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Sábado , 15.12.2018 / 01:06 Hoy

El sexódromo

Breves lecciones de amor y desamor con Marwan

Verónica Maza Bustamante

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Escuchar a Marwan cantando sus canciones es una delicia. A través de su música y su voz, el madrileño se confiesa para que, a manera de espejo, el o la escucha se sienta reflejada. Después, bondadoso como es, te abraza, te oye, te entiende. Habla del amor, pero en el sentido más completo de la palabra, sin temor a morir desollado tras la vivencia que, en muchos de los casos, también encierra la contraparte, ese intenso pero emocionante dolor que surge cuando las historias de pasión se acaban.

En mi habitación del hotel que he habitado desde hace una semana por la cobertura de la Feria Internacional del Libro de Guadalajara, escucho uno de mis discos favoritos del compositor: Apuntes sobre mi paso por el invierno. Suena “Un día de estos” y me abandono a sus palabras: “Si quieres yo te cuento las cosas que te pasan/ cuando abres al amor dejando la cadena echada,/ comprobarás que todas las cosas que no hacemos/ después son esas mismas cosas que echarás de menos./ Quiero follarte lento, mirándote a la cara,/ leer tu cuerpo en braile con las luces apagadas./ Quiero que entiendas esto, si ya no entiendes nada:/ amor es la palabra que resuelve el crucigrama.”

Recuerdo que hace un año lo entrevisté y lo escuché en su presentación-concierto de La triste historia de tu cuerpo sobre el mío. Ahora me toca presentar su nuevo libro, Los amores improbables, así que salgo con las pantorrillas adoloridas por tanto caminar pero el pecho lleno de alegría, para escuchar su familiar voz frente al público mexicano.

Consideraciones con respecto a las caricias

El salón está abarrotado. Decidimos hacer una dinámica que integre nuestro rollo pero también la visión de los y las presentes. La fuerza escénica de Marwan es maravillosa; creo que se debe a que es un hombre sencillo, apasionado, cariñoso y agradecido, además de guapo. Cuando lee, se transforma en confidente, en amigo. Una chica del público le dice que su título más reciente le llegó en el momento necesario y la ayudó en su proceso de sanación. Si ese no es un halago, no sé qué esperamos escuchar entonces los escritores.

Su poder tiene que ver también con la forma en que habla del desamor. Su primer libro estaba instalado en ello, el segundo en la recuperación y más nuevo, el tercero, tiene un poco de las dos vivencias. Sabe que el camino a seguir cuando uno ha decidido dejarse inmolar por el amor te lleva a adentrarte en todo ello, aunque queme como cuchillo ardiente traspasando la piel, pero siempre comprendiendo que ese sentimiento va más allá del cliché del amor romántico aunque no por ello se olvide su lado encantador.

“Las caricias son las llaves que abren la armadura,/ la maestría del panadero sobre la carne,/ el desfile de la delicadeza./ Acariciar es sanar de golpe un mundo roto,/ arpegiar sobre otra piel un sentimiento,/ melodías al contacto con el otro”, leo en su poema.

Luego, él habla de las mujeres, de la belleza, de la desigualdad, del poder que da decir las cosas como son. Me uno al aplauso colectivo. Por enésima vez, me he vuelto a enamorar.


***


La FIL del deseo

Nueve días no son pocos, menos aún cuando te adentras en las fauces de la feria del libro. Ahí parece que ya pasaron nueve meses, nueve años, toda la vida en un ir y venir del demonio entre tu hotel y la Expo, llegando a las fiestas, comiendo en los pasillos, hablando y hablando y hablando.

Este año entré a La casa de los ángeles rotos, de Luis Alberto Urrea (Alianza de Novelas, 2018), para conversar de la cachondería de Angelote, patriarca de una saga familiar épica que une a México con Estados Unidos. Con Roberto Argüelles, autor de Polvos y estrellas (Endira, 2018), abordé el tema de los tríos, pero no los comunes, sino como diríamos en el argot sexológico, ulos HMH, para variar.

Me perdí del placer de conversar con F.G. Haghenbeck sobre la protagonista de Casi diosa (HarperCollins, 2018), una adolescente apática y gruñona pero dispuesta a vivir el comienzo de su existencia adulta de la manera más asombrosa posible, porque tuve que correr a escribir mi columna diaria en esta feria. Para contrarrestar la decepción, me encontré con Irene Selser, quien presentó su poemario Sur, Silencio (El tucán de Virginia, 2018), junto con Gioconda Belli; dos de mis poetas favoritas, juntas. Orgasmo total.

Con Antonio Vásquez me adentré a la caída y decadencia de Arturo, hijo de un padre borracho que se vuelve sombra cuando va cayendo en picada hasta llegar al encuentro erótico en medio del delirum tremens en Ausencio (Almadía 2018), después de haber recorrido con Joel Flores los caminos de aventuras que se antojan imposibles, de imaginar cuánto vale la virginidad hoy en día, de los vericuetos de vivir en la frontera, todo debido a Los maridos de mi madre (Paraíso Perdido, 2018).

Necesitaría diez vidas para abarcar todos los argumentos asombrosos que guarda la FIL, para hacer una encuesta sobre todas las veces que las palabras “sexo”, “placer”, “deseo”, “amor”, “pasión” se repiten en sus pasillos, estands, explanadas. Por ahora me conformo con explotar la única que tengo y les recomiendo que busquen todos estos títulos.



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