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Martes , 18.09.2018 / 22:40 Hoy

En Plural

Cuando la muerte tiene permiso

Sergio Villafuerte

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No quiero quitarle el sueño, pero imagínese la escena:

Usted va tranquilamente caminando, o en su auto, por alguna de las miles de poblaciones mexiquenses. De pronto algún ocurrente grita ¡es él! (o ella).

De quién sabe dónde, aparecen decenas de personas enardecidas y sin la menor explicación comienzan la destrucción de su vehículo.

Enseguida la agresión se dirige hacia su persona... un puñetazo, dos, veinte... en medio de gritos surgen los palos, piedras, machetes y el riesgo mortal es inminente.

Usted no sabe por qué.

No sabe que es un extraño en el pueblo de una turba exaltada, azuzada irresponsablemente por rumores acerca de delincuentes que rondan, por chismes y, en contados casos, por hechos reales.

Por supuesto que es una pesadilla:

Una ejecución pública sin juicio ni fundamento, encabezada por cobardes asesinos y seguida por sus cobardes y estúpidos cómplices de ocasión.

Casos hay muchos, pero desde hace poco se han intensificado los linchamientos en el Estado de México.

En Ocuilan, el pasado 27 de octubre, la turba criminal intentó matar y quemar a un par de mujeres (y entre los agresores había mujeres también) acusadas sin prueba alguna de "robachicos".

Al arribar la autoridad representada por el alcalde, éste también fue agredido de manera brutal y quedó fracturado de la nariz y costillas.

Ayer domingo, en Acolman, otra muchedumbre intentó asesinar a dos jóvenes imprudentes por el grave delito de ir en su camioneta a exceso de velocidad en San Mateo Chipiltepec, cerca de donde se llevaba a cabo un acto religioso.

Fueron rescatados por la gendarmería, aunque no muy a tiempo porque una de las víctimas, policía municipal por cierto, se encuentra grave. Quién sabe si sobreviva.

En Tenancingo, el jueves pasado, más de 100 cobardes asesinos envalentonados por el anonimato que brinda estar en bola -aunque algunos previsores iban encapuchados-, mataron a golpes a un pobre hombre que ahí transitaba, acusándolo de secuestrar a un menor (hecho que hasta el momento resulta ser una vil mentira).

Bañado en sangre, su suplicio duró horas.

En este caso llama la atención que la paranoia criminal de los vecinos se gestó desde un día antes, y ninguna autoridad intervino de manera preventiva y contundente. Solo era cuestión de tiempo para que ocurriera una desgracia... y ocurrió.

Es una vergonzosa realidad que como sociedad hemos ido construyendo. Y digo hemos, porque quizá en este oprobio todos tenemos vela en el entierro, literalmente.

Pero miramos a otro lado, disimuladamente, desde la cómoda explicación de que "es el hartazgo de la sociedad" ante la inseguridad, hasta la real inacción preventiva y punitiva de las autoridades de seguridad y justicia.

¿Cómo serán sus noches?

¿Alguien cenará con sus hijos contándoles cómo participó activamente en un homicidio?

¿Otro platicándoles que no hizo nada por impedirlo?

Lo que sí es seguro es que en numerosos hogares hay una silla vacía, dolor e indignación. Y es que al parecer en el Estado de México, como dijera el gran Edmundo Valadés, La Muerte Tiene Permiso.

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