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Miércoles , 20.06.2018 / 08:12 Hoy

Vida y Milagros

Buscando las tablas

Verónica Mastretta

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Vi un documental de Unicef en donde nos muestran el momento para ir a dormir de niños de diferentes culturas y lugares del mundo, niños entre los dos y tres años de edad. En muchas imágenes preciosas vemos la vida nueva que comienza, los rostros de los niños que viven como si antes no hubiera existido nada y sin imaginar que existe la palabra "futuro". Durante el día, sin importar su condición, han estado en contacto con el aire, el agua, la tierra, el sol, los elementos que a todos nos son familiares y que le dan sustento a la vida. Al llegar la hora de dormir, unos se acostarán directamente sobre la tierra, otros en esteras, otros más sobre hojas, sobre paja, en hamacas, en pequeñas camas austeras o en cunas y colchones sofisticados. Se acurrucan y se entregan por igual a los brazos del dios del sueño, con la misma naturalidad y confianza, protegidos por una voz familiar que habla o canta en una de los cientos de lenguas que se hablan en el mundo. Sus caras ya dormidas tienen la misma serenidad en África, en China, en países helados o selváticos o en cualquier rincón de América Latina, duermen.

Aún no han aprendido a acumular ni a comparar y se adaptan a su espacio tal cual es. Juegan con todo aquello que encuentra a su paso, lo que atrae su curiosidad ilimitada, todo lo que acompaña su despertar al mundo. Mientras dura la luz, se entregan a los elementos sin temor a ensuciarse, mojarse o asolearse y sin la necesidad de conservar algo que los hizo felices ese día: una piedra, unas hojas, palos, charcos, arena, una pelota, un perro, un gato en la ventana, flores, un escalón por el que subir y bajar o cualquier cosa que durante un rato atrapó su interés y su concentración.

Los pequeños niños del mundo saben viajar ligeros de equipaje y aún viven en el hoy. Luego la vida irá pasando y de acuerdo a sus culturas, les irán enseñando tabúes, ideologías, religiones, a acumular, a preocuparse por el futuro, forzados a abandonar esa ligereza que sólo recuperarán aquellos que logren alcanzar la sabiduría o la edad que obliga a regresar a ese estado y a esas épocas primeras en que sólo nos era necesario lo elemental. Mientras tanto, el sueño hace su trabajo de igualarlos a todos.

No recuerdo el nombre del filósofo que hace más de dos mil años entró a un mercado de Atenas y exclamó -"Cuantas cosas preciosas, pero ninguna necesito. "

Las terribles corridas de toros semejan a la vida. Para mí son como una metáfora de lo que la experiencia de vivir nos depara. Se abre la puerta de toriles y entramos en el ruedo, un símbolo del redondo mundo y del círculo en el que nos moveremos. Seres inocente, llegados desnudos de los campos verdes y generosos que preceden la vida. Encaramos el ruedo cargados de ímpetu y energía, dispuestos a investigar el mundo, persiguiendo capotes de colores brillantes como se persiguen los sueños, las quimeras. A lo largo de la faena, como el toro, recibiremos efímeros aplausos y certeras pullas, quizás daremos lo mejor de nosotros mismos y aún así seremos engañados o habremos de engañarnos a nosotros mismos; viviremos pensando en si lo vivido es cierto, si esos cientos de caras mirando hacia la arena nos quieren, nos desprecian, si son nuestros aliados o si son solo un sueño. Por un rato, nos entregaremos a la vida con arte y bailaremos con ella con la cadencia, el ritmo y la armonía deslumbrante que proyectan el toro y el torero en su fugaz encuentro. La vida es el torero y nosotros el toro. La vida, por buena que haya sido, deberá detener nuestro corazón en el momento justo. Podremos estar satisfechos o no con nuestro desempeño, tristes o felices con lo que logramos hacer para nosotros mismos y para otros. Podremos haber hecho una grandísima faena, la mejor, y aún así, sonará la llamada para el último tercio y habrán de apagarse- como dijo el poeta- las luces de la fiesta. El final es igual para todos: la muerte cierta para quien entrara hace unos minutos o hace una vida por un puerta que se abrió hacia un mundo desconocido, del que habremos logrado, con suerte, entender una parte. En las últimas horas, como al toro, no nos engañarán las voces de los otros, sólo oiremos la nuestra; no nos deslumbrarán ni el brillo de la luz de lentejuelas, ni los colores de los capotes y las banderillas a las que nos acercamos un día con curiosidad, ingenuidad y audacia irrepetibles.

Ha llegado la hora de buscar las tablas, un rincón protector y familiar, algo que nos cobije como nos cobijó de niños nuestro particular rincón, una cama en la tierra, una estera, las hojas, la paja, una hamaca, una pequeña cama de madera a cuyo lado escuchamos una voz familiar cantando o conversando en una de los cientos de lenguas que se hablan en el mundo. Cuántas cosas bonitas de la vida cruzarán por nuestra memoria: el aire fresco tocándonos la cara, el tibio sol, el agua transparente, las flores y los pastos mecidos por el viento de octubre. Cuántas cosas amadas habrán de visitar nuestra memoria, aunque no necesitaremos ya ninguna. Estaremos pegados a las tablas, con el rostro sereno de los niños a punto de dormir, regresando del viaje, otra vez ligeros de equipaje mientras termina de caer la noche, nuestra noche.

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