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Lunes , 10.12.2018 / 08:06 Hoy

Interés Público

A ochenta años

Víctor Reynoso

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La Guerra Civil Española, cuyo inicio cumple ochenta años este mes, sigue vinculada a las pasiones políticas. Algunos simpatizantes de Podemos explican sus malos resultados del pasado 26 de junio acusando de "franquistas" a quienes votaron por el Partido Popular. Simpatizantes del PP acusan por su lado a Podemos de amenazar al país ibérico con una polarización similar a la que dio lugar a la guerra civil de 1936-1939. Exageran ambos. Lo que parece claro es que las elecciones han servido de poco o de casi nada para resolver los problemas políticos de España: los viejos partidos siguen en el poder y con los mismos vicios. Los nuevos no han sido capaces de generar el apoyo electoral necesario para gobernar.

Tiene sus peculiaridades españolas, pero es imposible comprenderla sin entender el contexto europeo. España tenía fracturas sociales más graves que la mayoría de los países europeos: terratenientes tradicionales; jornaleros brutalmente explotados; una pujante burguesía, sobre todo en Cataluña y el País Vasco; obreros también sometidos a explotación extrema; clases medias urbanas con presencia cada vez mayor.

Pero no fueron esas fracturas sociales las que dieron lugar a una guerra civil de extraordinaria crueldad. Fueron las "ideas en las cabezas de las personas". Es un lugar común hablar de las "dos Españas". En realidad las corrientes que se enfrentaron en la guerra de 1936 fueron tres, y sus características más que españolas son comunes a la Europa de la época: la democracia liberal, distintas propuestas socialistas y el totalitarismo fascista. Las famosas tres erres: Reforma, Revolución y Reacción.

En distintos grados las tres estuvieron presentes en toda Europa. Pero en la España de los años treinta, durante la república y la guerra civil, se expresaron con mayor claridad que en cualquier otro país.

La "Reacción", que intentó un golpe de Estado en 1936, acabó siendo encabezada por Francisco Franco. Era abiertamente fascista y totalitaria. Se enfrentó a un gobierno dividido. Por simplificar se habla de reformistas liberales, demócratas y republicanos por un lado, y de socialistas revolucionarios por el otro. Pero las cosas eran mucho más complejas.

Lo más claro era la división en las fuerzas socialistas. Los anarquistas y comunistas se llegaron a enfrentar violentamente. Fueron un frente interno en el frente de la guerra. Hubo además numerosas subdivisiones, que los republicanos no lograron resolver mientras los rebeldes pudieron unificarse en torno a Franco.

Aunque el contexto actual es muy distinto, la Guerra Civil Española puede permitirnos reflexiones importantes. Es un ejemplo, de los más terribles en la historia contemporánea, de que la guerra es el fracaso de la política. La sociedad se polarizó al grado de que algunos bandos exigían la desaparición del enemigo: los comunistas de la burguesía como clase, los franquistas de todo aquel que no comulgara con el catolicismo, que hicieron sinónimo de identidad nacional española.

Para que la política funcione, para evitar la guerra, debe haber consensos básicos. Debe haber cauces pacíficos para las pasiones, las emociones y los intereses políticos. Aunque ideologías como el fascismo, el comunismo y el anarquismo concluyeron, al parecer, con el siglo XX, las pasiones y los intereses pueden generar ideologías que acaben con las vías pacíficas para la resolución de conflictos.

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