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Lunes , 15.10.2018 / 06:39 Hoy

Política Irremediable

Un día cualquiera, la maldad…

Román Revueltas Retes

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Al anochecer —luego de haber (casi) terminado mis tareas y compromisos— me gusta ir al supermercado del barrio, que me queda muy cerca de casa, a hacer la compra de las cosas que va necesitando el abastecimiento de lo doméstico. A veces voy andando. En otras ocasiones, cuando las mercancías son demasiado voluminosas como para meterlas en la mochila que llevo sobre el lomo, uso el coche y, aunque es un verdadero fastidio descargar luego los suministros, la visita al mentado local me resulta placentera de todas maneras: me distraigo, veo gente, me entretengo, en fin. En las cajas no hay viejos que te ayudan a empacar, como en los autoservicios de la cadena Soriana (está muy bien eso de apoyar a la gente mayor, sobre todo que la inmensa mayoría de los ciudadanos vive muy precariamente al jubilarse), sino chavales que, supongo, se agencian una paga extra para ayudarse en sus estudios. Chicos magníficos todos ellos, serviciales y lindos. Pues bien, hace rato, en mi acostumbrada excursión, en el momento de estar pagando la compra, advertí que —apartada en un rincón y acompañada por la gerente de la tienda— lloraba una de las nenas que habitualmente me ayudan a embalar las mercancías. Me acerqué para enterarme de lo que pasaba (imaginé, en un primer momento, una escena de novela de Charles Dickens: que la regañaban o que la estaban despidiendo) y, luego de preguntarle a la jefa, supe que una clienta despótica había maltratado a la muchachita. Inconsolable la chica, no paraban de rodarle las lágrimas. En ese momento tomé conciencia, una vez más, de una realidad tan inquietante como inexorable: la maldad de la gente, señoras y señores. O, mejor dicho, la ferocidad del mundo, ese escenario de las injusticias y abusos de siempre, ese desigual campo de batalla en el que los débiles y los indefensos terminan por enfrentarse fatalmente a la crueldad de unos semejantes sin corazón, sin piedad y sin generosidad alguna.

El bendito proceso civilizatorio nos ha hecho mejores: en Occidente ya no quemamos vivos a los herejes ni los descuartizamos en las plazas públicas. Este planeta, sin embargo, sigue siendo un teatro de atrocidades y horrores. Naturalmente, en mi cotidiana expedición al supermercado no hubo otra cosa que el llanto de una niña asustada. Pero, el germen de la maldad sí que lo llevaba en sus entrañas, aquella clienta miserable. Y, desgraciadamente, de esos individuos infectados hay muchos en este país…

revueltas@mac.com

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