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Miércoles , 20.06.2018 / 08:13 Hoy

Noches de Ópera

Triunfal debut de Javier Camarena en 'Los puritanos'

Vladimiro Rivas Iturralde

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La mayoría de las óperas del bel canto poseen libretos de una incoherencia que linda con la estupidez. Los puritanos —ópera sobre un episodio de la Guerra Civil inglesa— no es la excepción: la protagonista pierde la cabeza no una sino dos veces, al enterarse de dos presuntas traiciones de su prometido. Sin embargo, las rescata una música de gran belleza, particularmente en las óperas de Bellini (1801-1835), con sus melodías melancólicas, largas, lunares, nocturnas, que tanto influyeron en la música de Chopin. Por eso saludamos el regreso de la última ópera de Bellini, Los puritanos (1834-35), al teatro de Bellas Artes, después de 36 años de ausencia —requiere, si no de un elenco brillante en su totalidad, al menos de una o dos voces excepcionales y especializadas en este repertorio. El estreno en Bellas Artes ocurrió en 1952, María Callas y Giuseppe di Stefano en los papeles principales. Ahora, en mayo de 2016, la puesta en escena está dedicada a una persona: Javier Camarena, uno de los mejores tenores ligeros del mundo, secundado por un conjunto muy homogéneo de mexicanos profesionales del canto. Esta presentación es estratégica: Camarena quiere foguearse en este nuevo papel para su debut en 2017 en el Met de Nueva York. Hace bien.

En el primer acto, luego de una solemne introducción orquestal, entra en escena Arturo y canta, ante su amada Elvira, su cavatina “A te, o cara, amor talora”, que luego se convierte en un concertante. Sentí, por un momento, la tentación de retirarme de la sala y llevarme la memoria de esa música. Esa cavatina es, en sí misma, uno de los más gloriosos momentos de la ópera belcantista. Bellini era tan consciente de que había compuesto una música de una belleza impar, que luego la repetirá, con variaciones o sin ellas, a lo largo de toda la ópera, inclusive hasta el cuarto y último acto. Es el tema de Los puritanos. Y lo que hizo Camarena en esa cavatina fue simplemente milagroso: voz bellísima; técnica perfecta de canto, de un buen gusto y una elegancia que habría merecido el aplauso del mismo Bellini; interpretación irreprochablemente teatral. Sentí que en esa escena estaba quintaesenciado el arte de la ópera.

Debo confesar que emocionan las piruetas vocales, los gorgoritos, las coloraturas; es más, me repelen. Con frecuencia, la ornamentación sustituye a la música. En cambio, como he anotado ya, lo que me emociona es la mayor característica de Bellini: la línea melódica ondulante, expresiva, intensamente melancólica, como en las dos arias de locura de Elvira. A pesar de su elegancia melódica, Bellini es capaz de aterrorizar a las sopranos con dos arias de la locura y al tenor en el último acto, exigiéndole, no solamente dos do sobreagudos sino dos fa criminales, que, casi siempre, hay que cantar en falsete. Pero eso es secundario y a veces prescindible. Lo más importante está en la belleza melódica y elegancia con la que hay que cantar para hacerle justicia a Bellini.

Leticia de Altamirano fue una muy afinada y correcta Elvira. Algo pobre en su voz media pero brillante en sus agudos. Eché de menos una mejor interpretación en las escenas de locura. Si el texto no nos hubiera advertido que estaba loca, nunca nos habríamos enterado. Mal dirigida escénicamente, cantó su locura con corrección pero insuficiente expresividad. Completaron el elenco el barítono Armando Piña como el líder puritano Riccardo Forth, pretendiente de Elvira y rival de Arturo, de quien al principio su voz se escuchaba dura, leñosa, sin calor y nobleza, pero fue mejorando con el tiempo; el bajo Rosendo Flores como sir Giorgio Valton, tío de Elvira, buen profesional como siempre; la mezzo Isabel Stüber Malagamba como la destronada reina Enriqueta de Inglaterra, en un papel corto e ingrato por su falta de lucimiento, y el bajo José Luis Reynoso como lord Gualtiero Valton, padre de Elvira —otro papel muy breve cantado con una voz bella e imponente. Creo que Reynoso es, ahora, el mejor bajo de México, y me parece que lo están desperdiciando.

La dirección escénica de Ragnar Conde, errónea, sobre todo en las escenas de locura de Elvira; cuando el coro no canta, no sabe qué hacer en escena; la escenografía de Luis Manuel Aguilar —mezcla de ruinas góticas con sueños surrealistas de Cachirulo— tuvo al menos la ventaja de no estorbar. La música de Bellini pasaba de largo y no le importaba mayormente ese disparate visual.

Correcto el desempeño del coro, dirigido por Christian Gohmer, y brillante la dirección orquestal de Srba Dinic. Acompañó muy bien a los cantantes y logró de la orquesta una infrecuente disciplina musical. No hay que olvidar que, desde el punto de vista orquestal, Los puritanos es la más brillante partitura de Bellini.

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