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Jueves , 20.09.2018 / 22:26 Hoy

Arriba la piñata

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Así se titula un artículo navideño de 1988, que aún conservo, del Padre Joaquín A. Peñalosa, escritor y poeta potosino, a quien mucho admiré en su tiempo. Nos dice en el mismo que los aztecas celebraban el nacimiento del dios Huitzilopochtli con alegres festividades que iban del 19 de noviembre al 8 de diciembre, día en que encendían el Fuego Nuevo cada 52 años. Había fiestas en las casas donde se obsequiaba a los invitados una comida y una estatuilla de los dioses formada con masa hecha de tzoally, que en español llamamos amaranto o “alegría”.

Fue práctica habitual de los misioneros sustituir los antiguos cultos por celebraciones de la fe cristiana, y así fue que el religioso agustino fray Diego de Soria, prior del convento de San Agustín de Acolman, obtuvo del Papa Sixto V, una bula para celebrar en Nueva España unas misas llamadas de Aguinaldo que se oficiaban del 16 al 24 de diciembre.

Con la licencia papal, comenzó en Acolman la celebración de esas misas que se celebraban al aire libre, dentro del atrio. Se hacía música y se recitaban coloquios y pastorelas al estilo de España ante el desbordado gozo de los indios. Se representaban entonces las jornadas de José y María camino a Belén donde nacería el Niño Jesús. Estas Misas y cultos pronto se generalizaron en todas las iglesias y atrios del país. De la sustitución de una costumbre pagana por una cristiana, nacieron las Posadas. Son pues, nuestra costumbre de origen mexicano. Los Villancicos son españoles, pero las Posadas, nuestras.

Esta hermosa costumbre se fue trasladando de la iglesia a las casas, donde a los actos religiosos se añadieron convites y hasta bailes. Se hacía procesión con los Peregrinos, cantando villancicos y rezando la letanía a la Virgen; “De larga jornada rendidos llegamos y asilo imploramos para descansar.” La piñata en el patio: “No quiero oro ni quiero plata, yo lo que quiero es romper la piñata”. “Dale, dale, dale, no pierdas el tino, porque si lo pierdes, pierdes el camino”. La tertulia en la sala, los ponches bien calientes, los buñuelos de viento, el rompope, las colaciones y los juguetes de porcelana para obsequiar a los visitantes. “Ándale Juana, no te dilates, con la canasta de los cacahuates”, y “Ándale niña, no te alborotes, con la canasta de los tejocotes.”

Los ecos del pasado nos alegran el alma. ¿Habrán muerto las posadas? Mueren poco a poco substituidas por el frenesí de las compras y la influencia de las costumbres extranjeras, que prefieren a un rubicundo y rojizo personaje que sólo promete bienes materiales. Es una lástima que se olvide una de las tradiciones más bellas, populares y artísticas de nuestro México.

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