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Domingo , 22.07.2018 / 02:05 Hoy

El nuevo orden

De rodillas

Wenceslao Bruciaga

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En la época en que mis padres me dejaron bajo los cuidados de la abuela, era un adolescente con poco margen para la agitación, al menos como me hubiera gustado.

Entendí que lo práctico era no resistirme a la misa dominical que desgastarme en discusiones que jamás llegarían a convergir en una reflexión provechosa. Ahí descubrí que debatir y peor aún, tratar de convencer a un católico hetero y radical es una batalla perdida, “… se considera virtuoso el tener fe, es decir, tener una convicción que no puede ser debilitada por la prueba en contrario.

Ahora bien, si la prueba en contrario ocasiona la duda, se sostiene que la prueba en contrario debe ser suprimida”, dice Bertrand Russell en Por qué no soy cristiano. Pero desde niño he sido un manchado exhibicionista con tendencia a escoger la autopista contraria, la mayoría de las veces por curiosidad, otras por soberbia y unas cuantas más por provocar.

El caso es que al llegar el momento de la consagración, en el que los feligreses tienen que arrodillarse a menos que se padezca “Enfermedad o en Misas con numerosa asistencia donde las condiciones no hacen factible el arrodillarse”, según las Instrucciones Generales del Misal Romano, yo permanecía erguido.

La abuela hacía corajes y me susurraba que no fuera grosero. Caía en la intransigencia, pero también era mi performance de manifestar descuerdo con una iglesia que te infunde culpa y miedo si piensas por tu propia cuenta, te planteas tus propios dilemas morales y sobre todo no le das vueltas al placer.

A decir verdad, son pocos los capaces de administrar sus deseos sancionados por el catolicismo, el resto sucumbe al placer a escondidas del escarnio público y el engranaje de la doble moral se enciende.

Sin la intención de herir sensibilidades, los feligreses gays católicos la tienen complicada.

Lo sostengo: la Iglesia católica nos quiere arrodillados. Y de algún modo lo consigue. El cardenal Norberto Rivera abre la boca para ningunear a los homosexuales y lejos de burlarnos de sus arranques o ignorarlo, muchos gays insisten en promover una querella retórica con ese señor y sigo sin entender cuál es el objetivo: desmentirlo, convencerlo, ablandarlo… Lo que es más, dan eco a sus obcecadas declaraciones que sólo sirven para que los homosexuales se desgarren las vestiduras y los homofóbicos salgan de las coladeras. Me dicen que ignorar es complicidad, que el peligro consiste en que sus palabras pueden afectar las políticas públicas que benefician al colectivo homosexual como, redoble por favor, el matrimonio igualitario. Es lo primero que se les viene a la cabeza. Lo curioso es que pretenden contener el peligro desde la complicidad con las huestes católicas y no fortaleciendo el concepto del estado laico.

La última de Rivera es digna de guión de John Waters: su explicación biológica del ano. No desperdiciaré este espacio al respecto. Pero mientras los homosexuales se indignaban y desgastaban con explicaciones cohibidas por no decir timoratas, dedicadas al cardenal, yo me indignaba y enfurecía con la escena de una madre, exasperada, arrodillándose frente al secretario de Gobernación, Miguel Ángel Osorio Chong (el mismo que fue protagonista de un chingo de selfies de los activistas gays que estuvieron presentes en Los Pinos el Día Internacional de la Lucha contra la Homofobia), para suplicarle que le ayudara a rescatar a su hija de un secuestro en pleno evento público, puesto que la pasaban de oficina en oficina sin darle una respuesta contundente.

En un par de horas, la hija fue rescatada y el desenlace por fortuna y para como suceden las cosas en este país en picada no fue trágico.

Pero el evento es chocante: en este pinche país hay que arrodillarse para que los políticos y funcionarios hagan su trabajo sin absurdas burocracias.

Acepto con la mano cubriéndome los labios que los derechos gays no deben ser regateados, pero la actual administración nos ha puesto en situación espinosísima, en medio de una crisis de violencia alarmante. ¿Cómo equilibrarlo?

La escena me golpeó en seco porque he vivido la desesperación de un ser querido desaparecido.

Por lo visto no sólo la Iglesia nos quiere arrodillados.

¿Qué tiene que ver la lección de anatomía de Norberto Rivera con la dramática escena de la madre suplicando justicia de rodillas al secretario de Gobernación? Pareciera que siguiéramos metidos en el México Colonial, discutiendo con el clero e hincándonos para pedir justicia y por poco besar la mano de los políticos.

Insoportable.

Twitter: @wencesbgay

stereowences@hotmail.com

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