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Cómo escapar del Lugar Común

Tomás Cano Montúfar

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Existía en la época de Echeverría un manual no escrito para un buen discurso. Hablas de la Revolución, del Partido y por su puesto del pensamiento y la obra del “Señor Presidente”, aconsejaban los veteranos políticos a los jóvenes oradores. Era fórmula efectiva, suficiente para los tiempos de la hegemonía.

Además se agregaba una voz rotunda y una cantinela solemne. El repetido proceder terminó por viciar completo el mensaje de los políticos que para entonces no tenían necesidad de conectar con ideas y pensamiento lúcido con la gente. El sistema funcionaba y por lo tanto el discurso era intrascendente.

Fue el reino de la verborrea, el paraíso de la demagogia, el hábitat del lugar común. Por supuesto que existían oradores originales y pensadores que el sistema los admitía con medida. El lenguaje del poder terminó por ser un gran abismo. Se quedó sin interlocutores porque quienes tenían que cumplir esa función --prensa, Congreso, empresarios o intelectuales, con sus dignas excepciones— estaban en el mismo tono.

Hasta que llegó el momento de dar explicaciones por el desastre que generó el pernicioso populismo de Echeverría y la frivolidad de López Portillo. Desde la oscuridad de la crisis económica se recuerda la frase: “¡defenderé al peso como un perro!”. Se inmortalizó y quedó fija en la mente de una generación porque fueron palabras diferentes, inusuales para la boca de un político.

En la actual época existen condiciones para que el péndulo regrese al uso de frases con alto desgaste que se transmutan en lugar común. El riesgo toma una dimensión descomunal porque ahora son millones de políticos aficionados que vacían sus frases, insultos y elocuencia en las redes sociales.

Leer, pensar y ser original es la puerta para salir de la mediocridad del lugar común.

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