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Jueves , 21.06.2018 / 08:11 Hoy

Corredor Fronterizo

Del “no se olvida” al “ni perdón ni olvido”

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No me tocó vivir la matanza del 2 de octubre de 1968 en Tlatelolco, tampoco el halconazo del 10 de junio de 1971. Ni siquiera recuerdo las movilizaciones que despertó el fraude electoral de 1988. Tampoco me sumé al movimiento navista que luchaba, desde San Luis Potosí, por la democracia en 1991.

Digamos que me hice consciente de la lucha sociopolítica en 1994, con el levantamiento armado del EZLN y su búsqueda de la autonomía indígena, en ese contexto de incipientes alternancias políticas, conflictos poselectorales y los asesinatos de Colosio y Ruiz Massieu. En esa etapa, los mexicanos experimentábamos los efectos de la política neoliberal, expresada en la apertura comercial a través del TLCAN y en una crisis económica que ya tenía "tres ceros menos" pero que no dejaba de ser crisis.

No fui parte activa de esas grandes luchas que se volvieron un símbolo nacional y que contribuyeron al reconocimiento de la sociedad civil como un interlocutor del Estado.

Ese fue uno de los principales logros de la ciudadanía organizada que, en la actualidad, es susceptible de recibir financiamiento gubernamental bajo el amparo de la Ley de Fomento a las Organizaciones de la Sociedad Civil –otro triunfo ciudadano–.

Durante casi 46 años, el famoso lema "2 de octubre no se olvida" fue un estandarte de la lucha urbana y rural y, especialmente, del activismo político de los jóvenes. En muchas manifestaciones se hizo tradición recordar la Matanza de Tlatelolco.

Quizás se rememoraba el 2 de octubre para tener presente que, muchos años atrás, existió un México intolerante, represor y guiado por autoridades gubernamentales que no se tentaban el corazón para matar a sus estudiantes, en aras de la anhelada paz social y la estabilidad política del país.

Hace 372 días todo cambió. El ataque de la policía municipal a los estudiantes de la Normal Rural "Raúl Isidro Burgos" de Ayotzinapa –ante la indiferencia del Ejército Mexicano que presenció la represión– nos situó, de golpe y porrazo, en aquel México que traíamos a cuento en manifestaciones y canciones de protesta.

Los estudiantes heridos, muertos, desollados, calcinados y desaparecidos por el Estado, ese 26 de septiembre de 2014, nos hizo caer en cuenta que la alternancia política, también trae consigo viejas prácticas que retornan transformadas, corregidas, aumentadas.

Ante esa dolorosa realidad, el "no se olvida" dio paso al "ni perdón ni olvido", una manera de expresar que ya no bastaba acordarse de los activistas caídos; era necesario enfatizar que los ataques a la ciudadanía tampoco deben perdonarse. Al menos así lo han visto quienes se han solidarizado con los padres de los 43 normalistas que continúan desaparecidos.

Ni siquiera ha pasado medio siglo desde aquel 2 de octubre y estamos, de nueva cuenta, ante un México intolerante, represor y guiado por autoridades que no hemos logrado conmover, a pesar de las múltiples manifestaciones que se realizan por todo el mundo para mostrar la indignación y el dolor que ha provocado Ayotzinapa.

Los padres de los 43 normalistas se sumaron a la manifestación del 2 de octubre en la Ciudad de México. Era de esperarse. La muerte de un ser querido duele siempre y la desolación provocada por su ausencia, ni se perdona ni se olvida.


Artemisa López León
Profesora-investigadora de El Colegio de la Frontera Norte

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