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Sábado , 20.10.2018 / 08:11 Hoy

Estado fallido

Chelsea Clinton e Ivanka Trump

Susana Moscatel

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Hay un círculo de jóvenes exitosos en Nueva York y otras grandes ciudades que no basa su existencia en la celebridad. Con esto no quiero decir que no se trate de algunas de las personas más reconocibles en el mundo, pero ellos están siempre buscando algo más. En muchos casos se trata de poder político. En otros, de logros empresariales. En varios casos más, de académicos e intelectuales. Y en la mayoría de los casos estos jóvenes tienen algo en común: padres quienes, vayan a donde vayan, se apoderan de los reflectores. Ellos se quedan con el tremendo reto de encontrar su lugar en este complicadísimo mundo.

Chelsea Clinton tenía unos 13 años cuando se convirtió en la primera adolecente en décadas habitando la Casa Blanca con sus padres Bill y Hillary y hay que decirlo, la entonces niña, ahora mujer, nunca dio un mal paso a pesar de lo imposible de su situación (y lo que le faltaba).

Ivanka Trump, mientras tanto, y a pesar de que su padre dejó a su madre de manera pública y particularmente humillante por una joven llamada Marla Maples, siempre se sostuvo con estilo belleza y gracia. Jamás dando una mala nota tampoco. Nunca cayendo en el juego de los paparazzi o aquellos que la querían como materia de chisme. Años después las dos destacaron en sus profesiones, mantuvieron cercanía con sus extraordinariamente complicados padres y se casaron con buenos chicos judíos. Las dos son madres y las grandes armas secretas de los ahora más famosos enemigos políticos del mundo: Hillary y Donald.

Pero dentro de toda esta historia hay algo que llama mucho la atención. Chelsea e Ivanka son amigas. Hay versiones de la prensa estadunidense que aseguran que esta amistad se dio cuando los Clinton, entonces cuasi amigos de Trump, asistieron a su boda con Melania, la actual esposa (sí, esa a quien le dieron un discurso de Michelle Obama para leer). Pero lo cierto es que la cercanía entre las dos se hizo muy pública por la amistad de sus maridos, con quienes empezaron a aparecer en alfombras rojas juntos. Por un rato considerable Chelsea e Ivanka se iban a comer y eran vistas seguido juntas en eventos de alto calibre, riendo y pasándosela bien. Incluso hay registros de Ivanka donando dinero a la campaña de Hillary la vuelta pasada, pero ya sabemos que pasó después.

Dentro de lo repulsivo que ha resultado el discurso de odio de Donald Trump, el antídoto ha parecido ser Ivanka, quien suaviza las cosas diciendo que ella nunca hubiese salido adelante como empresaria en el mundo de su padre si este realmente fuese misógino. Varios medios neoyorkinos, por cierto, reportaron que la hija de Trump trató de convencerlo de que le bajara a su discurso racista. Sabemos que no funcionó.

La cosa es que esta amistad cimentada en un entendimiento común de lo que es ser una mujer exitosa y con dignidad, ante los flagrantes escándalos sexuales, políticos y empresariales de sus padres, en este momento está bajo fuego. Es prácticamente la primera pregunta que le hacen a las “hijas” cuando los reporteros tienen la oportunidad. Ellas contestan con gracia y han demostrado que este es un buen momento para mantener la distancia, si tan solo para no alimentar el maldito fuego de odio que se cocina en el sistema electoral de Estados Unidos.

Ojalá fuera posible que nuestros vecinos del norte votaran por ellas en lugar de por sus padres, ¿no creen?

¿En serio?

¿Podría tener menos rango actoral Kristen Stewart? ¿Es posible seguir viéndote exactamente igual de rígida cuando haces Crepúsculo que cuando te dirige Woody Allen?

susana.moscatel@milenio.com

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