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Martes , 16.10.2018 / 12:27 Hoy

El nuevo orden

Circo gay

Wenceslao Bruciaga

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Trabajé de obrero en Kodak, que en los noventa según esto, apuntaba a revolucionar el futuro de las imágenes computarizadas, o eso prometían nuestros jefes. Mi compañero era un tipo noble y moreno, tan alto como cualquier pivote de los Toros de Chicago en sus tiempos de leyenda, fan de los Cadetes de Linares y extrovertidamente afeminado. Recuerdo la primera vez que nos cruzamos en el cuarto oscuro de La Estación, el extinto club leather de la Zona Rosa, santurrones y patéticos, desviamos la mirada como si fuéramos hombres casados con mujeres e hijos esperándonos en alguna unidad habitacional. Después mandamos la pena al carajo y nos divertíamos despedazando a los jotillos más estirados.

Cierto día, mi compañero entró al baño del piso y dejó una insignificante mancha de sangre que terminó convirtiéndose en un jodido monstruo de intolerancia y prejuicio. Algún Godínez aburrido y abrumado por sus corbatas baratas, quincenas y deudas, empezó a correr el chisme de que a mi compañero “le había caído el sida” y estaba derramando su sangre infectada por todo el edificio. Ya entrados en joder, otro metiche panzón se dio a la tarea de hurgar en mi computadora hasta dar con mis primeras versiones de Tu Lagunero no vuelve más, ahorraba para una iBook así que la compu del trabajo era el único dispositivo donde escribir, y ahí estaban, la palabra antirretroviral y sodomía explícita repitiéndose tanto como ese pinche sencillo de Serenata de Alberto Vázquez y Joan Sebastian que les encantaba al resto del Batallón Godínez de aquella granja de cubículos oficiales.

Como dije, éramos miserables obreros digitales, pero supongo frente a la rutina de capturar oficios y poner sellos, nuestro jale debió parecerles un futurismo emparentado con Bill Gates y por eso hicieron de los chismes alrededor de nosotros un circo humano. Después de todo, éramos forasteros de Kodak contratados por una oficina gubernamental.

Un día estuve a punto de madrear al señor dos escritorios atrás de nosotros por no dejar de chingar a mi compañero en voz débil y cobarde imitándolo en su jotería, según esto para que no lo escucháramos, como si la oficina fuera un vil salón de secundaria. De verme cantándole el tiro empezó a convulsionar. Epilépticos contra putos. Juré que pasaría la noche en los separos, pero terminé en la poltrona de un Sanborn’s, con mi compañero y nuestro jefe ensayando facciones liberales: “Solo díganme la verdad y salimos de esta bronca con la frente en alto y hasta de rodillas ponemos a estos bestias, ¿son ciertos los rumores de que ustedes, bueno, ya saben, batean chueco?”.

Desconozco el estatus de los derechos gay en ese entonces, pero el jefe, un padre de familia tradicional, sin antecedentes activistas ni estudios académicos desbocados sobre la homosexualidad ni actas de derechos humanos, nos defendió con una honestidad que hasta el día de hoy me sigue conmoviendo. El infierno terminó y más tarde el Lagunero no vuelve más sería editado por Guillermo Fadanelli mediante su editorial Moho. Corrí con suerte, muchos pierden el empleo.

No he dejado de pensar en aquel episodio ahora que los derechos Lgbttti vuelven a cruzarse con la tensión electoral en vías de escoger al siguiente Presidente de México. Recuerdo que después de la improvisada junta que armó el jefe, empecé a calibrar la idea de que los derechos gays tenían que ver con la tranquilidad laboral sin esconderse, el respeto a la diferencia frontal, a la disidencia sexual, a la salud, a la aproximación científica y certera del VIH, a cuartos oscuros dignos con música digna. Es muy probable que no haya visto el panorama completo. Pasa que no soy activista. Y no pienso serlo. Lo cual no me impide ver que el planteamiento de los derechos gays en México son complejos, se enredan en su propia narrativa de acuerdos accidentados y prioridades ambiguas. Desde mi perspectiva no-activista, los derechos gays que tanto se cacarean en tiempos electorales, son simulaciones heterosexuales que en su progresismo encriptan la homosexualidad, devolviéndonos a ese circo humano del que fui parte en los noventa, en aquel búnker estatal, solo por afirmar, cínicamente tal vez, los rumores de mi putería.

Para este 2018 se ha constituido una Coalición México Lgbttti, que pretende acercar la agenda de diversidad sexual a los candidatos presidenciales. Pero eso, y el choque entre corrientes activistas, merecen otro espacio.

Twitter: @distorsiongay

stereowences@hotmail.com

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