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Vesperal

Del opaco Centenario rulfiano

Tomás de Híjar Ornelas

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Aunque aún le quedan cuatro meses a la comunidad cultural tapatía para sacarse la espina en torno al centenario del nacimiento del jalisciense que más lejos ha proyectado el nombre de su patria chica en el mundo, ninguno de los pequeños y muy focalizados cenáculos y corrillos de Jalisco, principalmente de su capital, se ha organizado a la altura del suceso no obstante la rotunda importancia que este tiene.

Ya en el declive de tan estupenda efeméride podríamos preguntarnos si la casi echada a perder oportunidad de hacer un análisis interdisciplinario de su maravilloso legado se debe a las muy complejas incompetencias, rivalidades y fruslerías que se han barajado: la oposición de los que hoy ostentan los derechos de su obra y la de los resentidos por eso, o en realidad lo es por la supina ignorancia de quienes siguen sin entender la trascendencia universal de su obra de Rulfo y que por ello ni siquiera se han dado por aludidos.

En un intento por interpretar el desdén a Rulfo en su tierra, permítaseme esbozar una hipótesis que comienza, creo, con el germen de la disolución que él mismo inoculó en su trabajo, corrosivo numen que acompañará ahora y siempre ese porteño de la literatura que es su breve narrativa, pero tan crucial que a la larga sólo podrá ser comparada, creo, con la Tragicomedia de Calisto y Melibea, La Celestina, pieza magistral de las postrimerías del siglo XV que bajo el velo de un argumento amoroso de tinte didáctico y erudito, hace de la comedia el vehículo en el que una ficción, entre la novela y el drama, ofrece una de las más desgarradoras visiones del linaje humano.

El legado literario de Juan Rulfo, depositado en El llano en llamas y Pedro Páramo, usa como soporte los recuerdos de un niño huérfano e inadaptado, que sufrió la ruina moral y material de su familia, ligada a la explotación de la tierra en el sur de Jalisco, al calor de los movimientos armados del primer tercio del siglo pasado. Azarandado por la absurda persecución religiosa que va de 1914 a 1940, él, que aspiró al sacerdocio ministerial, hubo de subsistir plegándose al rampante nacionalismo cardenista de sus años mozos, sentando sus reales en la Ciudad de México apenas salida la adolescencia, cuando esta se reconstruía estéticamente desde una versión del más puro y salvaje capitalismo y a despecho de sus raíces indocristianas.

Y bien, con una prosa que va de lo triste a lo amargo pero sin renunciar a la esperanza, el corpus rulfiano será fermento entre los suyos cuando los que deben entenderlo adviertan que lo que le distingue y pone a la cabeza de los contados autores que han hecho posible que la lengua española lo diga todo, es el portento de haber él escrito con su propia sangre y haciéndolo suyo, el drama de un pueblo que sigue en la periferia o exterioridad de sí mismo. ¿Hasta cuando?

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