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Columna de Sara S. Pozos Bravo

"Calaveras Garbanceras"

Sara S. Pozos Bravo

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La historia nos enseña que en el México posterior a la Reforma los periódicos rebeldes comenzaron a publicar calacas elegantemente vestidas. Existe evidencia histórica que demuestra una batalla intelectual por defender al México de Juárez de las invasiones napoleónicas e, incluso, españolas. Es decir, que los caricaturistas en la prensa rebelde del siglo decimonónico –allá por 1867- inventaron las calacas como elemento para criticar y señalar a todo aquel mestizo que era partidario de un México conquistado por Francia o de España. Su trabajo –el de los caricaturistas- defendía el México indio, el que se erguía y llenaba de su identidad, el que estaba orgullo de su vestimenta, el que odiaba al extranjero que abusaba de ellos.

En algún momento de la historia desde la época de la Conquista y, después, más cercana a la primera mitad del siglo XX, la Iglesia Católica comenzó a presionar a las autoridades para que los días 1 y 2 de noviembre se incluyeran como parte de las festividades nacionales. A la par de esta estrategia, siguió otra para que en los libros de texto se incluyera celebrar el día de muerto en las escuelas públicas.

Nada tenía que ver las calaveras garbanceras –como se les llamó en un principio- con la tradición católica de los muertos y, mucho menos, esa tradición es de origen mexicano. Pero ante la ignorancia de muchos, el catolicismo logró posicionar la festividad de celebrar a los muertos y convencer a miles de creyentes que, efectivamente, ese día regresan por un poco de comida para continuar en el más allá su camino.

El sincretismo entre tantas tradiciones y con tantos intereses ha llevado a que, de unos pocos años para acá, se haya puesto de moda el tema de las catrinas. No hay ayuntamiento en nuestro país que respete el principio de laicidad que caracteriza a la República, violando con ello el Estado laico. ¿En qué momento se violenta la laicidad del Estado mexicano? En el momento en el que, con dinero público, se promueve una fe y una creencia so pretexto del rescate de nuestras tradiciones; en el momento en el que la festividad social se llena de símbolos religiosos en los espacios públicos; o bien, en el momento en que se les obliga a los niños cuyos padres profesan una fe distinta al de la mayoría, a participar en estas actividades “escolares”.

La celebración del Día de Muerto se ha convertido en un instrumento político de algunas autoridades y gobiernos, tanto municipales como estatales. La versión sincrética de esta celebración tiene tantos significados como connotaciones, muchos de ellos religiosos católicos. El ejercicio del quehacer gubernamental (realizar una serie de actividades en torno a este evento) no debe ignorar los derechos de las minorías; al contrario, el mejor ejercicio de gobierno estriba en garantizar los derechos de todas las personas en igualdad jurídica y sin discriminación alguna.

En materia de respeto a la República Laica, los gobiernos aún están reprobados.

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