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Jueves , 20.09.2018 / 19:23 Hoy

Vida y Milagros

“La vida sin mí”

Verónica Mastretta

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“¿Quién será el nuevo dueño, de

mi casa y mis sueños y mi sillón de

mimbre?”- Joan Manuel Serrat

Vivimos con la sensación de que la muerte es algo que les pasa a otros, como vivos eternos, que diría la poeta que también es mi hermana. En las pequeñas y grandes cosas nos empeñamos y distraemos como si nunca fuéramos a abandonar nuestro disfraz regalado el día de nuestro nacimiento, un disfraz mutante que de repente nos sorprende en el espejo con un rostro que no reconocemos como nuestro, o que se parece lejanamente al disfraz que un día nos pareció aceptable o mejor.

Decía Jorge Luis Borges que después de los treinta años nos volvemos responsables de nuestra cara. La edad no importa tanto, sino el gesto que vamos imprimiendo a nuestro rostro de acuerdo a nuestras vivencias, intereses o a la generosidad grande o pequeña de nuestro corazón. Hay quienes envejecen con rostros hermosos, llenos de una dignidad especial; otros más le imprimen a su cara rasgos de una simpatía que no desaparecerá ni con la muerte.

Así fueron algunas caras que conocí, dueñas de unos ojos que jamás dejaron de reflejar una luz viva y clara en sus pupilas llenas de alegría y un gusto por la vida invencible, aún en las más crudas adversidades, como la muerte de un hijo o la ingratitud o desvarío de otros.

Envejecer bien será un acto de voluntad o un don que se nos otorga al nacer? ¿Morir en paz es un regalo o un acto que se cultivó con los años? Vamos viviendo y nos van sucediendo las pequeñas y grandes cosas. Les vamos dando importancia a sucesos que dejarían de serlo si nos dijeran que nuestra muerte es inminente. Es quizás una defensa, pero al vivir, solemos olvidar nuestra condición de mortales, desperdiciando el tiempo en busca de quimeras mientras nos perdemos del espectáculo único de una puesta de sol o de la luna llena metiéndose entre los volcanes en un amanecer en que su luz nos despertó. Perdemos quizás parte de la infancia de nuestros hijos, que de repente ya nos tratan como si los hijos fuéramos nosotros. ¿A qué hora es que pasó lo que pasó y me perdí de lo que me perdí? Hay quienes se obsesionan con el poder, la fama, la acumulación de cosas y dinero, los conflictos o la vida de la patria y sus pesares, como si fuéramos absolutamente indispensables y no únicamente necesarios para resolver sus dolores crónicos.

Junto a la verdulería que frecuento en la pequeña comunidad en la que vivo, hay una escuela primaria. La salida de los niños al medio día es toda una lección. Verlos salir parloteando, cargando sus pequeñas mochilas como una premonición de lo que les tocará cargar en la vida, me abre los ojos a lo que suele ser invisible, a lo esencial, y ese río de vida infantil lo hace con la misma fuerza que el golpe duro de una muerte cercana. Es la vida que pasa en esos niños, moviéndose como lo hacen los pájaros cuando al atardecer buscan en medio de gran alboroto, el árbol en el que dormirán. Como vivos eternos se afanan en el hoy. Mi abuela se sorprendía ante las manos pequeñas y la piel sedosa de los bisnietos que llegó a conocer: “pensar que yo también fui de ese tamaño”- decía -¿Dónde está lo que fuimos?- es la pregunta que de repente nos asalta, pero rara vez nos detenemos más de un momento a pensar en el día en que no estaremos aquí. El pensamiento de un mundo sin nosotros, de “la vida sin mí”, es algo que espantamos con la mano como si fuera una mosca tenaz.

La canción de Joan Manuel Serrat se pregunta- ¿Si la muerte pisa mi huerto, quién firmará que he muerto de muerte natural? ? “Si la muerte pisa mi huerto “ es una figura gramatical en la que el “si”, “if” en inglés, le da forma de condicional al asunto, cuando en realidad, la frase certera es- “Cuando la muerte pise mi huerto”- porque ese día, ciertamente, llegará. Mientras, es la muerte de otros, el mirar la parca sencillez de una sábana blanca envolviendo un cuerpo que en pocas horas consumirá el fuego o recibirá la tierra, lo que le da valor a cada minuto en que se nos concede la dicha de estar vivos, de sentir el sol de invierno sobre la piel mientras caminamos entre los árboles del camposanto al que acudimos a despedir a alguien querido que vivió la vida como se lo dictó su corazón. Al igual que nosotros, un día se pensó eterna.

Mientras vivió, lo hizo intensamente, buscando una felicidad que jamás es definitiva hasta que la buscamos adentro y no afuera. La felicidad, dice un libro, es una tarea interior. Solo eso podemos desear para los que se han ido y para los que aun seguimos aquí: que cada quien encuentre o haya encontrado la felicidad sin que sea a costa de la infelicidad de otros. Salimos del panteón al caer la tarde, conversando con los demás, protegidos por el calor del grupo, parloteando como las aves y los niños, mientras sin querer festejamos el eterno y finito milagro de estar vivos. Algún día habrá una vida sin nosotros, una vida sin mí.

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