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Domingo , 09.12.2018 / 13:57 Hoy

Noches de Ópera

‘La italiana en Argel’: un champán burbujeante

Vladimiro Rivas Iturralde

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El aventurero Miguel de Cervantes, el preso de Argel, fue uno de los iniciadores de la tradición literaria de viajes marítimos, naufragios y encarcelamientos entre los moros que, dos siglos más tarde, poblarían la ópera con obras como Zaide (1779) y El rapto en el serrallo (1782), de Mozart, así como de La italiana en Argel (1813) y El turco en Italia (1814), de Rossini.

En La italiana en Argel, Isabella, la muchacha del título, busca por el Mediterráneo a su pareja, Lindoro, quien ha caído preso del bey de Argelia, Mustafá. Al naufragar la nave en que viajaba, también ella cae prisionera de los moros. El bey, a pesar de su harén, cautivado por su belleza, pretende desposarla, hasta que Taddeo —otro aspirante a la mano de Isabella—, Lindoro y ella misma urden un plan para escapar del bey. La comedia es un divertido entrecruzamiento de aspiraciones, deseos, intrigas, hasta que el final feliz deja a todos contentos, espectador incluido.

He de confesarlo de una vez: no me fascina el estilo belcantista de Rossini. Aunque es un espléndido melodista, considero que tiene más adornos que música. De modo que todo buen intérprete suyo debe poseer un excepcional control de la respiración y la emisión. Pero cuando el adorno se vuelve necesario, Rossini logra páginas extraordinarias, como el final del acto primero, en el que —surrealismo adelantado— siete personajes, presas de la confusión, la manifiestan con un contrapunto de onomatopeyas: tres sopranos cantan “din din din”, el tenor “tac tac tac”, el barítono, “crac, crac, crac”, mientras el bajo equilibra la armonía con el “bum” en bajo continuo. En esta función, el grupo de cantantes, casi todos mexicanos, fue eficaz, homogéneo, divertido. El bajo chileno Ricardo Seguel se llevó una ovación en su papel del poderoso y burlado Mustafá; Edgar Villalva (Lindoro) posee una bella voz de tenor en la parte media (que es la base) y su canto estuvo rebosante de buen gusto y matices, aunque sus agudos no fueron tan sanos; la mezzo, también mexicana, Guadalupe Paz (Isabella), tiene una bella voz de mezzo y un canto de buena escuela, pero su interpretación fue algo desangelada, sin la bis cómica que su papel requería: demasiado seria para el papel; Josué Cerón (Taddeo) confirmó una vez más que es uno de los mejores barítonos mexicanos y que posee gracia y comicidad en la escena; la soprano Angélica Alejandre (Elvira, esposa del bey), sensual y graciosa, también con buena escuela de canto. Bien, el bajo Luis Rodarte como Haly, jefe de la guardia del bey, lo mismo que la mezzo Mariel Reyes-Gil. Muy bien el coro, esta vez dirigido por la estadunidense Cara Tasher. El gran clavecinista argentino Ricardo Magnus, como en el anterior Don Giovanni de Bellas Artes, acompañó de modo impecable a los cantantes en los recitativos y recibió una ovación. En manos del serbio Srba Dinic, la Orquesta de la Ópera de Bellas Artes tuvo la rica sonoridad que exige Rossini, en la que cada compás es un trago de champán burbujeante.

La dirección escénica de Hernán del Riego hizo honor a la gracia y espíritu lúdico de la música de Rossini. En otras óperas, las puestas en escena durante las oberturas suelen distraer de la música. Esta vez no fue así. El mapa de Europa como escenario inicial y las acciones que en él se desarrollaban fueron parte del espectáculo musical. Y lo mismo ocurrió durante toda la ópera, sobre el fondo escenográfico de exquisita elegancia del infalible Jorge Ballina. Pocas veces he visto en la ópera a un público tan complacido, tan participativo de la comicidad que le venía de la escena. Es el mejor premio, junto con la ovación, que se le puede conceder a una ópera bien puesta como ésta, tan recomendable en todos los sentidos.

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