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Domingo , 23.09.2018 / 16:15 Hoy

De neblinas y Don Goyo

Algunas anécdotas en Campaña

Víctor Bacre Parra

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A Manuel Ávila Camacho

En la vida cotidiana de nuestros soldados, de esa parte nodal y fundamental que sustenta y compone la base de nuestro ejército, la llamada, Tropa; no debemos olvidar que ella, antes que nada, está compuesta por seres humanos que dedican su vida, su tiempo, su entrega y disciplina a las voces de orden, de dirección y de coordinación de los Mandos Superiores de las diferentes armas para que, en su conjunto con esa estructura militar, conformen los diversos cuerpos que integran nuestra armada y ejército para servir, cuidar, defender, proteger y preservar la vida, la libertad, la justicia de todos los mexicanos y, la independencia y la soberanía de nuestra patria así como la tranquilidad, la paz y la seguridad de todos sus habitantes.

En ese contexto histórico-jurídico y de ser de forma paralela e igual de importante,

uno de los observantes para que se construya, respete y fortalezca un auténtico y democrático Estado de Derecho en la propia vida republicana de México, queremos efectuar un pequeño reconocimiento a esa gran figura del soldado nacional, por medio de entrevistar a un pensionado, a un ex soldado, a alguien ya no en activo quien, de manera respetuosa, anónima y con cálida añoranza a su etapa de vida soldadesca, nos ha compartido para los lectores de "Milenio-Diario", las siguientes anécdotas que, en su transcurrir por diversas comunidades y regiones del país, ha vivido:

"Dentro de nuestra actividad de servir y cumplir las órdenes en muchos lugares del territorio nacional, recuerdo, en especial, tres anécdotas que me sucedieron en compañía de varios amigos soldados. La primera fue en Durango. Creo que fue un lugar al que le llaman la zona del silencio. Los radios y las telecomunicaciones nuestras no funcionaban. Fósiles y piedras minerales por donde quiera y decía uno de nuestros jefes que hasta pedazos de aerolitos y cometas habían caído en estos

terrenos y, que antes fue mar. Y, lo que más nos apantalló fue el ver que nuestras Hummer y camiones se movían de sitio, solitas, como si alguien las hubiera arrancado. Y, ante esto, también nos envolvió el silencio".

"Después, nos trasladamos a acampar en Yucatán cerca del mar y de una bahía. Y, aquí, fue la segunda anécdota. Por las noches, varios de nosotros pescábamos y guisábamos para enriquecer nuestra cena. Una tarde, un lugareño nos visitó y nos dijo que no fuéramos a acercarnos a una especie de poza que se formaba debajo de unas grandes rocas y mucho menos el de meternos a nadar ahí. Él, pescó también con nosotros y dejó al irse, unos pescados frente a ese lugar. A la noche siguiente nos invitó a observar los pescados ya en pudrición a los que más de 5 grandes y largas serpientes, salidas del mar, cuyo diámetro no podríamos abarcar entre 6 y 8 pares de manos y largas longitudes, se lanzaron a darse un festín sobre los pescados podridos. ¡Nos quedamos pasmados e igualmente impresionados!"

"La tercera anécdota y experiencia, la tuve en el desierto mexicano que está cerca de Arizona donde pasamos algunos meses de adiestramiento y capacitación. Junto a la dureza y friega de los ejercicios y las maniobras, recibimos un buen trato de nuestros superiores y un clima de camaradería por parte de nuestros compañeros soldados. Nuestras tiendas de campaña e instalaciones se cambiaban de manera constante por todo ese gran desierto. Nos acompañaban también médicos, enfermeros, ingenieros, cocineros y personal de apoyo. Así, pudimos apreciar su enorme belleza y sus noches frías y amigables. Aprendimos a convivir con las víboras de cascabel, insectos, arañas, escorpiones, tarántulas. Y con roedores, liebres y conejos. Y, hasta con zorros y coyotes. Así como con zopilotes y gavilanes; lagartijas, iguanas y tortugas; también con gorriones, carpinteros, codornices y correcaminos".

"En ese agradable ambiente, un compañero me dijo que ya no aguantaba los regaños y llamadas de atención de un superior y que en ese momento desertaba y se encaminó al desierto. Me dejó sus cosas y, en ese momento -como tercera anécdota- le pedí a otro compañero que me acompañara. A bordo de un vehículo le alcanzamos, ahora sí, desierto adentro y lo pudimos convencer que se calmara y regresara con nosotros. Considero que las vivencias experimentadas, el viento del desierto, su calor y silencio y, la noche estrellada, le ayudaron a recapacitar y se quedó. Ahora es un oficial, realizado".

Nuestro amigo ex soldado, agradeció la entrevista, se retiró sonriente y me alcanzó a decir: "Estoy muy satisfecho y agradecido por poder haberle servido a mi Patria, México y al Ejército Nacional, como soldado que fuí..."

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