan. Otra alternativa es subirme al ring para que nadie a mi alrededor salga herido, como sí ocurrió en mi posadolescencia tardía, cuando le reventé la nariz a Alfredo. Pero con eso de que los gays se enorgullecen en decir que los deportes enajenan, que es la imposición del heteropatriarcado.

Aparte la buena temporada del beis aún no empieza.

A veces pienso que muchos gays se apropian de algunas pericias de las chicas para evadir la complejidad de homosexuales varones con toda su monstruosidad hormonal y desapego. Se toman muy al pie de la letra eso de "entre nosotras podemos despedazarnos, pero jamás nos haremos daño". Sí, ya sé que sueno misógino. En mi defensa, quiero decir que simplemente me resulta más práctico rendirme ante mi biología. Admito no obstante que puedo estar errado. Ante esa nueva generación de homosexuales adscritos al voluntariado queer, convencidos de que con hablarse en femenino y echarse 140 caracteres de tendencia marxista decolonial están haciendo algo bueno por el mundo, ¿quién soy yo para desmentirlos, lanzando un ladrillo a tan noble acto de fe?

La utopía de la estandarización de géneros suena idílica, pero yo no me veo parte de ella. Prefiero que me linchen, antes que unirme a ciegas.

En fin, que nunca he sido bueno para decir lo que quieren escuchar, así que, volviendo a la llamada del fin de semana, no supe qué decirle a mi colega para consolarlo.

Cierto que más o menos lo mismo llega a suceder entre bugas. Pero creo que la incógnita del sexo opuesto permite llegar a un punto de sana rendición. El desconocimiento puede ser un alivio. Entre gays hay silencios, pero no muchos misterios... y eso no siempre es afortunado. Es lo que muchas veces es un pinche tormento.

En El sobrino de Wittgenstein, Thomas Bernhard dice que la amistad es algo que se gana "a pulso, fatigosamente todo el tiempo, para poder conservarla de forma útil y rentable correspondiente, teniendo en cuenta ininterrumpidamente, con la mayor prudencia, su fragilidad".

Y, así me lo parece, es difícil conseguir una amistad entre homosexuales según el modelo de Bernhard. A menudo se confunde la fragilidad con la ingratitud, y lo útil suele tener un tufo de alcahuetería.

Quizás el proceso mental de transmutar al cuate en la comadre, en su cliché más femenino, es lo que les ayuda a no meterse en pedos. Yo no puedo: soy muy porno, norteño, hipermasculino y pendejo. Me es más fácil ser franco y no huir de mis debilidades, que hacer toda clase de malabares con tal de no estar solo, como diría Manuela en Todo sobre mi madre. Por eso mis amigos gays son menos que los dedos de mi mano izquierda y los trato de cuidar como sugiere Bernhard y los veo como mis compadres bugas que no me permiten tirarme al piso. Pienso en el buen Jaime y de los que me he alejado para no hacer más grande la bola de sentimientos y empeorar las cosas.

Pero a veces termina traicionándome ese retortijón y acabo como el colega desolado en el club de sexo.


Twitter: @wencesbgay
stereowences@hotmail.com

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