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Miércoles , 15.08.2018 / 10:46 Hoy

Interés Público

Errores

Víctor Reynoso

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"El pensamiento es un ave muy extraña, que se alimenta de sus propios errores", escribió, más o menos, un filósofo. A su juicio nada sería tan útil, como humanidad y como personas, como hacer una revisión de los propios errores. Creo que es una buena forma de aproximarse a dos importantes conmemoraciones del pasado mes de octubre: los cien años de la Revolución Soviética y los cincuenta del asesinato del Che Guevara.

Estoy de acuerdo con lo que, entre otros, ha planteado Juan Carlos Canales: el siglo veinte fue el siglo de la revolución soviética. Un siglo corto: desde el inicio de esa revolución (1917) hasta la "caída" del Muro de Berlín (1989). El mayor experimento social de la historia que trató de transformar radicalmente a la humanidad erradicando la desigualdad. Más de la mitad de los habitantes del planeta vivieron bajo regímenes con este signo. Muchas de las mejores personas de ese siglo, mejores en el sentido moral e intelectual, creyeron en ese proyecto. Pero el proyecto fue un error.

Curiosidades del lenguaje: para describir el fin de ese sistema hablamos de la "caída del Muro de Berlín", un muro hecho por el sistema soviético para evitar que los habitantes de esa ciudad alemana huyeran hacia el mundo capitalista. Pero ese muro no se cayó: lo destruyeron los ciudadanos berlineses. ¿Por qué empeñarnos en ese verbo inexacto? Quizá porque describe que lo que se cayó fue el sistema como tal.

"Nada nos ha asombrado tanto del comunismo como el modo en que ha salido de la historia", ha señalado el historiador Martin Malia. No después de una batalla o de una invasión. Salió solo, reconociendo que el sistema no funcionaba, después de 72 años de vida. Algunos, todavía, dicen que lo que falló no fue el sistema, sino que éste fue "mal llevado": si en lugar de Stalin hubiera estado al frente Lenin, o Trostky, el sistema seguiría vigente, y habría abarcado ya, seguramente, a toda la humanidad.

Una afirmación que no se sostiene desde ninguna teoría social o política, menos, desde luego, desde la teoría marxista. En ningún lugar de la misma se encontrará que el éxito de un sistema, del comunismo en concreto, dependerá de que sea "bien llevado". Para el marxismo el comunismo era una necesidad histórica que sustituiría al capitalismo, del mismo modo que éste sustituyó al sistema feudal.

El caso del Che Guevara es también un error. Ha sido visto por algunos como un santo laico, un ejemplo a seguir no solo desde el punto de vista político, sino moral. Pero esta perspectiva se sostiene solo desde el punto de vista de la ética de la convicción, desde la idea de que lo que importa en la ética y en la política son las buenas intenciones, y no las consecuencias de lo que hacemos y de lo que dejamos de hacer. Cuando al bien intencionado le salen mal las cosas concluye que "el mundo es estúpido y abyecto, pero yo no" (Max Weber).

Desde la perspectiva de sus intenciones, el Che Guevara tiene una estatura moral. "Lo dejó todo", por los demás. Dio su vida por sus ideales. (Claro, esto si no consideramos las trampas del Ego, que a veces "deja todo" a cambio de conseguir fama, prestigio y poder, que no se conseguirían de otra forma). Pero desde la perspectiva de sus resultados, de las consecuencias de su acción, no solo es una figura éticamente pobre, sino negativa: dio lugar a uno de los regímenes más cuestionados del mundo contemporáneo (Cuba) y produjo una gran cantidad de muertes, de viudas y de huérfanos. Y de eso para lo que no hay palabra: jóvenes que dejaron a sus padres sin hijos, al comprometerse en guerrillas sin perspectiva. Ese es su legado.

Los pocos que hoy defienden al sistema soviético y al Che Guevara caen dentro de frase de Weber: consideran que lo que falló fue el mundo, no las ideas de ese sistema o de ese personaje. Esta perspectiva ética no solo es ingenua, sino peligrosa. El mundo tiene sus leyes propias, está hecho de materiales no del todo transformables. Es un deber ético mejorarlo, sin duda, pero hay que hacerlo considerando las consecuencias que nuestra acción va a tener. La moral que se queda en las buenas intenciones no solo es corta e ingenua: puede ser criminal.

La ética adecuada, en política y en la vida personal, es la que considera tanto los objetivos buscados con nuestro actuar como las consecuencias de éste. Weber lo planteó con claridad en 1918, de cara al armisticio "moralista", basado en la "teoría de la culpa de guerra" que impuso fuertes sanciones a Alemania, cuya única falta fue perder una guerra. Pero se aplica prácticamente a todas las situaciones humanas, políticas y no políticas.

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