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Miércoles , 20.06.2018 / 10:23 Hoy

Estado fallido

Ya viene el Oscar y no quiero discutir

Susana Moscatel

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Ya empezó. Todo mundo está armando sus quinielas y muchos de ellos, mis amigos y colegas, ya me convocaron a participar. ¿Y saben algo? Este año no tengo ni tantitas ganas de pelearme entre la idea de lo que creo que es una gran película y la enorme terapia colectiva que ha resultado ser la muy bonita La La Land para tantos millones de personas.

Entiendo perfectamente que, después del año del infierno que pasó Hollywood y los próximos todavía más dantescos años que están a punto de enfrentar, no estén de mucho ánimo para premiar y celebrar una película que habla de perder a casi todos los seres que amas; otra acerca de la complejidad en la mente y el corazón de una mujer que es constantemente violada, una más acerca de la imposibilidad de dejar que tus hijos salgan adelante por tus propias limitaciones o incluso una obra maestra que habla de la homofobia en lugares donde ni siquiera se pueden dar el lujo de reconocer que alguien podría ser gay.

Hay muy, muy buenas películas este año. Pero creo que lo que queremos es bailar. Y lo entiendo. Yo también quiero. También sé que a veces el cine debe ser ese maravilloso escape de la horrible realidad y no una ventana más para saber de ella. Entiendo que el romance ha sido tratado como frivolidad y es hora de reclamarlo, sobre todo si tiene uno de los dos perfectos rostros que hace Ryan Gosling. Y todas queremos a Emma Stone de mejor amiga ¿no?

¿Pero no sé cómo conciliar eso contra la perturbadora cinta del Mel Gibson, a quien personalmente detesto, pero que me hizo pensar y no me ha parado la cabeza por más malas intenciones que yo le pudiera tener? (Y vi Hasta el último hombre dos veces para luchar contra mis prejuicios).

Un compañero muy querido me dijo exactamente lo que me daba miedo escuchar después de las nominaciones. Tenía miedo de ello y ni cuenta me había dado. “La La Land está demasiado sobrevaluada para ser un musical”. Ardí en cólera, a pesar de estar de acuerdo al 100% en la primera parte de su frase. Primero porque Donald Trump ya nos jodió la palabra “sobrevalorada” para siempre (aunque seamos honestos, en este caso la actuación de Meryl Streep no fue ni de lejos mejor que la de Amy Adams).

Pero la segunda razón por la que me dio tanto coraje fue precisamente porque hemos pasado gran parte de los últimos veinte años defendiendo el género del musical como una de las más completas formas de arte y de entretenimiento que existen. Y hay algunas tan buenas que te vuelan la mente si tan solo te dejas ir. La La Land no es una de ellas. Es un musical para la gente que no ve musicales. Cumple con todas las reglas del catálogo para que una “comedia musical” funcione. Y esta regla es (si no me creen a mí, pregúntenle a Andrew Lloyd Webber) que la gente sienta que está viendo algo que ya conocía y que pueda salir silbando la melodía principal en el intermedio (o al terminar ahora que ya no hay intermedios en el cine). Debe de contar con los elementos fundamentales para que muchos sientan que están descubriendo el camino a sus sentimientos por primera vez, cuando el hecho es que ya lo habían hecho mil veces antes con arreglos muy parecidos, que tenían guardados en algún remoto lugar de su mente.

No se enojen, sé que muchos están conmovidos. Con eso es más que suficiente. Y jamás quisiera discutir en contra de esas emociones. Pero cuando me obliguen a hacer mis quinielas este año tendré que realizar mi siempre muy molesta pregunta aclaratoria, “¿me estás preguntando qué creo que va a ganar o qué quiero que gane?” Este año, la respuesta en muchas de las categorías no coincide para mí. Y oigan, créanme, a mí también me urge ponerme a cantar y a bailar.

¿En serio?

¿Luis Miguel aún no está escuchando a sus verdaderos amigos? Porque quien lo está asesorando extraoficialmente estos días, si es que se deja, no podría con la carrera de Pablito Ruiz a estas alturas.

Twitter: @SusanaMoscatel

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