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Viernes , 20.07.2018 / 06:46 Hoy

Interés Público

Por qué la izquierda no quiere o no puede crecer

Víctor Reynoso

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El 1 y 2 de octubre el Instituto de Ciencias Jurídicas de Puebla organizó el Coloquio "La izquierda que no quería crecer. Límites y perspectivas de un proyecto de nación relegado". Tuve la oportunidad de participar, y compartí dos ideas que quizá expliquen por qué la izquierda no quiere o no puede crecer: la idea misma de izquierda por un lado está fuertemente cargada de valor (positivo) y contiene un conjunto de cuestiones no siempre compatibles entre sí.

Quien se dice de izquierda generalmente tiene la convicción de que está del lado bueno de la política. ¿En qué aspectos? En casi todos. La gente de izquierda se define a favor de las mayorías, el progreso, la igualdad, la paz, el internacionalismo, el nacionalismo, la democracia y la libertad verdadera... Serían así depositarios de todo lo bueno. Uno de los participantes en el coloquio definió al pluralismo como uno de los principales valores de la izquierda. No dudo que en la enorme diversidad detrás de esa etiqueta haya gente con pensamiento plural. Pero lo que conocemos como regímenes de izquierda han sido la negación del pluralismo: el partido único, los gulags, el espionaje, el exilio o la cárcel para los disidentes.

Por eso escribió Zaid que en México ser de izquierda era ser decente (en el buen sentido del término). O más bien, sentirse decente. Ser depositario de todos los valores positivos en política. ¿Cuál es el problema con eso? Que no es posible. Que es incongruente. Que algunos de nuestros mayores valores son incompatibles entre sí. No se puede maximizar la igualdad sin sacrificar la libertad y viceversa, por poner el ejemplo clásico. En política, así como en la vida personal y social, optar por un valor implica muchas veces disminuir y dejar de lado otros.

Pero si uno cree que sí se puede, que todos los valores importantes en política se pueden recoger en una ideología, partido, o grupo, uno se va a sentir muy bien. Uno va a vivir con la convicción de estar en el lado correcto. Va a ver con desprecio a los otros. No va a querer moverse de ahí: no va a querer crecer.

La segunda idea está muy relacionada, sólo que es más que valorativa es analítica. ¿Qué es ser de izquierda? ¿Promover la igualdad? ¿Cuál igualdad, la aritmética o la proporcional? ¿Promoverla aunque sea injusta? ¿Es ser nacionalista, como lo son la mayoría de las izquierdas, o ser internacionalista, como lo proponían los teóricos fundadores? Y sobre el progreso ¿quién lo define? ¿Es sólo el aumento de la productividad y del bienestar material?

Se dice, con cierta razón, que lo que define a la izquierda es opción por la igualdad y por la intervención del Estado para lograr esa igualdad. Pero no es suficiente. No hay una forma de igualdad, y casi cualquiera estaría de acuerdo en que la igualdad aritmética es injusta, incluso absurda. Y sólo algunos enajenados piensan hoy que el Estado no debe tener una intervención importante en casi todos los aspectos de la vida social, el mercado incluido (sin la intervención estatal el mercado se elimina a sí mismo, formando monopolios).

Es interesante que a cierto nivel del discurso político, en la militancia de izquierda por ejemplo, la geometría política (izquierda-derecha-centro) tiene un lugar hegemónico: lo domina todo. Pero a otros niveles es inexistente: casi toda la teoría política, teorías específicas como el diseño institucional y la teoría de políticas públicas, y desde luego la filosofía política: ahí la distinción izquierda derecha prácticamente no existe.

Parece pues que tienen razón quienes dicen que el término izquierda en política es un término para la auto identificación: quien se dice de izquierda se lo toma en serio y se siente muy bien. Pero no es un término útil para analizar la realidad, mucho menos para transformarla.

Hace unos años circulaba en México el dicho "quien niega la distinción izquierda-derecha es invariablemente alguien de derecha". El dicho no es resultado del análisis, sino un prejuicio que confirma lo aquí planteado: ser de izquierda es auto identificarse como "decente" y tratar a los distintos como indecentes.

El dicho no es mexicano. Viene de Francia, cuna de la distinción que hemos analizado. Es de un tal Alain, y Raymond Aron lo usó para iniciar uno de sus libros: El opio de los intelectuales. El título, y aun más el contenido, es rudo: no es tanto que la religión sea el opio del pueblo, como escribió Marx; el marxismo es el opio de los intelectuales (de izquierda). Los adormece, les hace ver sólo lo que quieren ver, los hace sentir bien. Pero es difícil crecer siendo opiómano.

La crítica de Aron, o el resumen y la simplificación que aquí presento, es sin duda excesiva. Pero ayuda a plantear, ver y explicar las cosas desde otro punto de vista.

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