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Miércoles , 17.10.2018 / 00:35 Hoy

La ciudad a debate

Arte Público… ¿O arte político?

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En su libro Arte público o espacio político, Félix Luque refiere que –al contrario del concepto general de arte, cuyo significado proyectamos anacrónica y retrospectivamente hasta el albor de los tiempos– la noción de arte público es paralela a las manifestaciones actuales de este tipo de arte, e incluso parece proyectarse hacia el futuro, indicando, conceptualmente, a los poderes públicos, a los artistas, al vecindario y a los "espectadores" la dirección que el arte del futuro podríva tomar. Para empezar, al menos una cosa parece evidente, a saber: que el arte público tiende hoy cada vez con mayor fuerza a apoderarse de todo el ámbito artístico o, incluso, la necesidad de distinguir y adornar la ciudad, como casa común, con "lo más novedoso" en la esperanza de que el presunto gasto represente una buena inversión, o sea: de la obra de arte entendida como producto mercantil, todavía rodeada de un "aura" que no proviene ya de su significado ideal o de su calidad intrínseca, sino del privilegio de que un individuo, una empresa, o un sector del público, nos la imponga para su difusión masiva. Ahora son esos "afortunados" los que colocan sobre la obra una efímera aureola, que se pierde en cuanto es vista por la gente o, por otra parte, ha contribuido a difuminar las fronteras entre el arte, el dise­ño y la publicidad.

Mal puede hablarse de reproductibilidad técnica de la obra de arte, cuando ya nada es "original" cuando todo empieza a ser un déjà vu, por lo tanto, no puede haber más "copias" que las hechas a partir de las obras del "gran arte" del pasado. Por eso hay todavía artistas que pretenden huir de esta comodificación de sus obras, "saboteando", por así decir, lo que el público entiende por "arte" e impidiendo por el tamaño, la ubicación, los materiales y la función –o, mejor dicho, la disfunción de la cotidaneidad– en la difusión de esas obras. De esta inquietud subjetiva del artista, ante este universal "cambalache", proviene buena parte de las obras de arte público actual. No sin ambigüedad, ellos suelen cobrar a los poderes públicos –si están "instalados" o tienen "acceso" a ellos– importantes sumas de dinero destinadas a realizar en público justamente aquello que al público normalmente le repugna o le deja indiferente.

El arte monumental, que centraba los grandes espacios públicos, ha pasado a la historia, enquistado en nuestras ciudades como un resto del pasado. Los monumentos cumplían, en efecto, dos funciones, hoy casi periclitadas. Primero, permitían que el público se reuniera en su entorno, en cuanto "creadores de un espacio abierto por ellos, dado que su emplazamiento configuraba por lo común, naturalmente, una plaza; o bien estaban ubicados en jardines y parques, conjuntando así las glorias de la historia patria con una naturaleza dominada y estructurada, como símbolo de la dominación general de la urbe sobre el territorio, en una palabra, los monumentos (y con ellos las plazas, los jardines y los parques) formaban parte de un triple modo de espaciar, de "hacer sitio" público y de "hacerle sitio" al público, como un "vacío", abierto para todos, como lugar de "esparcimiento o, tal vez, como uno delimitado por lo volumétricamente "lleno". Y segundo, los monumentos y sus espacios estaban proyectados también de acuerdo a un idealizado orden temporal, histórico: enlazaban el pasado y el presente, convirtiéndose así en una suerte de memoria colectiva, dando así a la ciudad sus señas de identidad y casi eternizándola –como si el tiempo no pasara para ella, y sí para las generaciones, que se veían ya de antemano inscritas y protegidas dentro de esa historia congelada, permanente, en donde, a veces, tanto la plaza como el monumento aluden directamente a una efeméride o a un concepto vago, como el sincretismo o un homenaje al absurdo.

El mismo autor señala que el arte público es la exposición simbólica de una herida social, de ese límite dual, a la vez individual y colectivo. No es un arte para el público ni del público, sino un arte que toma como objeto de estudio al público mismo, a la vez que pretende elevar a ese público a sujeto consciente y responsable, no sólo de sus actos, sino de los actos cometidos por otros contra otros: porque él mismo, el público, ha de saber que ser yo es ser el otro. No mis circunstancias, sino el corazón rajado de un "sí mismo" irremediablemente social. Ahora son los artistas mismos los que se justifican, diciendo que de algo hay que vivir. Ahora bien, en la medida en que se intensifica el debate en los medios y las redes sociales sobre el "Arte urbano" como patrimonio cultural o el uso político que se le da, encontramos más difícil definir posiciones fundamentadas en los modos habituales de conceptualizarlo y estudiarlo. En ese sentido cabe preguntarnos: ¿Qué tan válido es destinar recursos públicos para la contratación de Arte urbano? Y, más importante aún, ¿Cuál es el proceso de selección de los artistas y piezas que habrán de contratarse?

El verdadero debate no debiera centrarse en la pertinencia de la generación de Arte Urbano -que a su vez sería un probable productor de identidad, tradición, y sentido de pertenencia- sino en la discrecionalidad que impregna todo el proceso de selección y contratación de artistas y obras de este programa impulsado por los Ayuntamientos de Guadalajara y Zapopan. Aun asumiendo que el Arte Urbano pudiere llegar a definir e identificar ciudades y pueblos o potencializar el turismo y el desarrollo urbano en beneficio de la población, es totalmente cuestionable que la selección de artistas y piezas no se haga de manera transparente, profesional e incluyente. Un proceso de selección que privilegia que los bienes culturales sean producidos por grupos afines y cercanos a la administración pública municipal, expele un tufo de parcialidad, predilección y pago de favores, que enturbia el proceso de raíz. Y es que más allá de las capacidades asumidas por estos artistas y sus obras, debemos entender que su contratación está sujeta a cumplir normas y reglamentos, como cualquier adquisición pública. Se comprende que trasparentar el proceso le otorga certeza y pulcritud a un programa que utiliza recursos públicos, que a su vez fueron conseguidos por la vía de otro programa igualmente polémico: La aplicación del reglamento de compensación, mitigación e indemnización por acciones urbanísticas. Así pues, la pregunta que sigue en el aire es: ¿Es el arte urbano la expresión del uso social y político de la cultura?

Es pertinente considerar, además, aspectos que se han dejado de lado en este programa de "Arte Público" como son las prácticas económicas, sociales y culturales en el espacio público. Se debe tener en cuenta el estudio de los usos y actividades tradicionales –que a su vez son generadoras de identidad y arraigo– para luego plasmarlos en el propio espacio público. En este sentido nace, desde la sociedad civil, una propuesta interesante y reivindicatoria de una de estas actividades económicas y sociales: El monumento a la Calandria. Ahora que está en proceso la indeseable pretensión por desaparecer las tradicionales Calandrias y sustituirlas por vehículos automotores eléctricos. En ese tenor, ProCívica, organización no gubernamental, propone la creación del Homenaje a la Calandria. Esta obra vendría a rendir tributo a una de las tradiciones tapatías más arraigadas y permitiría así conservar su imagen, para la memoria de los tapatíos de esta generación y de las que están por llegar.

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EN PROSPECTIVA…

El tema que proponemos para la revisión crítica quincenal nos remite a la elaboración de argumentos en torno a la obra pública y los procesos de su contratación, en lo general, pero con énfasis particular en lo relativo al Proyecto Ejecutivo –ese que de manera recurrente brilla por su ausencia, con todas las agravantes y afectaciones negativas que provoca su inexistencia sistemática– y para efectos de regir la conducción de la obra tanto como garantizar su calidad y ejercer control sobre los costos y sobreprecios hacia la erradicación de los procedimientos comunes y prácticas usuales de la Industria de la Corrupción.

JORGE FERNÁNDEZ ACOSTA, CARLOS ENRIQUE MARTÍNEZ, RODOLFO RAMOS OROZCO, SALVADOR DUEÑAS RODRÍGUEZ
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