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Crónica

Siempre es invierno en Finlandia

Susana Iglesias

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Acarició su cuerpo por última vez, alejándose. La esperanza es aquella muchachita ebria y estúpida que se quedó dormida en la fiesta. Aquella mesa, alguna vez una mesa. Por la madrugada la utilizaba para escribir largos apuntes de libros que pedía prestados en la Biblioteca Vasconcelos. Al amanecer servía para tomar el único alimento del día: agua directa del grifo. Aquella mesa, por siempre una mesa que por las tardes servía de cama para el primer gato que levantó de la calle, después llegaron otros, se fueron, el primero murió viejo y envenado. Tendido afuera de su puerta, funeral en aquella mesa, es el único ser que nunca me dejará. Sudario de periódico y sábana rota.

Alguna vez pensó en venderla, se acabaron los insumos de las alacenas picadas por la humedad, todo se acaba. No podía comer libros, lo había intentado, arrepentida de morder las hojas. Pensó en venderla. Era tan pesada que no pudo bajarla por las escaleras, desistió, cualquier persona puede conseguir comida en una ciudad. Hurgando en botes de basura, apareciendo en las puertas de aquellos acogedores cafés a los que jamás regresó. Mirando las vitrinas de restaurantes con ventanales limpios, mesas de madera talladas, manteles victorianos, jarras de cristal con agua, parejas o solitarios que devoraban la cena con indiferencia. Sentada en la banqueta de aquellos merenderos de cocinas con cucarachas. Pateando una amarga noche cerca de Tacubaya, sus orillas sucias y criminales.

Nada tan amargo como aquel Año Nuevo en el que alquiló una piscina en Hollywood cerca de Vine Station e invitó a dos botellas de cava a sumergirse con ella en aquella caliente agua difusa de vapor y excesos. Nunca olvidó aquellas avenidas por las que pasó tambaléandose, tan débil. Ignora que en aquellos pasos se acompañó con ella misma, las personas le parecían ajenas, brillantes.

Si encontrara a alguien igual. Si tan solo encontrara una razón, un pensamiento que le permitiera olvidar los años pasados. Sin blanca en las fiestas a las que no estaba invitada, imaginaba una deck chair anclada en un barco con destino a Finlandia, mares escarpados, brezales rojizos, la fría luz veraniega que siempre es invierno en Finlandia. En aquella deck, estaba ella, delgada, casi invisible, el camarero susurrándole que la vida era un asco.

Deseaba ser uno de sus personajes, rogaba por una noche silenciosa dentro de su cabeza, ese mar congelado como el punto más estrecho del Golfo de Botnia. La nieve, paisaje lejano, imposibilidad. Deseo. Su cabeza, la superficie en la que patinan fantasmas. La niebla se concentra en acantilados y valles, en la memoria. Es también un girón hambriento de venganza, muerte. La sed estaba presente, en todo momento, nunca la abandonó. En las mesas de los bares se quedó sola, una especie de fósil del desierto. Un paisaje nevado, ¿cómo puede percibirse helado? Porque el frío también destruye las habitaciones de hombres que se ahorcan porque conocieron la felicidad.

Antes de acariciarlo por última vez, abrió aquellas fauces, sacó con ayuda de una navaja la muela más floja, sintiéndose como aquella mujer que con ojos vacíos habitaba un aguafuerte del pasillo de la biblioteca de su abuelo. No aceptó su muerte. Quiere un pedazo de su cuerpo para fabricarse un maléfico o amuleto, ¿cómo podría saberlo?.

Ignoramos todo acerca de esto. Mi madre, tras acentuarse sus cuadros de epilepsia, usaba el vestido de novia de su madre, aquellas manos bien cuidadas, abotonaban con paciencia aquella espalda bordada en perlas pequeñas, abotonando los ojales sin prisa. A veces creo que mi madre tan solo se cansó de ser el recuerdo de otros. En sueños me parece verla con aquella espalda blanca y relumbrosa. A veces regresa en forma de música, de luces distantes que me producen insomnio. Sé que su espectro va a desmoronarse ante mi suicidio.

El amor es más agresivo más vengativo que el tiempo, una vez que se introduce dentro de nosotros, con su reino de angustia por poseer al otro, con su beso helado, con la determinación asesina que nos condena, se apodera entonces de nuestros pensamientos y un día nos convierte en el recuerdo de alguien que nos odia o nos olvida. No permanezcas. No te incendies. No reclames. No envíes esas cartas en las que te entregas, porque el amor es la espera eterna de un turno en la ruleta rusa. Los lamentos se han quedado atrapados en las esquinas de tu habitación. Te enamoras y en lugar de florecer te conviertes en piedra. Y estás más sola. Nada te devuelve a aquella mesa en la no escribías de ti. Ahora que te olvidaste de ti misma, te han olvidado.

Un espectro no es una magnolia. Un espectro no es uno de esos días en los que lograste encender el fuego dentro de tu helada celda llamada: vida. Nunca creíste que Dante era un gran poeta, no crees en el vino derramado por los que no tienen nada que perder. Del mar al destierro. Eres también la piel de un mamut, la coraza de una tortuga, madera petrificada por siglos de ausencia, un vegetal enterrado, el diente roto de tu gato muerto, concha, hueso, diente intacto de helicoprion.

Trescientos mil años, una noche helada cobijada por la bóveda celeste. Soportó el hambre. La mesa, más que un objeto, le ayudó a escribir sobre alguien que no existe, fue el objeto más piadoso, nunca le abandonó. En el fondo, en la última oportunidad, todos somos débiles. Ella, los extraños que habitan sus pensamientos. Tiembla de rabia, la noche es habitada por una sombra de risas, conversaciones entre dos que no volverán a repetirse. Discos rayados, un zapato roto, el suéter desgastado, aquel auto se aleja rumiando decepción, el sonido del motor es una caricia seca entre nuca y cuello. Fractura múltiple en la mandíbula tras aquella pelea por su vida. Tiembla. Recuerda. No permanezcas. El porvenir es un revólver. 


* Escritora. Autora de la novela Señorita Vodka (Tusquets)



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