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Taller sie7e

Los aguadores

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En los inicios del siglo XX, los 541,000 habitantes de la ciudad de México se surtían de agua de los manantiales de Chapultepec que fluían en 61 fuentes diseminadas por la ciudad. A ellas acudía un personaje pintoresco, el “Aguador”. Éste vestía calzón de manta, mandil de cuero, un gorro y un cinturón del que colgaba en su espalda un “chochocol” lleno de agua. Al frente llevaba suspendido otro cántaro que le equilibraba el peso. Cargaba además un cucharón de madera de mango largo para alcanzar el agua de las fuentes.

El aguador llevaba unas pequeñas bolsas para guardar los ”colorines” con los que contaba los “chochocoles” vendidos, aunque no se distinguía precisamente como “contador”, ya que a la hora de la liquidación, le aparecían cuatro o cinco colorines de más. La señora de la casa reclamaba: “¿Pero cómo que cinco cargas de agua? Si esta semana no se ha lavado la escalera, las macetas están secas, y no ha habido más que un baño esta semana?”

Este personaje era el amigo de las sirvientas, el “corre ve y dile” de los enamorados, el encargado de conseguir nueva cocinera cuando faltaba, y otras labores. Ayudaba en las funciones religiosas y en los entierros; era quien echaba al aire los cohetes en las fiestas, cargaba con los santos en las procesiones, y además era un gran bailador en las fiestas públicas. El aguador fue desapareciendo al introducirse en la ciudad de México el agua potable de los manantiales de Xochimilco, a principios del siglo XX.

La ciudad de Tampico se surtía de agua dulce del río Tamesí, a tres leguas (12 Km.) de distancia río arriba. Desde allí se acarreaba en canoas empleadas continuamente en este negocio. Se envasaba en cántaros de barro y pequeños barriles de madera (castañas), los cuales se cargaban a lomo de burros o mulas para su distribución, tanto en Tampico como en el Pueblo Viejo.

Los aljibes y pozos artesianos completaban las necesidades de la incipiente población. Se colocaban canales en los aleros de las casas para recoger el agua lluvia, que conducían hasta el aljibe de la casa, provistos de coladeras de criba para impedir la entrada de insectos. Hasta los años 40 del siglo pasado, era común leer en algunos zaguanes de las casas: “Se vende agua de aljibe”.

Por fortuna, aunque escaseara el agua potable, existían lagunas, ríos y playas marítimas que invitaban al baño, si no por razones de higiene, sí de refresco que aliviaban los rigores del clima tropical, y cuando menos, la gente se bañaba más a menudo. ¡Gracias a Dios!

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