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Vesperal

Murillo en Guadalajara

Tomás de Híjar Ornelas

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A partir del domingo 26 de noviembre se podrá visitar en la sala ‘Roberto Montenegro’ del Museo Regional de Guadalajara (Liceo e Hidalgo) la exposición ‘De Sevilla a Guadalajara: la serie pictórica de la vida de San Francisco de Asís’, engastada en las actividades detonadas por el primer centenario de la creación del que en su tiempo fue Museo de Bellas Artes y Etnología del Estado.

La muestra no puede ser más oportuna. El 31 de diciembre de este año 2017 se cumplirán 400 años del nacimiento del pintor sevillano Bartolomé Esteban Murillo, autor del que se resguarda en la sacristía de la catedral tapatía una de sus Inmaculadas, y cuya impronta es notable en los once enormes cuadros de la muestra que comentamos, extensión del legado de un artista que hizo del claroscuro y de los tipos populares su paradigma. Es fama que con Murillo y sus numerosos discípulos y seguidores la pintura española alcanza un rango universal, pues llegó a ser el pintor español más conocido y estimado fuera de su ámbito.

Con esta muestra temporal también se da el banderazo a las actividades museográficas que destacarán la efeméride aludida y, cómo no, enriqueciendo lo que el natalicio de Murillo ha suscitado.

Uno de sus seguidores, Esteban Márquez de Velasco, produjo en Sevilla, en 1694, los aludidos cuadros, que arribaron a la capital de la Nueva Galicia para aliño del convento de San Francisco, cabeza de la Provincia de los Hermanos Menores en esta parte del mundo, de todo lo cual tenemos ahora pormenores gracias a la investigadora Adriana Cruz Lara.

Casi por esas fechas el mayor discípulo de Apeles nacido hasta entonces en América, Cristóbal de Villalpando, se hallaba en Guadalajara para confeccionar una obra maestra, ‘La Iglesia triunfante y militante’, enorme luneto con el que se cerró el muro testero de la sacristía de la catedral guadalajarense, como ya lo había hecho con la de Puebla en 1687, donde pudo verlo el obispo Juan Santiago de León Garabito, que lo apalabró para que viniera a tierras neogallegas, como lo hizo para bien de todos, pues entre sus colaboradores llegó Diego de Cuentas, que echará raíces por acá, estableciendo el primer taller y obraje de pintura al tiempo que otro tapatío, José de Ibarra, hacía lo propio en la capital del virreinato, como botón de la buena índole de la cepa novogalaica.

Con hechos tangibles, la actual administración del Instituto Nacional de Antropología e Historia en Jalisco que encabeza el licenciado Humberto Carrillo Ruvalcaba, representado en el Museo por Roberto Velasco Alonso, subsana lo que en los últimos meses produjo una profunda erosión en el personal de ese organismo y lo que fue peor, una distancia mayúscula entre los usuarios del recinto y su rico acervo, machacados por la opacidad de un abortado guion museográfico, que se intentó imponer aun cuando prescindía de lo que más puede presumir el Museo: su colección de 800 pinturas, las más destacadas de las cuáles, se llegó a insinuar, por una decisión pretoriana hasta podían cambiar de paradero.

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