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Interés Público

El PRI ante el 2018

Víctor Reynoso

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Uno de los documentos más significativos de la XXII Asamblea Nacional del PRI fue el discurso del presidente de la República, Enrique Peña Nieto, pues se vio en uno de sus mejores momentos. Sonriente, seguro, fluido, emocionado y apapachado por gritos y aplausos de los priistas. Pero el país es mucho más que el PRI, y el presidente lo sabe. Si ese partido quiere mantener el poder, debe acercar su discurso y sus actos a la sociedad.

Buena parte de su discurso fue un esfuerzo en ese sentido. Peña recordó su primera asistencia a una asamblea priista, en 1990, cuando Colosio era presidente del partido, y recuperó dos expresiones del sonorense: el PRI debe actuar de "buena fe" y ser "el partido de la sociedad".

Y de eso se trató la XXII Asamblea priista, según el discurso: de "pensar en el México de las siguientes décadas" (en beneficio de la sociedad). Alguien dirá que, en realidad, se trató de pensar en la elección del año próximo, y de hacer lo conveniente para mejorar las probabilidades de éxito electoral del partido. Tendrá razón, pero para eso es necesario no solo abrir o cerrar candados a los posibles candidatos; es necesaria una agenda y una narrativa que incorpore los problemas relevantes y las formas de enfrentarlos.

Por supuesto, en el texto de Peña Nieto se enlistaron problemas que no podían faltar, pero el que tuvo más énfasis es el que, a juicio de muchos, se le ha atorado al PRI: la corrupción. El presidente reconoció que este es uno de los mayores retos que enfrentamos y su manifestación más indignante es la impunidad. Señaló que quienes han traicionado la confianza de la gente y del partido, deberán pagar las consecuencias de sus actos.

Bien que se reconozca y que se le dé prioridad a estos problemas, pero palabras no son obras y el PRI tiene atorado este asunto. La "nueva generación de priistas" -Javier y César Duarte y Roberto Borge- es vista por muchos como una prueba de que la corrupción y la impunidad son características del PRI, no exclusivas de este partido, pero si propias del mismo, parte de su ADN.

Al inicio de su sexenio, Peña Nieto declaró que la corrupción era una "cuestión cultural". Muchos consideran que es cuestión cultural de su partido, no de todos los mexicanos. Muchos estarán de acuerdo con el presidente: corrupción e impunidad son uno de nuestros mayores retos, pero para la mayoría de los observadores de nuestra política, dentro y fuera del país, ese reto está sobre todo dentro del PRI y de la clase política.

En ese discurso recuperó también la tradición revolucionaria de su partido, señalando que ésta no consiste en el apego a dogmas o doctrinas, sino en la capacidad de transformar. Algo cierto en lo que al PRI se refiere, y positivo, siempre cuando las transformaciones sean para el bien de la sociedad. Destacó, como ya lo había hecho, la creación de empleos formales en su gobierno, la mayor en lo que va del siglo.

Se distinguió de otras dos fuerzas políticas, en una narrativa que veremos repetirse a lo largo de los próximos meses. Sin mencionar a Morena, dijo que el PRI no quiere, como otros partidos, un regreso al pasado, ni le apuesta al caudillo, ni busca la división de los mexicanos. Sin mencionar al PAN, habló de la falta de experiencia y de la incapacidad en el gobierno. Al final mencionó el lema de su gobierno: "Lo bueno cuenta".

El PRI, lo dicen todas las encuestas, tiene pocas probabilidades de ganar la elección presidencial de 2018, pero en estos meses las cosas pueden cambiar. El discurso de Peña Nieto muestra que el presidente tiene claro dónde está parado. Más que las palabras, los resultados le habrían ayudado a su partido. Ambos, palabras y obras, son necesarios para una narrativa eficaz. El destino del PRI está hoy vinculado al de los Duarte, de Borge y otros tantos casos. m

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