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Lunes , 17.12.2018 / 06:22 Hoy

El Pulso

Andrés, el orador de la esperanza

Víctor Martínez Lucio

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Cómo negarlo, es difícil abstraerse de las emociones que provoca el discurso de Andrés Manuel.

En términos de comunicación, sin abordar en estas líneas la viabilidad política de sus ideas y proyectos; cada palabra pronunciada y el tono utilizado para ello rayan en lo perfecto.

Este magnánimo discurso político, en particular el del Zócalo, logró su cometido: erizar la piel de millones de personas y dar bríos a la esperanza de por sí cansada de los menos afortunados.

Si la comunicación es una ciencia, el buen uso del discurso es un arte que, bien utilizado, es música para los oídos de un pueblo ávido de esperanza, aunque sea en la retórica.

Al son de “No se condenará a quienes nacen pobres a morir pobres”, el sábado escuchamos un híbrido ensayo, entre la izquierda moderna, la férrea oposición al neoliberalismo económico y los próceres de la historia de México.

Llegaron promesas humanistas con : “Vamos a promover el bienestar del alma”, acercándose a los postulados de la pretendida Constitución Moral.

Un discurso pacífico a la vez, con la frase: “No es mi fuerte la venganza”, aunque a muchos afectados por los regímenes anteriores no les convence.

Así, insistiendo en que el discurso político no es aquel que persuade a los adversarios, sino el que consolida a los afines, recluta indecisos y envía mensaje a quienes no son partidarios, cada minuto de lo dicho por AMLO vale oro.

Usted dirá, que es fácil articular un discurso para ganar aplausos, más cuando el hartazgo se marcó en la cantidad de votos obtenidos, pero expresiones como “No me voy a reelegir” y “Se acabará con la corrupción”, son propias de un candidato, y causan escozor a un nuevo gobernante. A López Obrador no le dio miedo refrendarlas.

Por si fuera poco también hubo teatralización, de esa que provoca sin duda la empatía de un pueblo que se siente agraviado; en un grado extremo expresada con la frase: “Yo ya no me pertenezco”.

El discurso transmitió frase con frase, la convicción y el compromiso de no fallar, como lo expresó cuando citó la sentencia que le dijo un joven acercando su bicicleta para lanzarle la consigna.

Fue sin duda un gran discurso, porque define claramente ante todos quién es el adversario a vencer, y al pedir que no lo dejen solo, asume: “Con ustedes me van a hacer lo que viento a Juárez”.

El primer punto ya está ganado, porque la comunicación determina muchas veces el éxito o fracaso del arranque de una gestión. Grandes gobiernos se han perdido en medio de una tormenta de críticas, por una mala estrategia de comunicación o una gestión arruinada por los discursos. En ocasiones por una excesiva espontaneidad.

Podríamos ir más a fondo y descubrir que Andrés Manuel utiliza figuras retóricas, como la antítesis, el eufemismo y la personificación, pero sería caer en tecnicismos. Es válido como cierre, advertir que hasta ahora, la esperanza, la ilusión, la empatía y demás, son solo palabras.

El deseo es que se conviertan en acciones, porque la historia de México también se ha aderezado con célebres discursos, que con los años se convirtieron en triste desencanto.

victor.martinez@multimedios.com



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