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Miércoles , 12.12.2018 / 04:09 Hoy

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El libro como magia

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En la sala de Babilonia, en el museo de Louvre, se encuentra una estela de piedra de más de 4 mil años de antigüedad: el código de Hammurabi. La estela de piedra testimonia un hecho inaugural, el surgimiento de la escritura. En el templo de Erech aparecieron los primeros símbolos escritos, en el templo de Abidos -en Egipto- otras grafías se inscriben de modo primordial hacia el 2500 a.C. Quien descifró los primeros símbolos gráficos instauró algo nuevo: leía y comprendía lo que alguien -posiblemente ya muerto- había dejado para la posteridad, lo increíble se reflejó en el rostro del primer lector ante tan extraordinario evento. La escritura como un acto mágico, la comprensión de lo escrito como la culminación de dicha magia. Alguien más tratará de encontrarle valor a la escritura. Lo importante, creo es la perplejidad del primer escritor junto a la conmoción del primer lector.

San Ambrosio suscitó la inquietud del obispo de Hipona cuando al redactar sus Confesiones, recordó cómo lo descubre en el momento de estar leyendo un texto “sin proferir una palabra, sin mover la lengua”. En una época (siglo IV) en la que la lectura era compartida oralmente, San Agustín presenta este inusual hecho como el nacimiento de la lectura en voz baja.

Borges en Nuevas inquisiciones trata el surgimiento del libro como fin y no como medio. Surge así el lector como oficiante de un rito ancestral: la lectura que hace significar los signos. La convención, el azar o el destino estuvieron presentes para constituir la escritura. Ambrose Bierce en su Diccionario del diablo atribuye a que gracias a la colaboración de las moscas surge la puntuación, porque “los escritores antiguos jamás puntuaban, sino que fueron los copistas los que registraron todas las marcas de los manuscritos entre las cuales se contaban los servicios de las moscas que con sus cagadas contribuyeron al refinamiento del estilo a partir de lo que se llamaba puntuación”.

Cuando Emilio Cruzado recuerda a Francis Bacon al decir que Dios ofrece dos libros; el primero el de las Escrituras que revelan su voluntad y el segundo el de las creaturas que revelan su poder; nos hace pensar que la creación de la escritura y por tanto la del libro, regresa al hombre a su condición equivalente a la de los dioses. Así, el escritor origina la vinculación con la creación originaria en el momento de escriturar el mundo.

Del mismo modo, el lector es partícipe de hacer perdurar la tradición inaugurada en Erech. Celebremos el libro como escritores y lectores porque al final configuramos siempre, nuestro universo con la palabra escrita.

GUILLERMO CARRERA

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