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Martes , 19.06.2018 / 16:03 Hoy

Interés Público

Globalifóbicos

Víctor Reynoso

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Hoy se habla ya poco de los globalifóbicos. Supongo que Trump volverá a poner el tema en la agenda mediática. Se trata de personas que rechazan la globalización, o más bien, algunos de los efectos de la misma. Es el caso del próximo presidente nortamericano, que pretende que no entren extranjeros a su país y que no salgan de él empresas autóctonas.

Lo interesante es que con el presidente norteamericano recién electo el problema cambió de signo. Ya no son los países pobres que en nombre de sus poblaciones menos favorecidas critican el proceso globalizador. Ahora es un magnate que va a dirigir a la nación más rica del mundo. No parece claro a quién favorece la globalización. ¿A los más ricos, a los más pobres, a nadie? Queda también la pregunta de si es posible detenerla, como se pretende ahora desde Estados Unidos y como se pretendió en la década pasada fuera de Estados Unidos.

Parece claro que no se puede hablar del tema en términos generales. Que el proceso por el cual aumenta la movilidad de personas, mercancías y empresas no tiene por qué adquirir una sola forma. Que la diversidad de formas posibles puede afectar de manera muy distinta a los países y a los grupos dentro de ellos. No puede ser un proceso ciego, sino regulado. ¿Quién regula y en función de qué?

Son preguntas medulares. Idealmente, debe plantearse un interés público global. La idea de lo público ("lo que a todos conviene") es ciertamente compleja y polémica dentro del ámbito nacional. Más aún en lo internacional. Pero estamos ante una oportunidad importante. La humanidad se ha comportado durante decenas de miles de años a partir de intereses de grupo: hordas, tribus, naciones. Pero ahora es claro que hay intereses globales (mantener la capa de ozono, por mencionar solo uno). No digo que sea fácil, ni claro en todos los aspectos, Pero la globalización es una oportunidad para plantear estos temas.

También es difícil decidir quién lo hará. La ONU es un experimento demasiado débil de agente central o Estado internacional. Pero puede avanzar hacia allá. O buscarse formas alternas de acuerdos y regulaciones internacionales. Que sea difícil no significa que no sea necesario.

Con regulaciones diversas, a diferentes niveles, pueden evitarse los peores males de la globalización y cultivarse sus mejores posibilidades. Entre ellas la conciencia y la realidad de que hoy "somos una sola tribu" y que todos los seres humanos compartimos ciertos intereses. Y que podemos compartir ciertos valores fundamentales.

Contra esto, hay posiciones conservadoras: tratar de negar el cambio y proponer regresar a un pasado, real o imaginario. Es lo que quieren Trump y algunos globalifóbicos de muy diverso signo. La cuestión es si es posible. Si es posible tener fronteras nacionales cerradas al mundo, evitando el movimiento de personas, empresas, mercancías (y hasta ideas). Si los intentos de hacerlo no solo son inútiles, sino contraproducentes. O si no hay más remedio que aceptar lo que el cambio tecnológico y los nuevos conocimientos nos han traído: mayor posibilidad de movernos dentro del planeta y la constatación de que somos una sola especie, que las diferencias de nación, raza, religión y demás son secundarias frente a lo que nos une.

Un acto particular. Hacía unos cuarenta años, desde que Estados Unidos estableció relaciones con la China continental o comunista, que un alto funcionario de ese país no hablaba con uno de Taiwán. Donald Trump lo hizo esta semana. Con ello no solo parece negar o matizar su rechazo al mundo exterior, sino desafiar al gobierno chino. Éste ha dado una respuesta muy diplomática, pero se dice que es una estrategia, y que está preparando un golpe proporcional al desafío del presidente electo norteamericano, que con esa llamada tocó uno de los puntos más sensibles de la nación asiática. ¿Se trata de una estrategia bien diseñada por parte de los estadounidenses, o más bien de una ocurrencia?

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