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Viernes , 17.08.2018 / 18:27 Hoy

Corredor Fronterizo

La otra frontera

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Siria lleva años resquebrajándose ante nuestros ojos. En 2012, las imágenes de la devastación en Alepo la capital provincial más grande de Siria, alcanzaron al mundo poco después del primer aniversario de la Primavera Árabe. Esa ola de manifestaciones que sacudieron al mundo árabe y que nos mostraron imágenes de la Plaza de Tahrir llena de egipcios inconformes, de Hosni Mubarack preso, de la rabia del pueblo libio marcado en el cadáver de Muammar Gaddafi. Poco después, los medios reportaban miles de personas desplazadas por la bomba de tiempo que explotó durante esa primavera: yemenís, libios, sirios que huían de sus países porque la esperanza se había desvanecido y la Primavera Árabe se convirtió en una guerra entre fracciones. Y el mundo, al parecer, dejó de ver... hasta que la principios de este mes llegó la imagen de Aylan Kurdi, el niño sirio de tres años que murió ahogado cuando la patera en la que viajaba intentando llegar a Europa naufragó en las costas de Turquía. Esta imagen, que terminó en las primeras planas de prácticamente todos los periódicos del mundo, nos sacudió la conciencia y nos hizo regresar la mirada hacia el drama que se vive en Siria.

Algunos países de Centroamérica también se resquebrajan ante nuestros ojos. Honduras, la capital del asesinato, tiene el índice más alto de homicidios en el mundo. El Salvador con su guerra de pandillas, tiene prácticamente secuestrada a porciones enteras del país. Estos son los países de origen de las personas que en su mayoría cruzan la frontera sur de México y que podrían ser sujetos de protección y asilo. Como ejemplo, según datos de la Encuesta de Migración en la Frontera Sur (http://www.colef.mx/emif/) en 2014 el 24 por ciento de los y las migrantes de origen salvadoreño devueltos por las autoridades mexicanas declararon que su salida de El Salvador se debió a la violencia y la inseguridad.

Pero contrario a la imagen de Aylan, las imágenes de la frontera sur de México son las de hombres pobres y morenos, en su mayoría jóvenes, pero en esa edad en la que dejan de causar ternura y producen miedo. Esos jóvenes, cuyas vidas se han vuelto aún más prescindibles en el contexto tanto nacional como global de la guerra contra las drogas, y a los que llamamos narcos, delincuentes y violadores para limpiarnos la conciencia, si es que en algún momento nos remordió. Si ellos no son suficiente motivo para voltear la mirada hacia la otra frontera, habrá que decir que la ola de menores no acompañados sigue, pero ahora es detenida en nuestra frontera sur. Habrá que decir también, que en los flujos migratorios hay cada vez más mujeres que huyen de la violencia. Habrá que dejar claro que en algunos casos, estos hombres, mujeres, niños y niñas están en el limbo, porque regresar a sus países de origen pone en riesgo su integridad física o incluso su vida, pero seguir hacia México también lo hace.

Ciertamente nuestro país es inseguro y violento también, pero la primera agresión a la que se enfrentan las personas migrantes en nuestro país es a la invisibilización, que los hace aún más vulnerables a la agresión física, a la extorsión y a la explotación. Esas personas, que ahora están en el limbo, no tendrían por qué ser devueltas sin más a los países de los que vienen huyendo o estar transitando por los recovecos más aislados e inseguros de nuestro país. Sus historias merecen ser escuchadas y en caso de que amerite, es imperativo que nos responsabilicemos, tanto gobierno como sociedad, de que su derecho a la protección y en su caso al asilo, sea garantizado. Porque a final de cuentas, la otra frontera, es nuestra frontera.


Melissa Ley Cervantes
Catedrática Conacyt, El Colegio de la Frontera Norte

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