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Sábado , 21.07.2018 / 14:56 Hoy

Vida y Milagros

El poeta y el cocodrilo

Verónica Mastretta

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En unas vacaciones de invierno nos fuimos en coche al sureste en un viaje familiar. Recorrimos tres mil 600 kilómetros. México en carretera siempre será una aventura que te transporta rápidamente del cielo al infierno y viceversa. Pasas de ver los paisajes más exuberantes, inhabitados y fantásticos, a pueblos que han perdido la identidad arquitectónica y el mínimo sentido de la limpieza, ayudados por la falta de autoridad y la infaltable presencia de los camiones de Bimbo, Coca Cola y otras empresas que se han encargado de vender sus productos sin dar valor a lo retornable, llenando selvas, ríos y mares con sus envolturas y botellas.

Cuando recuerdo ese viaje se me llena la memoria de todos los tonos de verdes y de agua. ¡Tantos ríos que cruzamos! todos como avisándonos que llegaríamos a la tierra del poeta Carlos Pellicer y a su obra increíble del Parque Museo La Venta. Carlos Pellicer (1899-1977), gran poeta de la generación de los Contemporáneos, el poeta del trópico y de los grandes ríos, maestro de literatura en la UNAM, viajero incansable, Premio Nacional de Literatura y amante de la cultura prehispánica, nació en Tabasco, y aunque se educó y vivió en la Ciudad de México, nunca se desligó de su lugar de origen y le regaló parte de su vida y su energía.

Tenía poco más de 50 años cuando se echó a cuestas la tarea de trasladar a un lugar seguro las fantásticas esculturas olmecas encontradas en 1943 en La Venta, entre Tabasco y Veracruz, en el municipio de Huimanguillo. Las monumentales cabezas olmecas, los altares y estelas y los mosaicos enterrados como ofrendas de más dos 2500 años de antigüedad, no tenían ni destino ni protección. Él supo que tenía que salvarlas y supo imaginar también a dónde llevarlas. Tuvo la visión de escoger para su resguardo el espacio de selva que colindaba con la Laguna de las ilusiones, ahora en el corazón de la ciudad de Villahermosa. El visitante entra a un jardín botánico y a un museo al mismo tiempo. Si Carlos Pellicer no se lo hubiera propuesto, ese lugar no existiría. Aportó lo que yo he dado en llamar "un corazón ciudadano" a un proyecto que implicaba necesariamente la voluntad de los políticos en turno pero unido a una visión civil. López Mateos lo entendió así y supo ayudarlo. En l958, después de varios años de trabajo, el Parque Museo La Venta abrió sus puertas.

Años después, Julieta Campos, quien fuera esposa del gobernador Enrique González Pedrero, con la sensibilidad que la caracterizó siempre, terminó de perfeccionar y renovar el lugar. Es un parque-museo en el que se cobra una cuota baja; ha funcionado muy bien porque aunque el gobierno administra y aporta, existe un patronato que trasciende a las administraciones y a los tiempos políticos.

Existe una idea rectora aún vigente que provino de la mente luminosa de Carlos Pellicer. La seguridad y la limpieza son impecables. Una enorme ceiba con un busto de Carlos Pellicer te reciben a la entrada y luego unas huellas humanas marcadas en el piso te guían por el sitio. Al terminar el recorrido hay una tienda de artesanías con productos muy bien escogidos y hermosos. Dentro del parque hay un zoológico. Yo he dado en odiar ver a los animales en cautiverio, pero ahí estaban, en su imponente y salvaje belleza. Vimos a una pareja de jaguares, a una hermosa pantera solitaria, monos araña, guacamayas y loros, todos muy bien cuidados pero languideciendo en sus jaulas. Afuera es probable que ya estarían muertos o de adorno en la casa de algún fantoche vanidoso. Finalmente llegamos al estanque donde vivía un cocodrilo de más de cuatro metros y que el mismo Pellicer llevó al parque cuando lo inauguraron. Cuando lo conocimos tenía 80 años y le llamaban Papillón en honor al nombre del personaje de una novela que logra escapar tres veces de la cruel prisión francesa de la isla del Diablo. Según fue creciendo, el estanque le fue quedando chico al cocodrilo. Se había escapado tres veces rascando por debajo de su estanque y buscando la libertad hacia la Laguna de las Ilusiones; la última vez que se había escapado apareció en el patio de una casa de Villahermosa ubicada a la orilla de la Laguna y se fue sobre el perro de la casa. El dueño de la misma le dio un tiro en el ojo y lo dejó tuerto. Papillón fue regresado a su prisión y ésta fue reforzada con una malla de metal para evitar que escapara de nuevo. Todo eso nos lo contó un guardia cuando mi hija se dio cuenta de que le faltaba un ojo. Supimos que en cautiverio, Papillón podría vivir otros 50 años más. También nos contaron que en un tiempo le echaron a una cocodrila demasiado pequeña y se la comió. En libertad ya no existían cocodrilas de su tamaño. Estaba condenado a morir solo, rodeado de tortugas y alimentado por los pollos que le echaban cada cierto tiempo. Papillón parecía tan triste y aburrido. Su único ojo era como de otro mundo. ¿Cómo liberar a Papillón si el mundo de afuera nos lo hemos robado los humanos?

Dos datos más para terminar este recuerdo. Treinta de las mejores piezas encontradas en La Venta están en el parque-museo La Venta. Actualmente, una gran parte del sitio en donde fueron encontradas se encuentra cubierto por una refinería de Pemex y cualquier excavación ahí hoy es imposible. Pellicer hizo lo que tenía que hacer justo a tiempo.

El otro dato es que hace poco Papillón murió en cautiverio, nadie sabe muy bien de qué. Un día simplemente dejó de comer. Se murió en calidad de preso en su estanque. Había sido capturado en Comalcalco a la edad de 20 años. Murió de 83. Por su genética podría haber vivido 45 años más. Qué bueno por él que no fue así.

El cocodrilo podría haber hecho suyas las palabras del poeta Pellicer: "Tu eres más que mis ojos/ porque ves lo que en mis ojos llevo de tu vida.../ y así camino, ciego de mí mismo/ iluminado por mis ojos/ que arden por el fuego de ti...."

Qué bueno que ya te fuiste, Papillón....Qué bueno que exististe, Pellicer.

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