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Viernes , 21.09.2018 / 13:47 Hoy

Vida y Milagros

¿Aún hay magia en las urnas?

Verónica Mastretta

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El año 2000 fue el año en el que los votantes podíamos esperarlo todo del sistema electoral mexicano, desde las trampas tradicionales, hasta el milagro de unas elecciones razonablemente limpias. En el año 2000, el Instituto Federal Electoral (IFE) por primera vez era presidido por un ciudadano sin partido, José Woldenberg, y ya no por el secretario de Gobernación de la nación. Durante los largos años del monopolio priista del poder, todo el órgano electoral era controlado por los funcionarios públicos que el PRI nombrara, tanto en los institutos de los estados, como a nivel federal. La credibilidad de esa nueva independencia estaba en juego en ese año, en el que los jóvenes votantes primerizos de hoy apenas tenían dos años de edad.

Antes del año 2000, el sistema electoral mexicano todavía era rudamente mágico: sin distinción de estados, podían votar muchos vivos hasta dos y tres veces en varias casillas, y los muertos revivían para votar en otras. Era posible que en muchas casillas las urnas estuvieran llenas antes de empezar la elección. Era posible decir abiertamente, como lo hizo Manuel Bartlett en 1986, que había tal cosa como los llamados "fraudes patrióticos", como el que se operó en Chihuahua para impedir que el candidato del PAN, Francisco Barrio, ganara la elección para gobernador, pues había que evitar que la oposición conservadora llegara al poder. Era posible que no pasara nada, ni hubiera consecuencias penales para nadie, si a media elección un grupo armado se presentaba a llevarse las urnas de las casillas en las que adivinaban una votación adversa a los intereses oficiales. Fue posible que en 1988, la primera de las tres veces que Cuauhtémoc Cárdenas fue candidato a la presidencia de la República representando a la izquierda, hubiera una "caída del sistema de cómputo" que detuvo el recuento de votos por muchas horas, una caída que sembró para siempre la duda acerca de los resultados de esa elección, la única en la que Cárdenas realmente tuvo la oportunidad de ganar. Lo mágico era que casi a finales del siglo XX no hubiera consecuencias jurídicas ni sanciones para este tipo de conductas, que en ese entonces seguían siendo comunes, como mágico era que un Secretario de Gobernación, que presidía el IFE, no perdiera el cargo por ese tipo de "caídas".

Había amplios espacios para los juegos de poder y de tramposa magia, en donde te podían plantar un fraude electoral tan visible como un elefante en tu sala, sin que quedaran plasmadas en documentos duros las huellas de estos malabarismos.

En el año 2000, la magia que esperábamos y que de cierto modo vivimos, fue la de una alternancia pacífica en el poder por la vía de las urnas, una elección que no sufrió mayores cuestionamientos y en la que los perdedores, el PRI de Zedillo y el PRD de Cárdenas, aceptaron su derrota. El IFE presidido por José Woldenberg funcionó, y no sólo funcionó, sino que se volvió una de las instituciones más prestigiadas del país. En 2003, en las elecciones intermedias del mandato de Fox, el partido en el poder, PAN, no obtuvo la mayoría que le urgía en el Congreso, y lo reconoció sin chistar aún a sabiendas de que su proyecto político de reformas se quedaría en el tintero. El prestigio del IFE se sostuvo.

Luego vendría el cambio de consejeros en 2006 y la controvertida elección presidencial de ese año, en el que inició el principio del fin de la credibilidad del IFE. Todos los partidos y sus representantes en el congreso tienen una parte de responsabilidad en esto. La víctima aquí ha sido la credibilidad del instituto. La serie de reformas que se le han ido haciendo a las leyes electorales a manos de todos los partidos, han creado un sistema electoral carísimo, pagado por completo con el dinero público que el Congreso etiqueta; les regala millones de pesos y de anuncios a los partidos políticos sin haberles recortado un centavo de sus inmensas prerrogativas, y encima y para colmo, la credibilidad del INE está por los suelos. La partidocracia debe de sentirse orgullosa de su engendro porque es hijo de todos.

En la encuesta publicada en "El Financiero" en la columna de Pablo Hiriart nos aporta el dato de que en la encuesta nacional que hizo "El Financiero" hace dos semanas, "el 58 por ciento de la población desconfía del Instituto Nacional Electoral, INE". Tanto le hizo el diablo a su hijo hasta que le sacó un ojo. Y ahora, ahí nos devuelven al instituto rebautizado, desacreditado, caro, feo, cojo, renco, tuerto, gastalón y tan incapaz que carece de la fuerza para evitar que la hermosa magia que genera la confianza, florezca, y para facilitar que la magia negra de las trampas y la horrible "operación política" de compra y manipulación del voto, regrese fortalecida. Ahí vienen los tlacoaches, cargando un tambache de trucos para hacerse del voto por medio del chantaje o la explotación de las necesidades de los más pobres o de los ya mañosos, vienen cargados de sombrillas, tinacos, bultos de cemento, tarjetas de descuento, pases a lugares que de por sí son gratuitos y todo lo que a usted se le ocurra para ganarse un voto. Ya abundan en los estados donde habrá elecciones este año los operadores del voto. Los que acarrean, prometen, manejan listas y promesas verdaderas y falsas. Los que compran, cambian, venden voluntades y trafican con lo que debería de ser intocable: la voluntad de los ciudadanos de votar libremente por quien mejor les parezca.

Es fácil romper y destruir instituciones y la confianza en ellas. En menos de 12 años rodó por los suelos lo que ahí se iba construyendo con esfuerzo de todos. Ahora a ver, partidos abusivos y camaleónicos, todos, compónganlo y denles a los jóvenes votantes de 18 años la magia y la esperanza legítima que el IFE generó en el año 2000. Reviertan, si pueden, el 58 por ciento de desconfianza hacia la institución pública que llegó a ser la más confiable de México.

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