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Martes , 17.07.2018 / 00:10 Hoy

Vesperal

La pedacera del patrimonio edificado en Guadalajara

Tomás de Híjar Ornelas

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Si existiera un reconocimiento a las ciudades que se han empeñado en arrasar con su patrimonio construido, Guadalajara ocuparía uno de los primeros lugares. Pero como no lo hay, tiene en cambio una categoría nada envidiable en rango de barbarie.

Los motores de la destrucción sistemática de la fisonomía de la vieja Guadalajara son tres: los propietarios que no tienen la menor estima por lo que sólo temporalmente será suyo; la maraña legal que sólo estorba la conservación de los entornos urbanos merecedores de atención y cuidado, y alienta las trapacerías, corruptelas y sobornos, y la absoluta falta de interés en el tema por parte del común de los mortales.

Para revertir tan nefasta triada es necesario que los poseedores actuales del patrimonio edificado se sientan ‘custodios’ de una pieza clave para conservar la calidad de vida en el tejido social. Para ello, las leyes patrimoniales deberían armonizar lo que ahora sólo complican prohibiendo, multando, castigando. Los legisladores olvidaron que los primeros custodios de la fisonomía urbana son los ciudadanos, no los gobernantes, que van y vienen, y menos aún la burocracia que todo lo anquilosa. En tercer lugar, los ciudadanos han de involucrarse en el tema.

Un ejemplo de lo dicho es la capilla de la Medalla Milagrosa, condenada a perderse para siempre si sus “propietarios” actuales no reaccionan para hacer algo distinto a lo que hasta ahora vienen haciendo: tapar los bajantes de las bóvedas del inmueble, construido hace poco menos de un siglo por el notabilísimo ingeniero Luis Ugarte Vizcaíno, para que se caiga.

El inmueble en cuestión se esconde en el corazón de la manzana que circundan las calles de Obregón, José Antonio Torres, Cabañas y Gigantes. El terreno lo donó a fines del siglo XIX María de Jesús Pérez; la construcción y el conjunto pastoral del templo lo promovió la Congregación de la Misión, encabezada por el presbítero Patricio Ataún, destinándola a la atención de las muchas miserias humanas que había y hay en el populoso barrio de San Juan de Dios. El inmueble se inauguró en 1925, pero poco después lo clausuró el gobierno callista. Reabrió sus puertas en 1929, tan sólo cuatro años pues en 1933, el gobierno de Abelardo L. Rodríguez, a las órdenes de Calles, lo confiscó mediante decreto presidencial para convertirlo en la ‘Casa del Obrero Mundial’ de Guadalajara; también fue usado como teatro y hasta los años 90 como salón de juntas de la CROC. De entonces a la fecha, quien sabe cómo, se convirtió en propietario suyo un comerciante en cinturones, Felipe Márquez Rodríguez.

El lamentable estado del recinto, que tiene un interés patrimonial mayúsculo en el deprimido entorno donde se ubica, puede verse en los tres vídeos editados en el portal electrónico que tiene en Facebook el grupo ‘Salvemos lo que nos queda de Guadalajara’.Según la estadística del mismo, cientos de personas lo han visto y difundido. Ahora falta un gestor eficaz que toque el fondo y evite que se pierda esa joya.

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