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Domingo , 27.05.2018 / 05:39 Hoy

Estado fallido

La muerte de un actor

Susana Moscatel

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Durante las últimas 48 horas, los que tuvimos la oportunidad de conocer y convivir, con el actor Paul Walker no hemos salido de nuestro trastornado y devastado asombro. Para el mundo era el guapo de Rápido y furioso. También era padre de familia y un hombre agradable de sobremanera. Encantador es poco para describirlo. Inteligente suena imposible contrastado con lo evidente de su belleza, pero después de entrevistarlo más de cinco veces a través de los años, puedo asegurarles que lo era. Y mucho. También era alguien que retaba al peligro constantemente y conocía los riesgos.

“¿Ha existido alguna vez el momento en el que te digas a ti mismo: ‘No voy a dar ese salto?’”, le pregunté a Paul hace poco más de dos años frente a las hermosas playas de Copacabana, Brasil. “Nah. Yo siempre salto. Amo las oportunidades de saltar. Hay veces que me dicen: ‘Paul, absolutamente no puedes hacerlo, y me frustro, pero al final del caso hay que entender. Hay reglas, pólizas de seguro y si me rompo algo, no vamos a terminar la película, así que…”.

Así que tuvo que llegar el trágico y fatídico día que en un evento de caridad y él, ni siquiera estando al volante, perdió la vida de una manera más furiosa e imposible de creer que sus extraordinariamente exageradas películas. Es muy fácil asumir que murió como vivió, pero no es cierto: Paul siempre tenía algo más que hacer, algún plan que lo hacía sonreír, algún secreto divertido como él nos confesó acabando Rápido y furioso en Brasil.

“Al final me dejaron quedarme con uno de los coches. De hecho, me dieron uno de los camiones y manejé eso de regreso. Fue la primera vez que pasaba eso”, confesó con una sonrisa traviesa. Sencilla. Así era él.

Tengo un amigo que admiro y respeto y que se dedica a lo mismo que nosotros, quien decía en las redes sociales que: “Ahora resulta que todos amábamos a Paul Walker”. Es un fenómeno muy común. Lo entiendo y no me molesta. Sí, tristemente necesitamos de la muerte para apreciar a alguien, pues, al menos, de la tragedia algo aprendimos.

Con lo que simplemente no he podido es con la incapacidad de varias personas de entender que en esa terrible explosión murieron dramáticamente dos seres humanos. No dos cachos de celuloide. Dos personas completas. Por el simple hecho de que los vemos en la pantalla grande, muchos consideran su derecho legítimo de expresar su burla. Cierto, uno es más sensible cuando conoce a las personas. ¿Pero no es ese precisamente nuestro trabajo? Recordarle a la gente que somos seres humanos, hagamos lo que hagamos. ¿Y qué, el arte o, en este caso el entretenimiento, es una de nuestras más únicas y fantásticas manifestaciones?

Una mujer, que cuando la conocí trabajaba en el medio, no dejaba de reír por el hecho de que Walker hubiera muerto en un accidente en el que se manejaba rápido. Claro, el hecho de que fuera para un evento de caridad pasó completamente desapercibido para ella y para los que aplaudieron la crueldad. Somos muy buenos para reírnos de las tragedias ajenas. Y el éxito en vida pareciera darnos permiso de hacerlo con más saña. ¿Por qué? ¿Nos estamos protegiendo de sentir nuestro propio dolor? ¿Es pura maldad? ¿O de verdad hay personas tan rudimentarias que no tienen la capacidad de distinguir que los seres que dedican su vida a entretenernos no merecen pagar con nuestro desprecio por ello?

Sí. A Paul Walker le encantaban los coches y la velocidad. Y sí, eso le costó la vida. No es más trágico que la muerte de alguien que no era conocido más que en su casa, pero el hecho de que ocurra en el aparador del mundo definitivamente nos ayuda a reflejar quiénes somos como seres humanos y sociedad.

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