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El nuevo orden

Bocetos de año nuevo

Wenceslao Bruciaga

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Las cenas de año nuevo son los domingos de feria de los adultos.

Para algunos de ellos, quiero decir, los que poseen cierta sazón en cocinar el optimismo, supongo. La alegría con la que te describen sus propósitos para la siguiente vuelta al sol, que han escrito en cuadernos de cubiertas costosas, me devuelve a aquella adrenalina de mi infancia cuando los domingos por la mañana me revelaban que iríamos a La Alameda lagunera por raspados y elotes de sabores; no sabía qué me excitaba más, si la aventura de montar los juegos mecánicos o los juegos de azar, que son el aguijón de Satanás para los ludópatas de clóset como yo: de las rampas de canicas con hoyos numerados que al sumarlos daban como resultado un regalo al Black Jack y el póquer.

Confío más en la incertidumbre de las cartas que en los primeros de enero.

Ahí mismo, en la infancia, empecé a maldecir las cenas de año nuevo de los adultos; no todas, solo las de Azcapotzalco, en casa de las primas de mi madre, donde la cena debía servirse hasta después de la medianoche según su militarizado sistema de sopa fría de codito y mixiotes y cubas y cumbias que siempre me supieron ajenas.

Desde entonces solo voy a fiestas de año nuevo donde pueda hacer lo que quiera a la hora que se me dé la gana y la música pese más que el pavo en el horno.

La verdad es que nunca he sido bueno con eso de engullir las uvas al ritmo de las 12 campanadas, mastico con la boca abierta y me atraganto y ahogo, los repiques cesan y yo sigo con la boca llena y entonces mis propósitos terminan igual que los hollejos sobre mis dientes.

Otra cosa: ya he aprendido a no torturarme con el “balance de lo bueno y malo”, como canta Mecano en su éxito de superación personal de adulto contemporáneo que de tanto sonar en estas fechas, especialmente en México, ya es una tortura en sí misma; sigo sin entender con precisión de qué se trata la madurez, pero al menos ya me tranquiliza saber que la vida es desatinadamente corta como para aquilatar qué tan buenas o malas fueron nuestras decisiones. Me pega más aquel párrafo de Milan Kundera a mitad de La Insoportable levedad del ser: “El hombre nunca puede saber qué debe querer, porque vive solo una vida y no tiene modo de compararla con sus vidas precedentes ni de enmendarla en sus vidas posteriores. No existe posibilidad alguna de comprobar cuál de las decisiones es la mejor, porque no existe comparación alguna. El hombre lo vive todo a la primera y sin preparación. Como si un actor representase su obra sin ningún tipo de ensayo. ¿Pero que valor puede tener la vida si el primer ensayo para vivir es ya la vida misma? Por eso la vida parece un boceto. Pero ni un boceto es la palabra precisa, porque un boceto es siempre un borrador de algo, la preparación para un cuadro, mientras que el boceto que es nuestra vida es un boceto para nada, un borrador sin cuadro”.

También es cierto que el boceto de la vida homosexual suele tener garabatos adolescentes que nunca terminan por enderezarse en la vida adulta, y por muchos años nuevos que pasen, el aporte de un poco más de drama a los propósitos de año nuevo teñidos de rosa serán como retransmisiones de la misma escena, como la primera película de Sex and the city que siempre transmiten los primeros de enero.

Un par de camaradas gays me confesaron que de este 2019 esperan cosas como encontrar el amor verdadero, sentar cabeza y hacer que la legalización del matrimonio igualitario tenga sentido en sus vidas insertadas en esta sociedad saturada de opiniones mediáticas y apps. No pude más que apachurrarles los hombros y felicitarlos por sus ambiciones con las que jamás podría; no me pongo exigente, con que el año por empezar tenga un par de buenos momentos y discos y porno y mientras haya trabajo y cerveza puedo darme por agradecido, no necesito más para hacer frente a un año cuya fluctuación social sigue poniendo a las personas en actitudes límites, sobre todo en este país en el que los constantes cambios no hallan su lugar mientras nos peleamos por un poco de razón, aprobación y certezas individuales. La radicalidad sin matices con la que supuestamente se pretende construir una sociedad más madura, sin odio ni discriminación, cava un ruidoso lugar común que engendra, curiosamente, intolerancia a la solidez de los errores en la que los homosexuales van labrando su visibilidad señalizando homofobia, casi siempre a modo y sin mancharse las manos, y mimetizándose, inconscientes, con las actitudes más conservadoras de supuestos enemigos. Sin quererlo, pareciera que contribuyen a la peligrosísima derechización a la que apunta el mundo. Espero me equivoque. Podría romper mis propias reglas y desear que el impulso de lo políticamente correcto no termine por aplastarnos en aras de mantenernos libres de raspones, dolores y ofensas.

No sé qué vaya a pasar en 2019 y a dónde nos llevarán los nuevos bocetos de la historia de México. Mientras todos tengamos acceso a una honesta libertad sin especulaciones morales, dignidad y bienestar, creo que algo habrá valido la pena.

Twitter: @distorsiongay



stereowences@hotmail.com





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