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Domingo , 19.08.2018 / 01:46 Hoy

Comprar una buena imagen

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"En política, todo problema que se resuelve con dinero es un problema barato", dijo, más o menos Jesús Reyes Heroles. El dicho viene a cuento por las cantidades extraordinarias de dinero que el gobierno federal ha gastado en los medios de comunicación, mientras la imagen de ese gobierno, en concreto de su titular, Enrique Peña Nieto, es la peor en la últimas décadas.

La opinión pública, la opinión de los ciudadanos sobre los asuntos públicos, es un proceso complejo y diverso. Hay interpretaciones simplistas de esa formación: que la televisión abierta, particularmente la empresa Televisa, manipula esa opinión a su antojo. Fue Televisa la que impuso a Vicente Fox en la presidencia en el 2000 y a Enrique Peña Nieto en 2012. Un simplismo que no se sostiene, pues si la televisión tuviera ese poder no podríamos explicar por qué el voto en el país está tan fragmentado, por qué hay tal diversidad de opiniones. No se explicaría tampoco por qué un gobierno que ha gastado tanto en publicidad tiene una imagen tan mala.

Ese simplismo nunca ha tenido la razón. Hay que recordar que en la elección presidencial de 1988 los candidatos de la oposición fueron totalmente excluidos de la televisión, lo que no impidió que tuvieran la mayor votación hasta ese momento.

En realidad la opinión pública se forma a partir de distintas fuentes. Familia, amigos, compañeros de escuela o de trabajo suelen ser más decisivos para esa formación que los medios masivos, la televisión incluida. Y más ahora, cuando la televisión abierta parece haber sufrido el más importante cambio, en lo que a formadora de opinión pública se refiere, en las últimas décadas.

La existencia de diversos medios televisivos, la televisión pagada, y sobre todo las redes electrónicas, han mermado el lugar protagónico que la televisión abierta tenía. Nunca fue el único medio de formación de opinión pública. Ni siquiera, creo, el más importante. Pero hoy tiene menos importancia que nunca.

La sociedad forma sus opiniones sobre los asuntos públicos sobre todo en las relaciones personales. Relaciones ahora potenciadas por los nuevos medios electrónicos. Esos mismos medios ofrecen canales de información alternativos que antes no existían, y que compiten o desplazan a los medios tradicionales. Nunca como ahora es tan difícil manipular la opinión pública.

Lo que no significa que esta sea acertada. Es opinión, no conocimiento. La opinión es un acercamiento superficial a los hechos, a diferencia del conocimiento. Las redes sociales tendrán un peso que no habían tenido antes en ninguna elección presidencial. Por el simple hecho de que estas redes están más difundidas que nunca.

Y en ellas no se da el monopolio. Están más bien cerca del riesgo opuesto: la anarquía, la presencia de cualquier cosa, sea verdad o burda mentira. La ausencia de jerarquías, donde"todo es igual, nada es mejor, lo mismo un burro que un gran profesor", como dice el célebre tango.

El dinero puede hacer algo por influir en la formación de opinión pública a través de las redes o de los medios de comunicación tradicionales. Pero tiene sus límites. Muy poco, o nada, han podido los centenares de millones que el gobierno federal ha gastado en los medios para tratar de mejorar su imagen. La formación de la opinión pública no es un problema barato. No basta con contratar expertos en mercadotecnia y comprar espacio en los medios. Requiere, en buena medida, estar basada en hechos y razones aceptables por públicos amplios.

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