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Domingo , 19.08.2018 / 01:30 Hoy

Asco

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Hace ya varios 31 que dejé de hacer propósitos. Nunca los cumplo, porque nunca pude hacerme de la disciplina suficiente como para saborear la superación personal. Me resulta más factible, y práctico, palomear vicios, que dicho sea de paso, no todos conducen a la ruina. Por ejemplo, soy un vicioso de los chingadazos del box y de saltar en partidos de básquet callejero, ahí van implícitos los designios de ejercicio para mantener un cuerpo sano, lo que sea que eso signifique. Y perdón por la siguiente frase, me desprecio lo juro, pero, qué diablos, también soy adicto a escribir; sé que al pronunciarlo estoy lanzándome al hoyo sin fondo del lugar común más inmamable del gay ilustrado intelectualoide como de finales de los ochenta, pero es cierto, no haré amagos por defenderme, tan solo aclaro que sin esa pulsión por teclear encadenada a una melomanía maniática, no tendría control alguno por mis pasiones, de por si anárquicas.

No aspiro tanto, con no cometer las pendejadas del año anterior sería suficiente. Y no siempre la libro. Así que me conformo con esquivar imprudencias y mantener mis obsesiones intactas, procurando no desatar carambolas histéricas. Después de todo, será lo único que pueda salvarme de la bendita tolerancia e inclusión, combo de progresismo acomplejado cada vez más obsesionado con bugarizarme; del rechazo institucional que se avecina con un descaro moral, que tampoco me sorprende.

El 2018 será un año electoral intenso, insoportable y predecible y patético. Las supuestas propuestas de campañas no son más que demagogias trituradas como bolas de carne molida cruda, servidas con hipocresía y displicencia a un electorado a todas luces empachado, pero voluntaria o instintivamente propenso al caudillismo.

En mi hartazgo, ningún partido se salva. Todos, absolutamente todos, se alborozan en sus degradaciones e infames contradicciones. Todos apestan a desconfianza y corrupción. Pero la deshonestidad que les persigue es parcial. No son tan farsantes. Si algo comparten, también todos los partidos, es una muy sincera aberración a la población lésbico, gay, bisexual, transexual, transgénero, travesti e intersexual (LGBTTTI).

Ahí están, AMLO, haciendo alianzas con partidos evangélicos que cobijan a militantes que apoyan los centros de rehabilitación para homosexuales cuyos métodos cristianos garantizan una conversión a la heterosexualidad y casi con esposa incluida en el mismo costo del tratamiento, sin mencionar su desesperante obstinación por los plebiscitos; Margarita Zavala simulando tolerancia frente a una pareja de madres lesbianas para terminar en un divertido y patético e involuntario sketch pidiendo que no la grabaran, o a José Antonio Meade respondiendo “No tanto así” cuando un grupo de activistas le pidió tomarse una foto sosteniendo la bandera de arcoíris, sin mencionar su falta de huevos al momento de responder si abanderaría a “los putos y lesbianas” de ganar la Presidencia, respondiendo que se apegaría a la Constitución, que obliga respeto. Y Ricardo Anaya, haciéndose pendejo.

Cuando los temas de diversidad sexual se les plantan de frente (que del matrimonio igualitario y la adopción homoparental no pasan, como si solo tuviéramos cabeza y personalidad para exigir solo y solo esos dos derechos) el rechazo es automático, también de frente, y desde el estómago. Ni siquiera se esfuerzan por sortear el tema con estratégico decoro. Huyen de nosotros, como si fuéramos leprosos. Aun con los derechos ganados en México y la debilidad del activismo gay por normalizarse según los parámetros bugas, los candidatos a la Presidencia no nos quieren merodeando su imagen, para ellos es más importante marcar distancia con la sodomía que ganar nuestro voto. Somos unos marginales que si no fuera por la Carta Magna, ni derecho al respeto tendríamos los putos.

Como decía, mis obsesiones serán lo único que podrá salvarme del año homofóbico que está por empezar, y ahora que recapacito, también servirán para forjarme un propósito: alejarme de todos los candidatos y reflexionar mi voto desde una perspectiva en la que mi homosexualidad no es representada ni por error de cálculo, salvo que alguno de los candidatos nos pierda el asco.

¿Cambiaría radicalmente nuestra situación si alguno de ellos accediera a salir en la foto rosa? No lo sé, quizás al menos mi ciudadanía y mi sexualidad no serían vistas como un trastorno de personalidad múltiple. Quizás.

Desde luego está el caso de María de Jesús Patricio Martínez, pero eso, para variar, se cuece aparte.

Twitter: @distorsiongay

stereowences@hotmail.com

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