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Crónica

Música de pasos que se alejan

Susana Iglesias

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Todo en silencio, el reflejo tembloroso de aquella mano cerrando la ventana. La luz mortal de aquella mirada que se cierra sobre la noche. Todo en silencio, la mano se cierra sobre la manija. Durante todos esos años: la ilusión de los sucesos. Sabe que el olvido ha venido a visitar su fantasma. La muerte tiene recuerdos tangibles, el olvido no, parece que nunca podemos quedarnos completamente solos, tendrías que matar tus pensamientos. Esa noche estaba como esta noche, a solas, a punto de morir en esa cama, luchando entre las sábanas color violeta, escuchando el sonido de una ambulancia, deseando que se estacionara bajo su puerta, apretando los dientes que gemían como temblorosos rastros de perros abandonados en esquinas que nadie visita. Basta abrir un libro, todo regresa, descubre polvo en la cómoda, arregla las velas, le dijo que podía encenderlas cuando le entregó las llaves. Una caja de incienso azul con vetas doradas, toma uno, se desmorona, el polvo entró en la caja, todo se llena de él hasta apagarnos. La duela cruje, se estremece bajo la pisada triste de alguien que jamás estará completo. Resuenan los pasos de la vecina en el pasillo, va al trabajo, ¿adónde más pueden ir los que obedecen?, ¿qué más pueden hacer todos los seres destinados a una vida estable? Otra vez tiene el corazón atado a un hueco desde el que observa la Torre Latinoamericana, se pregunta cuándo tendrá que irse una vez más. Aquellas manos estaban todavía presentes, cuando la acariciaban tenía sensación de que la muerte estaba cerca. Lo más parecido al amor es la muerte. El sonido de los pasos se alejan como el otoño que deja a su paso todas esas hojas muertas como promesas de algo que no regresa, que jamás regresa, si lo piensa otra vez, ni siquiera se han hecho presentes. Toda promesa guarda un animal muerto.

Las puertas del elevador crujen inundando el pasillo. Abre la puerta, es una mañana brillante, suficiente motivo para regresar a la cama, desde ahí todo se enfrenta mejor. Espera a que la vecina se vaya para abrirla, para sentir un poco de aire fresco, aunque mantiene abiertas las ventanas, algo sofoca dejando cansado el cuerpo. No quiere enfrentar esa conversación absurda con extraños, buenos días, buenas noches, buenas tardes, nadie vive en los pensamientos ajenos, ¿por qué la obsesión por conocerlos, por hablar? Como si el acto de hablar no fuera una mentira suficientemente dolorosa. La tetera amarillo oscuro le recuerda que no ha comido nada en dos días, revisa la alacena, pasta, sal, hierbas, recuerda la pasta que comió en el jardín de Neeli en San Francisco hace apenas un par de años. Y ahora se encuentra llenando la tetera con agua para depositar más tarde un poco de té.

—Toda mentira se descubre.

—¿Qué sucede cuando se descubre?

—Nada.

—No creo en tus palabras.

—No importa. Aunque descubras una mentira, no has descubierto nada en mí.

—Me quedaría la sospecha.

—Te quedarás más vacío.

La tetera silba como si fuera un objeto viviente. Jamás tuvo el deseo e interés por otras vidas personales, ¿para qué? ¿para descubrir que no existe la comunicación entre las personas que han saqueado sus emociones? Recuerda entonces que aquella noche que regresaba de San Francisco, mientras el avión bajaba hacia la ciudad, le pareció una mujer hermosa y sucia recostada en un montón de basura, le pareció tan triste como todas aquellas voces que ya no recuerda. Y desde entonces hasta hoy, es la misma sensación que tiene frente a cada mostrador de cualquier aeropuerto, el deseo de cancelar el viaje, de pedir un boleto sin regreso. Cae la noche. Otra vez no hay cena, la cena de ayer fue también un libro de Camus. Repasa mentalmente todas aquellas cartas que escribió en su desesperación, pidiendo un poco de ayuda a los que conoce, jamás las envió. Guardar mensajes que nadie leerá la mantiene a salvo. Mete la carta que dejó la inmobiliaria en el libro. Repasa esos lomos de piel y papel que se acumulan, que le ayudan a no pensar más. El odio es un derecho, lo ejerce desde que tiene memoria, en la pobreza aprendió que lo es, que nada puede arrebatárselo. Los espejos jamás han reflejado algo, no logra entender el vacío de un marco con una superficie engañosa. Cae la noche como un pesado mueble desde el octavo piso, como un piano que se estrella en la proa de un barco hundido por el hartazgo, como su cuerpo contra la realidad. Ya no tiene miedo, tal vez jamás lo tuvo. La noche aprisiona su mente. Un trago profundo de veneno, espera la convulsión. No tiene necesidad de escapar del recuerdo más terrible, lo espera, repasándolo mientras cierra los ojos. Se apaga. La muerte es cruel con todo ser viviente, no hay manos que te puedan rescatar de ella.

—¿Qué quieres?

—Estoy sufriendo. Ahora soy como una lámpara muerta.

—No te burles de mí otra vez.

El otoño se largó una vez más, llenando de ocre las palabras, con su lenta melancolía, la de aquella puerta que se abre cuando los pasos se alejan. Y nadie la recuerda en otras habitaciones junto a otras personas, nadie pronuncia su nombre después de besos o palabras que mienten. Un trago profundo, ha llegado, se estremece…

Van a descubrirme, encenderán la luz. El polvo será tanto que les costará trabajo descubrir lo que está debajo de esa capa pesada y turbia. Con los ojos vacíos van a mirar mi cuerpo devorado por recuerdos, deslumbraré sus ojos. Mudos, asombrados por mi nueva vida. Desnuda, con las navajas manchadas de su otra vida, recordándoles que nadie se acordó de ella, que nadie depositó amorosamente sobre la cama aquellas filosas y pequeñas cuchillas. Abrirán las gavetas de la credenza de los años 60 para hurgar en las cartas jamás enviadas. El ruido de los pasos de la vecina que ha vuelto. Abre los ojos, sonríe. Todos los pasos se alejan. 


* Escritora. Autora de la novela Señorita Vodka (Tusquets) 

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