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Miércoles , 17.10.2018 / 05:20 Hoy

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De lo que pudo haber sido y ya no fue/Parte I

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Muchos indicadores señalan que el siglo XXI será el siglo de China. No tendremos que esperar mucho para que se convierta en la primera economía del mundo, ni tampoco para que sus fuerzas armadas alcancen, en tecnología, preparación, organización y movilidad a las de Japón, Francia, Inglaterra, Rusia y los Estados Unidos.

Por tanto, lo que suceda en ese coloso asiático nos atañe a todos. Entre otras cosas, inclusive, lo que ocurra con su demografía.

Las cifras oficiales de los censos son contundentes: en 1953, la población total de China continental era de 582,603,417 habitantes; tan solo una década después, era de 694,581,759; en 1982 era ya de 1,008,175,288 personas; luego de ocho años, esto es en 1990, sumaban 1,133, 628,501 habitantes; al llegar el nuevo siglo, eran 1,265,830,000 y en el año 2010 fueron contabilizados 1,339,724,852 chinos.

Cerró el año 2014 con 1,367,820,000 de pobladores. En resumen, en apenas 60 años, el incremento fue de casi ¡mil millones de individuos!

Pero los números habrían sido mucho mayores si, en 1979, el gobierno chino no hubiese decretado la política de un solo hijo. Naciones Unidas calcula que en la actualidad habrían poco más de 1,700 millones de chinos, es decir, unos 400 millones más de los que existen.

No obstante y a pesar de que distintos sondeos aseguran que una amplia mayoría de la población apoya la política de un solo hijo, altas autoridades de Pekín anunciaron recientemente que preparan una modificación en busca de que cada pareja pueda procrear más de un hijo.

“Haremos ajustes y mejoras en la política, según los procedimientos legales”, dijo en marzo último Li Keqiang, el primer ministro de China.

“Sopesaremos las ventajas y las desventajas antes de tomar decisiones, según las condiciones, para nuestro contexto de desarrollo”.

Ya en noviembre de 2013, un Pleno del Comité Central del PCCh había decidido permitir tener dos hijos a las parejas en las cuales el padre o la madre no tuvieran hermanos. Fue el primer indicio de cambio en la política del hijo único.

El envejecimiento de la población es la principal razón que hay detrás de la reconsideración de tal política demográfica. A inicios de 2014, el 15.5% de la población económicamente activa (212.4 millones de personas, 10 millones más que en 2013), tenía más de sesenta años.

De seguir vigente la norma, en 2030 más de un 25% de la población tendría más de 65 años de edad.

No ha sido fácil la política demográfica de la China contemporánea. Por la dimensión de la población, pero también por cuestiones ideológicas. En octubre de 1949 cuando, tras de 22 años de lucha armada, triunfó la Revolución y Mao Tse Tung anunció en Pekín la constitución de la República Popular China, ese vasto país era uno de los más atrasados del planeta: devastado por las guerras interiores y por la lucha contra la ocupación japonesa; saqueado por las potencias imperiales de la época: Inglaterra y Japón en primer término; asolado por el bandolerismo y bandas contrarrevolucionarias; con sus vías de comunicación y transporte destrozadas, y una inmensa proporción de sus habitantes en el analfabetismo, etc., la ortodoxia anti-maltusiana del marxismo llevó a los nuevos dirigentes no solamente a contemplar con buenos ojos el tamaño y las altas tasas de crecimiento de la población (eran apenas 541,670,000 habitantes), sino a fomentarlas.

La modificación de las relaciones de producción crearía riqueza suficiente para todos, por encima, con mucho, de la multiplicación de seres que alimentar, educar, dar trabajo, techo, sanidad, etc.

Además, eran necesarios para enfrentar y derrotar al imperialismo y a los reaccionarios del mundo. Y no es broma. En la Conferencia de Partidos Comunistas y Obreros celebrada en Moscú, en noviembre de 1957, Mao Tse Tung dijo que no había por qué asustarse por una guerra atómica puesto que tal conflicto llevaría al imperialismo a la tumba.


Enrique Condés

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