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Crónica

"Zarigüeya Fischer"

Susana Iglesias

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Nos conocimos en aquella barda. Tratando de trepar hasta la cima para saltar al vacío, sin mediar palabra tratábamos como si de aquello dependiera nuestra existencia, caíamos una y otra vez al piso. Tenía las rodillas raspadas, el ojo morado lo hacía ver débil o violento, jamás pude entender su rostro porque era las dos cosas, aquel niño de cuerpo esbelto se limpiaba las lágrimas mientras se lanzaba contra la barda. Los uniformes no marcaban las diferencias de pensamiento. Ninguno de los dos tuvimos problemas ante la comisión de admisiones que debían llevar fotografías de aspirante y padres. Tres rostros de padres rubios y la fotografía de una señora morena. Apenas recuerdo aquella entrevista, no estaban presentes mis padres, ellos serían entrevistados a solas. Aquellas preguntas en inglés, no me atrevería a contarlas nunca; respondí tartamudeando, jamás pronunciaré de forma pulcra palabra alguna. Mi madre llevó sus peores zapatos a la entrevista, el director la revisó con la mirada, ella se metió un dedo a la nariz. Me sentí avergonzada, mi padre empezó a reírse a carcajadas, todavía puedo recordar lo profundamente herida que me sentí por aquellos tipos que negué como padres cada vez que tuve oportunidad, inventándome historias terribles de orfandad y miseria. Mi madre, 20 años más tarde, mientras estábamos probándonos labiales, confesó que deseaba que no me aceptaran en aquel colegio, perdóname, a veces creo que jamás serás feliz por nuestra culpa, los caprichos de tu padre son extremos.

De cierta forma admito que el dolor graduó todas las miserias que habitan mi pensamiento. Alguna tarde, tras el regaño de una profesora, me enteré que me admitieron por la entrevista con mi adorable padre rubio. Tal vez un flamante Valiant de colección, la chamarra estilo Dean, aquella sonrisa torcida y galante, conquistó a “Miss X”, no me gustaría que leyera esto, estoy segura que me reconocería. Y esa tarde, decidí escaparme. Rompí mi falda en los saltos, entonces ese niño me ofreció su suéter. Le pregunté su nombre, me mintió. Estaba avergonzado de su nombre y apellido por alguna razón que hasta hoy intento comprender. Nos convertimos en una especie de seres inseparables. Sí, me sentaba más de cuatro veces por semana en el enorme comedor de su casa, dos sirvientes nos llevaban la merienda tras apagar la televisión, solo le permitían verla 20 minutos, en mi casa no estaba permitida, aquella sala era un paraíso. Nos levantábamos de la mesa para trasladarnos hasta la biblioteca, un hombre con los ojos cerrados escuchaba una tornamesa, con un cigarro en la mano y un impecable traje militar del que colgaban innumerables distinciones. El viejo escuchaba marchas de guerra: Preussens Gloria, Alte Kameraden, Ruck Zuch. Aquel viejo de ojos bondadosos nos enseñó a tocar con un tambor llamado Reich, aquellas marchas. En los jardines de su casa narramos batallas que jamás existieron en la Primera y Segunda Guerra Mundial. Escribíamos cartas de soldados, generales de guerra, prisioneros, enemigos. Nuestro más grande héroe, un piloto bombardero que llevaba como acompañante el libro de Fausto. Estaba enamorado de una enfermera polaca, el amor de aquellos personajes acabó cuando el piloto bombardea el pueblo de su amada. Un perro pastor alemán era el único sobreviviente de aquella masacre, luchaba durante horas contra las oleadas de llamas que devoraban todos los edificios y cuerpos, su cuerpo fuerte resistía los embates del odio, lo encontraban desfalleciente tres soldados alemanes que lo convertían en un perro enemigo, prisionero de guerra, condenado a una oscura prisión, lograba enamorar a sus captores hasta convertirse en un alto general. Llegamos a convencer a profesores de algunas batallas ficticias con protagonistas humanos, llevando a clase mapas estrategas, dibujados por aquel hombre de la biblioteca clasificado como loco. Los papeles viejos, traídos del baúl que cargó desde su exilio el bisabuelo, aquellos papeles tan desgastados y trazos precisos, no levantaron dudas entre profesores. Toda clase de papeles, libretas, pliegos, tintas viejas, plumillas, fueron tesoros que aquel hombre compartió con nosotros. Las mentiras son necesarias, pobres de aquellos que buscan la verdad, es tan aburrida

—La locura es un lujo que no pienso pagarte, ¡mira a tu abuelo! ¿quieres estar así? Pórtate bien o te enviaré al militar.

Lo cumplieron, separándonos. La causa fue aquella golpiza que le dio a un imbécil que lo llamó “nazi”, algo que no era, de serlo, me hubiera matado. Su familia católica quemó polacos, sí. Él no tenía la culpa, le odiaban por algo que no cometió, solo la humanidad es capaz de algo tan irracional. No sé en qué momento dejó de montar aquellos poderosos Mustangs para invitarme a caminar por toda la ciudad, no sé los motivos de aquel niño de ojos tan tristes transformado en un ermitaño. Me había elegido a mí como la única persona que tiene permitido visitarlo en los últimos 17 años. Para verlo debo saltar una barda y enfrentarme a sus cinco perros, es la única forma en que permite mi visita. Alguna vez caminando por Reforma una bicicleta casi nos atropelló, ¡hijo de perra, camina, avanza, evoluciona!

Hace 10 años golpeó a uno de sus amigos por atreverse a comprarle un par de zapatos nuevos y un abrigo. Querida Amiga, no creo que la locura sea un lujo, ¿sabes lo que sí es un lujo ofensivo? La felicidad, no solo es ofensiva, es asquerosamente mórbida e insana. La última vez que hablamos le recordé que el EZ estaba de nuevo contra el mal gobierno. Sus palabras me revelaron el futuro de los próximos años:

—El héroe es una invención del capitalismo, ¿lo olvidaste? ¿acaso comiste algo hoy? ¿quién te crees? No tienes derecho a importunarme con pendejadas.

—¿Qué comiste tú, amigo mío?

—Una enorme rebanada de odio, quedó un poco… ¿quieres?

—Sí.

—A veces es mejor estar hambriento. Lárgate.

Nos despedimos con un puñetazo en la cara. La barda de su casa nunca me había parecido tan alta.


* Escritora. Autora de la novela Señorita Vodka (Tusquets)

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