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Viernes , 19.10.2018 / 04:45 Hoy

Vesperal

2017-09-12

Tomás de Híjar Ornelas

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El domingo 6 de septiembre se recordó el aniversario luctuoso 25 de Ignacio Díaz Morales con una misa en el templo Expiatorio de Guadalajara, cuya obra material casi toda fue supervisada por él y donde fue sepultado hace un cuarto de siglo.

No se entendería la obra arquitectónica jalisciense contemporánea sin Ignacio Díaz Morales, creador, urbanista y pedagogo al que tocó el raro privilegio de intervenir en los proyectos que con sus luces y sombras han hecho de la segunda ciudad en importancia de la república mexicana lo que hoy es.

Vehemente sostenedor de sus postulados y principios, Díaz Morales fue testigo ocular de una sucesión de descalabros y volteretas tales como la toma de Guadalajara por el Ejército Constitucionalista el 8 de julio de 1914 y la subsecuente demolición de obras públicas relacionadas con la Iglesia, como de la inmolación que la capital de Jalisco hizo al comercio (su vocación más profunda) y al automóvil al grado de sostener que el día más negro de su vida fue el que dio inicio a la apertura del eje 16 de Septiembre – Alcalde a costa de demoler la acera poniente de la hasta entonces llamada calle de San Francisco.

Su participación en la metamorfosis del centro de Guadalajara con acciones tan aplaudidas como la reestructuración del Teatro Degollado o tan criticadas, como la cruz de plazas o el retiro del aplanado de los edificios públicos para lucir la cantera dorada, han dado a esta ciudad un sello que, gústenos o no, parece ser el que la posteridad conozca.

Ahora bien, para comprender el legado de Díaz Morales se impone contextualizarlo en el movimiento hoy llamado ‘Escuela Tapatía de Arquitectura’, compuesto por egresados de la Escuela Libre de Ingenieros de don Ambrosio Ulloa, tales como Luis Barragán Morfín, Pedro Castellanos Lambley, Rafael Urzúa y Enrique González Madrid, empeñados en identificar la esencia de un hábitat tapatío que buscarán perpetuar en sus diseños arquitectónicos.

La frase “concebir primero la cosa poética y alrededor de ella levantar los muros” pasa por ser la divisa de Ignacio Díaz Morales y tales empeños tuvo, ciertamente, al fundar en 1949 la Escuela de Arquitectura de la Universidad de Guadalajara, que dirigió hasta 1963, y en cuya nómina, ante el desdén de los mentores locales, figuraron Horst Hartung, Bruno Cadore, Carlo Kovacevich, Silvio Alberti, Eric Coufal, Manuel Herrero Morales y Mathias Goeritz, no menos que los dos miembros del clero de Guadalajara más afines al campo intelectual en ese momento: José Ruiz Medrano y Manuel de la Cueva.

Apasionado es un adjetivo que se le puede aplicar a quien su calidad de católico militante no le fue óbice para deambular en ambientes de abierta antipatía a tal condición. Colaborador cercano de la Arquidiócesis de Guadalajara, edificó para ella los templos de Nuestra Señora de la Paz, San Judas Tadeo, María Reparadora, Jesús Niño, la capilla de las Mercedarias y el Seminario Menor y a instancias del apenas fallecido obispo don José Trinidad Sepúlveda, la catedral de Tuxtla Gutiérrez.

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