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Martes , 23.10.2018 / 23:20 Hoy

Vida y Milagros

Araceli, Nicaragua y la libertad de vivir

Verónica Mastretta

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Cuando miramos nuestra vida en retrospectiva, cuántas de las cosas que hicimos nos parecerán que valieron la pena y cuántas hubiéramos querido hacer de otro modo. ¿En qué momentos claves pensamos que debimos tomar un camino distinto? Quien diga que no tiene nada de que arrepentirse creo que no está siendo sincero consigo mismo. Jodorowsky dice que hay que atreverse a ser audaces, a vivir siguiendo los impulsos del corazón y que si te equivocas tendrás al menos la experiencia. Tendrás la experiencia si no se te fue la vida en ello, o muchas veces tendrás la experiencia pero te darás cuenta claramente de que cometiste un gravísimo error. No es fácil vivir con los errores como tampoco es fácil vivir con la palabra “hubiera” resonando en la cabeza.

En estos días en los que veo al patético y cínico de Daniel Ortega defendiendo su gobierno y su gestión corrupta apoyado en los discursos de voz falsa y melosa de su abusiva señora y vicepresidenta de Nicaragua, hablando del amor al prójimo para defender su dictadura mientras les echa los tanques y los paramilitares a universitarios parecidos a los muchachos que lucharon hace 39 años a su lado para derrocar a Somoza, no puedo dejar de pensar en Araceli Pérez Darias, mexicana hija de españoles, partícipe activa del movimiento que derrocó a Somoza y asesinada en Nicaragua dos meses antes de la caída de esa dictadura. ¿Qué pensaría Araceli si viviera? ¿Hubiera pensado que había otros caminos para derrocar a Somoza? ¿Se hubiera imaginado que Daniel Ortega sería hoy el enemigo a vencer para cientos de jóvenes universitarios nicaraguenses, como los que ella conoció y apoyó?

Mi cuñada, la historiadora Emma Yanes Rizo, escribió un libro sobre la vida y muerte de Araceli , un recuento perfecto que le llevó 20 años construir, basado en investigación dura y recuerdos propios. El libro se llama “Araceli, la libertad de vivir. Nicaragua, 1976-1979”. Me impresionó mucho su lectura porque encontré ahí las ilusiones que casi todo joven siente para cambiar o mejorar el mundo, cada quien de la manera en que cree que puede ser útil. Me impresionó la ruptura de Araceli con su ultra conservador padre, un español franquista que migró a México con sus hijos, entre ellos Araceli, a la que no perdonó en vida por irse a luchar a Nicaragua, pero que en cuanto la supo muerta se lanzó a Nicaragua a buscarla. Ahí movió el cielo y la tierra hasta averiguar su final, dar con sus restos y regresarla “a casa”. Todo lo que no la comprendió en vida, la aceptó, amó y admiró en su desaparición y muerte.

Mi cuñada Emma conoció a Araceli cuando se volvieron vecinas en unos departamentos en México, a los que Emma llegó a vivir con su familia. Emma tenía 15 años y Araceli iba a cumplir 30. Araceli ya había roto con su familia, era una próspera psicóloga, vivía sola y ya llevaba rato apoyando a los asilados nicaraguenses, alumnos de colegios jesuitas, que desde México preparaban el derribo de la dictadura de Somoza. La casi niña de 15 años, Emma, la futura e inquieta investigadora e historiadora, veía desde su departamento las entradas y salidas de jóvenes al departamento de Araceli e intuía que algo especial se cocinaba ahí.

No sé cuánto tiempo fueron amigas, seis meses, un año, no lo recuerdo porque no encuentro el libro y solo estoy relatando de memoria los recuerdos de su lectura y lo que escuché decir a Emma el día que presentó el libro en 2008.

Un día de 1977, Araceli desapareció junto con sus amigos. El departamento quedó vacío, pero no la memoria de Emma, que guardó el recuerdo de esa amiga especial. Quizá por amigos supo de su muerte violenta. Diez años después, en 1987, pasó por enfrente de su antigua casa y se bajó a mirar. Ahí, recordando lo que había visto, tomó la decisión de investigar. Emma tardó 20 años. Así sabría que cuando dejó de ver a Araceli en 1977 fue porque ya había tomado la decisión de irse a Nicaragua a luchar contra la dictadura de Somoza. Supo que desde 1975 se había unido al Comité Mexicano de Solidaridad con Nicaragua. Que en su departamento se reunían y hospedaban importantes cuadros del Frente Sandinista de Liberación Nacional, como Germán Pomares y Fernando Cardenal, sacerdote jesuita. Araceli se adentró en Nicaragua en 1977 y solo regresaría a México una vez, en 1978 para despedirse de sus más cercanos. En 1979 ya era parte del estado mayor del Frente Sandinista y responsable de organizar la insurrección final en la zona occidental de Nicaragua. El 16 de Abril de 1979, en León, Nicaragua, la casa de seguridad en la que se encontraban Araceli y siete compañeros más, fue rodeada por 80 militares de la guardia nacional. A los hombres los ejecutaron de inmediato, las mujeres, Idania y Araceli, fueron llevadas al Fortin de Acosasco donde fueron torturadas y asesinadas. El 7 de Julio de 1979, cayó Somoza.

Ignoro si Araceli conocería a Daniel Ortega. ¿Alguno de aquellos muchachos vislumbraría en Daniel Ortega al hombre ambicioso que ha probado ser, al futuro violador de su hijastra de 12 años, Zoila Narváez, hoy asilada en Costa Rica, hija de su actual esposa Rosario Murillo, a la que quiere heredar el poder sobre Nicaragua y a quien ya hizo vicepresidenta? Viendo en un noticiero la cara dura de Ortega y oyendo la voz de su esposa, recordé anoche a Araceli. ¿Valió la pena morirse así, pensé?

Araceli escribiría a su hermano en una carta: “¿Qué es lo que se arriesga en la lucha?: morir. Pero si no estás, te quedas con una vida insatisfecha. ¿Qué es lo que se puede ganar?: todo. Recuperar el mundo y saberse dueño de uno mismo, dejar de sentir la vida como algo extraño, como algo que nos angustia porque no sabemos qué hacer con ella”. Leo esta frase recuperada en internet acompañada de nombres de pueblos como Masaya y sus iglesias, nombres que aparecen en la historia de Araceli, pueblos y templo atacados de nuevo pero ahora por los paramilitares de Daniel Ortega, ese hombre que se volvió la calca del dictador que derrocó.

¿Por qué Emma rescató la historia de Araceli? ¿Es buena la memoria o es bueno el desencanto? Quiero ser optimista y pensar que es bueno saber que hay quien guarda la memoria de los ideales democráticos de quienes derrocaron a Somoza, recordar también que los tiranos no siempre lo fueron y recordar también cómo es que se construyen.

¿Valió la pena Araceli? Casi 40 años después estamos de regreso a lo que dejaste en Nicaragua ¿Hay otros caminos para derrotar a los Somozas o a los Ortegas? ¿Solo quedan los caminos violentos, la resistencia inútil que estamos viendo en las frías pantallas de la televisión? ¿Será el único camino sensato la aparentemente aburrida gradualidad?

v_mastretta@yahoo.com

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