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Domingo , 22.07.2018 / 01:59 Hoy

Interés Público

Historia mínima del PRI

Víctor Reynoso

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No es fácil escribir un libro sobre el Partido Revolucionario Institucional. Su basta presencia en la vida política y social del país contrasta con lo poco que sabemos sobre este partido en la academia o el periodismo. Además de lo poco que sabemos, el problema se agrava porque no es claro lo que es y ha sido el PRI. Algo más o algo menos que un partido político, según la perspectiva de cada quien. Aguilar Camín escribió alguna vez la concepción más amplia "Más que un partido político, el PRI fue un frente nacional y, con el tiempo, el tono de la cultura política mexicana, más que una de sus formas".

"El tono de la cultura política mexicana": la frase se aplica a algunas décadas del siglo XX, aunque para algunos sigue vigente (aun a políticos que no militan en ese partido). En el otro extremo, hay quien considera que el PRI no fue ni siquiera un partido político. Fue más bien la agencia electoral de la clase política mexicana, subordinada a su jefe mayor, el Presidente de la República.

Ante esta amplitud y complejidad del tema es bienvenido el libro de Rogelio Hernández Rodríguez, publicado por El Colegio de México en su colección Historia mínima. Ya tenemos al menos una historia mínima del PRI. Las mayores fortalezas del libro se encuentran en los temas que el autor ha trabajado desde hace varios años, y sobre los cuales ha hecho publicaciones relevantes: las trayectorias de los miembros de la clase política mexicana, los gobernadores, el grupo priista del Estado de México, la propuesta reformadora del tabasqueño Carlos A. Madrazo en los años sesenta.

Sobre las trayectorias muestra cómo la llegada a la presidencia de la República cambió desde 1982. Antes de este año, los que llegaban a ocupar el máximo cargo de la política mexicana lo hacían después de una larga trayectoria política, que tenía como antesala el gabinete del ejecutivo federal. A partir de 1982 lo ocuparon políticos con una trayectoria política mucho más breve. Los que el autor llama la tecnocracia, el principal objetivo de su crítica.

Contrariamente a la idea del PRI como un partido centralizado, Hernández Rodríguez muestra la importancia de los poderes locales, particularmente los gobernadores, desde la fundación del partido hasta los años en que perdió y recuperó la presidencia de la República. Se deriva del análisis del autor que este partido era, y es, mucho más que "el partido del Presidente".

Parte marginal del libro, pero con su importancia, es el análisis del priismo del Estado de México. La entidad más poblada y más importante económicamente del país ha sido siempre gobernada por el PRI. De ahí surgió uno de los mitos más difundidos de nuestra política: el del "Grupo Atlacomulco", cuyo representante más notable fue el de Carlos Hank González. El partido perdió los municipios más importantes, pero los recuperó. Y de ahí salió el candidato que habría de recuperar la presidencia de la República para su partido, Enrique Peña Nieto. El análisis es ponderado y matizado. Es decir, más cerca de la objetividad que de cualquier mitología.

Parte central del libro es la propuesta de quien fuera gobernador de Tabasco y luego presidente nacional del PRI, y que intentó reformar a su partido. El autor de esta Historia mínima lo es también de una biografía política del tabasqueño, por lo que el análisis de esta propuesta es uno de los puntos fuertes del libro.

El autor además recupera y desarrolla una tesis ampliamente aceptada sobre el PRI: no tuvo la capacidad para asimilar a las clases medias que fueron creciendo a lo largo de la segunda mitad del siglo XX. En esa incapacidad se basan las derrotas del partido a fines del siglo pasado y en el actual.

El aporte del libro es indudable. Su carácter polémico también. Muchos lectores considerarán que la crítica a los tecnócratas está más basada en la opinión del autor y en sus preferencias políticas que en hechos (salvo algunos, como el ya mencionado de las trayectorias políticas). En particular, el juicio a Zedillo parece, más que severo, poco objetivo: ¿podía algún otro presidente prolongar la hegemonía del PRI a finales del siglo XX? La importancia dada a la propuesta de Madrazo parece excesiva, no solo porque fracasó, sino porque muy probablemente era una propuesta inviable, ingenua, que hubiera dado lugar a conflictos internos y quizá al fin del partido. En contraste, poco se dice de los dos presidentes que, desde cierta perspectiva, más dañaron a su partido: Luis Echeverría y José López Portillo.

El PRI, pues, sigue dando de qué hablar. Hay PRI para rato, no solo en nuestra vida política, también en nuestra academia.

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